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‘Un mundo feliz’: Toma soma y quítate la ropa

‘Un mundo feliz’: Toma soma y quítate la ropa

Un mundo feliz, junto a 1984 y Fahrenheit 451, conforman el gran trío clásico de novelas sobre distopías futuras, a las que los lectores vuelven a menudo debido a la vigencia de varios de los temas centrales que tocan. 1984 habla de estados centralistas, opresores y controladores, hasta el punto de llegar a modificar seriamente el lenguaje de la población. Es decir, hacia la felicidad por medio del pensamiento único. Fahrenheit 451 trata sobre la desaparición de la cultura escrita, y por tanto del pensamiento humano en general. Es decir, hacia la felicidad por medio de la ignorancia. Y Un mundo feliz presenta una sociedad manipulada desde la concepción de cada ser humano y dividida en castas cerradas desde antes de nacer. Es decir, hacia la felicidad a base de pan, circo y conformidad. Desde que estas novelas se publicaron en 1931, 1949 y 1953 respectivamente, cada nueva generación ha encontrado algo en ellas que refleja sus propias circunstancias, así que, como buenos clásicos, siempre tienen algo que decir a cada nuevo lector. En 2020 la NBC estadounidense, a través de Peacock, su nuevo servicio de streaming digital a lo Netflix, ha hecho una versión en nueve episodios, con varios puntos de interés por una parte y varias ocasiones desperdiciadas por la otra.

[Aviso de destripes del dispensador de soma en todo el texto]

El título original de la novela, Brave New World, es una frase irónica sacada de la última obra de Shakespeare, la crepuscular The Tempest, y es que al principio, como pasó con el Quijote y las novelas de caballerías, el propósito inicial de Aldous Huxley era hacer una parodia de los relatos utópicos de H. G. Wells, el autor de La guerra de los mundos (obra que no he incluido entre estas tres clásicas de la distopía humana debido a su componente de ciencia ficción y extraterrestres). En 1929 se había producido el famoso crack de la bolsa estadounidense de Wall Street, que repercutió en el mundo entero en forma de desempleo masivo y de un shock económico tan grande que llevó al abandono definitivo del patrón oro. Según percibió Huxley, lo que la gente deseaba entonces más que nada era estabilidad. ¿Y si entonces su utopía se basara en eso exactamente, en hacer el mundo lo más estable posible? ¿Cuál sería el precio que habría que pagar para lograrlo? Pues la conformidad de toda la población con el empleo que le toque hacer. Como no somos todos iguales ni valemos para lo mismo, la sociedad se ha dividido en cinco castas, nombradas con letras griegas (alfa, beta, delta, gamma y epsilon), con los alfa en la cumbre, de alta inteligencia y tomando las decisiones, y los epsilon en el fondo, haciendo la labor manual agrícola y de limpieza. Por el medio están las otras tres, destinadas a varios oficios y capacidades de nivel intermedio. Esto se consigue desde el nacimiento de cada persona, que ya no ocurre por reproducción sexual, sino en laboratorios donde a cada feto, a base de alterar su crecimiento con alcohol, se le va modificando su desarrollo para convertirlo en miembro de por vida de un grupo u otro.

Aparte de la crisis económica imperante, otras dos grandes influencias en la novela vinieron de las visitas que el británico Huxley, alumno de elitistas colegios en Eton y Oxford, hizo a Estados Unidos: una fue la cultura del ocio consumista y juvenil, y otra las cadenas de montaje de los automóviles Ford. Antes decíamos «pan, circo y conformismo». El conformismo en esta novela ya hemos visto de dónde viene. El pan viene de la eficacia del desarrollo científico e industrial, que mantiene a todo el mundo eficientemente ocupado y sintiéndose útil, y el circo de la gran amplitud de la oferta de entretenimiento. Es más, las tres cosas se ayudan entre sí en círculo: a la gente se la mantiene ocupada produciendo sin parar, incluso por encima de lo que se necesita, instándola a usar y tirar bienes de consumo rápidamente, aunque los productos sean útiles aún, y al necesitarse tanto trabajo que hacer, todo el mundo está ocupado, sintiéndose así de provecho aunque con tiempo para el ocio, lo que a su vez abre toda una nueva industria del sector servicios, dando ocupación incluso a más gente. Todo es perfecto, pues… mientras todo el mundo se quede quieto y conforme donde está, con cada casta pensando que los superiores a ella están demasiado estresados y tienen demasiadas responsabilidades para su gusto y que las inferiores son indignas de ti, así que nadie quiere ni subir ni bajar por la escalera. Es más, ni siquiera se plantean que haya una escalera. Como cuarta pata para sostener la mesa está la farmacología, sobre todo a través de una droga llamada «soma», que la gente lleva consigo, en la serie en dispensadores de pastillas que toman cada vez que algo los sorprende o les hace pensar mínimamente, a veces varias veces al día.

Con este mundo puesto sobre el tapete, lógicamente la trama tiene que tratar de algo que altere todo este orden establecido, ya que, como decía J. R. R. Tolkien, los tiempos de paz y tranquilidad no contienen historias dignas de ser contadas. Resulta que no todo el planeta está organizado de esta manera, y en el mundo aún quedan varios lugares, principalmente remotos e inhóspitos, donde viajan voluntariamente, o van a parar, o son enviados, todos aquellos individuos que no acaban de encajar en esta situación. Hasta para eso, para deshacerse de posibles disruptores y descontentos, está sumamente organizado este flamante Estado Mundial. Uno de estos lugares apartados es Nuevo México, donde los pobladores aún viven a la antigua, reproduciéndose, enfermando, envejeciendo (en el Mundo Feliz esto no ocurre), rezando a extraños dioses y hablando extraños idiomas. En la novela estas gentes son indios nativoamericanos, pero en la serie se reconvierten en «basura blanca» con cara de malas pulgas, adicta al alcohol y a la música escuchada con auriculares de ochentera esponjilla naranja, y que aceptan a regañadientes participar en burdas reconstrucciones para turistas de exóticos ritos como bodas entre el paleto local y la novia preñada o como conducir tú mismo tu propio vehículo a motor.

Otro elemento importante es que en esta sociedad todos son de todos. Y con eso me refiero a sexualmente. Porque sí, a pesar de que la gente aquí ya no nace de vientres maternos, el disfrute de la sexualidad se mantiene como parte del nuevo ser humano. El sexo con gente distinta es tan normal como tomar un café o una cerveza con varios amigos diferentes, y la monogamia se considera, como poco, un motivo para desconfiar de una persona, y en grado extremo un delito punible, casi como un secuestro o violación. Hasta tal punto es así que algunos de los villanos de las películas de este mundo son malvados personajes cuyo crimen es que desean quedarse para sí con una sola pareja sexual, que ha de ser rescatada por el héroe del film. Y ya de paso, decir que en los cines de este futuro los espectadores pueden sentir, a través de sensores en las butacas, lo mismo que los actores en la pantalla, incluyendo (y especialmente) las escenas de sexo. No sé si Huxley fue precursor del axioma de que toda tecnología audiovisual progresa primero a través de la pornografía que de cualquier otra cosa (piratería, vídeo online, maneras de compartir archivos, móviles con reproductores de vídeo, realidad virtual, etc), pero en su caso se cumple.

El conflicto de la trama va a venir a partir de una de estas visitas de los «nuevomundeños» al parque de atracciones en el que se han convertido las tierras no civilizadas. Los protagonistas de la novela, Bernard y Lenina, encuentran allí a un «salvaje», John, que resulta ser hijo de una mujer del Estado Mundial (interpretada por Demi Moore) que fue abandonada por, vaya casualidad, el jefe de Bernard. Bernard es un «alfa plus» que por un problema durante su «gestación» ha salido menos alto y agraciado que los demás de su clase, por lo cual no acaban de tratarlo como uno de los suyos. En la serie esto no es así, pero sí que se apunta en la dirección de que si dentro de los alfas los hay más alfas que otros (alfa plus), dentro de esos también los hay que quieren quedar por encima de los demás, no en igualdad. En la novela esto provoca que Bernard sea más contestatario y protestón de lo que debería, y por eso su jefe anda pensando en desterrarlo a Islandia. Pero con el escándalo en el bolsillo de John y su madre abandonada, Bernard ahora encuentra a su vuelta a Londres una popularidad inesperada: todos quieren ver de cerca a ese salvaje que se ha traído y sentir de cerca su amenazadora presencia, y notar ese peligro controlado, al modo de lo que en nuestro futuro serán los deportes de riesgo, los safaris, el turismo de guerra o los paseos por los bajos fondos.

En la novela John ha aprendido a leer usando lo único que su madre tenía, unas obras completas de Shakespeare, y así, de la misma forma en que el monstruo de Frankenstein hablaba como había leído, también John no solo habla a lo siglo XVII sino que se comporta igual, repugnado ante esa idea de que todos se acuestan con todos y de que no hace falta cortejar a una dama con buenas palabras. En la serie esto se obvia, y en lugar de eso John ha sacado su carácter de las canciones del siglo XX que escucha en sus antediluvianos cascos, pero en ambos casos se llega a uno de los puntos cruciales de la obra, que es el del condicionamiento social. El lector del siglo XX o XXI que lee la novela o ve la serie se supone que tiene que horrorizarse ante la imagen que se da de ese futuro en el que, por muy titilante que pueda resultar a veces eso del sexo tan fácil, las decisiones sobre la vida de una persona se han tomado desde antes incluso de que nazca. Es fácil, pues, que John les acuse a todos de estar tan «condicionados» desde el principio que no saben salir del carril que se les ha marcado. Pero ¿no es así también al revés? ¿Qué pensaría Lenina de nuestro mundo, o del de John? ¿No estamos nosotros también condicionados, a nuestro modo, por la manera en la que se nos ha criado y la sociedad que nos hemos montado? ¿La libertad que creemos que tenemos no es en el fondo una ilusión que solo alcanza hasta cierto punto, reducida por ejemplo a votar por el candidato rojo o el candidato azul?

John no acepta nada de esto, ve que sus palabras caen en saco roto y se echa sobre sus hombros la responsabilidad de «liberar» a la gente del Estado Mundial, empezando por intentar destruir un centro de distribución de soma. Sus actos llegan a oídos del Controlador General Para Europa Occidental, que resume las ideas de John como un insensato «reclamar el derecho a ser infeliz». En la novela John se retira cual asceta a una torre abandonada en la campiña inglesa, donde, al revés, como el ermitaño de La vida de Brian, atrae la atención de la gente alrededor. Tanta que Lenina es una de ellos, él la intenta atacar, se apacigua todo con soma y al día siguiente él se suicida. Esto no se mantiene en la serie, en la que John disfruta su fama vistiendo de negro misterioso y participando en las fiestas/orgía de Helm Watson, una de las principales estrellas mediáticas del Estado Mundial, siempre a la busca de nuevas ideas para encender la sensualidad de la gente. Se supone que ella es una entertainer famosa cuyos espectáculos (con títulos como Pleasure Bomb) mezclan la música en directo, el teatro, las imágenes filmadas, la happening performance y el sexo en grupo, sin mucha historia que contar, y usa a John como fuente de inspiración: darse de puñetazos a lo «salvaje», por ejemplo, e ir por ahí con un ojo morado, es una de las modas pasajeras que nacen de sus encuentros. En el libro Helm Watson era un simple aspirante a escritor, insatisfecho con la limitada propaganda que le hacen escribir, y que acaba exiliado a las Malvinas, lugar en el que espera encontrar inspiración para escribir sobre sentimientos reales, como las virtudes de la soledad.

La serie, pues, recorta mucho la carga intelectual de la historia y la reconduce más por el camino de una torturada historia romántica entre gente guapa, donde los personajes se ven tentados por eso tan raro de la monogamia castigada socialmente, y donde Lenina tiene más tiempo en pantalla, pero no necesariamente más peso en la trama. De hecho, ya que hablamos de condicionamientos, su papel, aparte de intentar «quitarse» del soma a ver qué pasa, no se sale de los reglones de ser la chica mona de otros, necesitada siempre de pareja heterosexual, liándose con John en una especie de paréntesis bucólico, y se ignoran completamente las posibilidades dramáticas de su empleo como técnico en los laboratorios donde se crían los fetos. Bernard, en lugar de ser un bajito resentido y amargado, es simplemente un guapete un tanto relamido que sonríe demasiado para lo fríos, crueles y ceñudos, cual modelos modernos de pasarela, que resultan otros alfa plus. Además, hay un par de «actualizaciones» tecnológicas en la serie, ya que los habitantes del Estado Mundial llevan unas lentillas que «aumentan» su visión al estilo de los fondos de pantalla de los móviles, proporcionando efectos visuales y de vestuario y también información sobre el estatus (alfa, delta, epsilon, beta) de cada persona con la que se cruzan. También hay una especie de inteligencia artificial superdesarrollada, INDRA, que es quien controla todo esto y graba todo lo que ven las lentillas, detectando incluso quién está empezando a follar con demasiada poca gente diferente, provocando motivo para la alarma social, y cuya naturaleza proveerá a la historia con un par de sorpresas en la trama. Una de ellas es que John, lejos de suicidarse en una torre abandonada, lidera una revuelta de epsilons que se le va de las manos y que provocará un cambio cataclísmico en esta sociedad, quién sabe si para bien o para mal.

Técnicamente, la serie está bastante limitada, aunque hoy en día los efectos visuales pueden tapar muchas carencias y abaratar muchos costes, y se nota que al principio estaba destinada a Syfy, el canal especialista en ciencia ficción que nunca ha permitido que la falta de medios les arruine los proyectos. Más bien al contrario, hay veces en las que cuanto menos tienes más se te agudiza el ingenio, pero este clásico pedía un poco más. A pesar de todo, tiene varios puntos interesantes. Y una curiosidad es que la única pieza de arte antiguo que aparece en este nuevo mundo feliz, escondida en un sótano bajo tierra para evitar traumas a su feliz población, son los fusilamientos de El 3 de mayo en Madrid, de Goya, cuya pose imitan los alfas y los epsilons durante la revuelta final.

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