Juan Cu, es decir, Juan Curcio Moreno, el protagonista de esta sabrosa y bien contada historia policial, nos trae de inmediato a la memoria al innominado, raro y delirante detective de El misterio de la cripta embrujada, uno de los más espléndidos libros de Eduardo Mendoza. Junto al inspector Sergio Planes, que tampoco está para muchos tiros en su fase de prejubilación, forma una curiosa pareja que, poco a poco, va ganándose el cariño del lector.
Pronto se dará cuenta que Juan Cu se ha convertido en el ser humano con el que más trato ha tenido desde que se quedó viudo. En un instante de reflexión, en la soledad de su casa —Soledad es, precisamente, el nombre de la mujer a la que tanto amaba—, cuyas paredes parecen venírsele encima, se da cuenta de que fue un once de julio de 2010, justo la noche del gol de Iniesta, cuando las calles se inundaron de banderas y de algarabía, con las bocinas de los coches como música de fondo, cuando conoció a Juan Curcio, Cu para los amigos, que, por entonces, era un chico corriente de treinta años, estatura normal, delgado, nariz aguileña, pelo rebelde y ojos saltones, parecidos a los del actor Adrien Brody, el de la película El pianista. Más adelante, Planes se hará cargo de la obsesión por el cine de su amigo, de ese carácter compulsivo de ir viendo películas en sesión continua, una detrás de otra, hasta el punto de, como el ilustre hidalgo manchego, confundir la realidad con la ficción. O convertir en realidad el mensaje del film.
Jesús Boluda, el autor de este relato, cuyo pulso se mantiene vivo y activo hasta las espléndidas y bien meditadas páginas finales, con un logrado epílogo que recuerda a las mejores películas del género negro, crea el ambiente propicio para que su historia pueda funcionar a las mil maravillas, sin tener que recurrir a los consabidos trucos. Murcia no es Nueva York, ya lo sabemos. Ni siquiera una gran metrópoli como Barcelona o Madrid en donde tantas novelas, de ese mismo estilo, se han desarrollado. En todo caso, como dijo en su día Francisco García Pavón, un poco acosado por los críticos más estrictos y por los incrédulos lectores, en Tomelloso —lugarón manchego donde transcurren las andanzas del detective Plinio y su ayudante don Lotario— sólo se mata lo estrictamente necesario”. Boluda no comete el error de recrearse en el paisaje del Sureste, ni saca a colación su hermosa Huerta ni su airosa catedral; no se detiene en su rica gastronomía, con sus arroces, sus verduras y sus paparajotes, ni intenta “vender” las excelencias de una ciudad aún desconocida para los turistas. Se trata, en definitiva, de un telón de fondo que funciona como un amplio local de cine en el que se van a desarrollar todos los acontecimientos. De hecho, quizá con la intención de distanciarse de todos esos tópicos que adornan a este lugar, Boluda, saliéndose del guion, nos ofrece una Murcia con un clima inusual, con nubes y lluvia, aunque estemos en enero de 2019.
Porque el cine, precisamente, es, si se analiza a fondo la obra, el verdadero protagonista de este relato. Y no sólo por las películas que van saliendo a la luz y que, ya de paso, sirven para que un loco por el séptimo arte como Juan Cu, ayude, de manera decisiva a resolver el caso de un asesino en serie. Jesús Boluda, con buen criterio, incorpora en estas páginas muchas de las técnicas cinematográficas por todos conocidas: desde un guion que va elaborando, sin ahorrarse ningún detalle, el propio asesino, hasta los comentarios que van surgiendo sobre la marcha, con una alusión, nada inocente ni improvisada, al cine Rex, la última gran sala que ha sido cerrada al público, con gran polémica por lo que ha de convertirse en un futuro, en la ciudad de Murcia. Cine y más cine con el que se invita al lector interesado en este arte a que se implique en la investigación del caso.
Decía Hemingway, que no pasa ahora por su mejor momento, que sólo una octava parte de una novela es completamente visible. Es lo que se ha dado en llamar la “Teoría del Iceberg”. De manera que la parte restante, mucho más amplia, permanece oculta e implícita, a la espera de que el lector, astuto y cómplice, sepa descifrarla. Jesús Boluda no entra al trapo, ni se arredra ante las naturales exigencias de los lectores de este género. Antes bien, se guarda muchos ases en la manga y, sin necesidad de inútiles recapitulaciones ni de resúmenes para que se sepa por dónde anda la trama —otro de los grandes males de la novela negra actual—, crea un relato cuyo fondo es preciso analizar en profundidad para sacarle mayor sabor y enjundia a un libro aparentemente ligero. No hay que olvidar que un presidiario, algo filósofo, amante de los libros y fanático del cine, encarcelado por una causa que podríamos considerar “noble”, y un policía al borde la jubilación, algo escéptico —con ese escepticismo propio de uno de esos personajes que pululan por las novelas de Baroja—, un viejo dinosaurio que aún no se ha enterado de la caída del meteorito, viudo y cansado, lo que en realidad buscan no es tanto a un asesino en serie que atemoriza a una pequeña ciudad, sino que tratan de emprender un viaje al fondo de sí mismos a la búsqueda de esos estímulos que les hagan resucitar la ilusión perdida, recobrar la fe extraviada en algún recodo de esa vida que va en serio.
El resto de personajes, al margen de Cu y del inspector Planes, que brillan por sí mismos, cumple con creces su cometido: la joven periodista Patricia Santamaría, que irá entrando, poco a poco, en la vida anodina de Planes, el policía Antonio Navarro, que recela de la intervención en el caso del presidiario, el fotógrafo forense Fulgencio Sola y algunos otros, como Trinidad Torres, Barriga Martínez, de amplia sonrisa y rostro de caricatura, compañeros de cárcel de Cu, o el funcionario de prisiones Antonio Jávega, quienes le otorgan mayor verdad y realismo a esta historia.
El humor, en ocasiones un tanto cínico, que aquí se exhibe, la fluidez y la corrección del lenguaje, adecuado para un relato de estas características, que se torna, incluso, brillante con el empleo de ágiles y chispeantes diálogos, así como ciertas descripciones, algunas soberbias imágenes y sentenciosas frases que no pasan inadvertidas al lector (“No hay nada más real que un muerto”), ponen en conexión Fuera de plano con los clásicos, con lo más respetable, puro y sagrado de un género que, en la actualidad, tantos, y con tanta mala saña, maltratan.
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Autor: Jesús Boluda del Toro. Título: Fuera de plano. Editorial: Roca. Venta: Todos tus libros.


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