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La vida es ansí

No me cabe la menor duda de que al propio Baroja le hubiera hecho mucha gracia —es un decir, porque gracia, lo que se dice gracia, tenía bien poca este espíritu hosco y malhumorado— y no hubiera visto con malos ojos verse convertido en ayudante de un avispado policía, al estilo Watson, el que fuera contrapunto emocional y humano del famoso Sherlock Holmes. No en vano, tanto don Pío como Watson compartían la condición de doctores en medicina, el uno cirujano militar, el otro médico rural en un pueblo perdido del País Vasco, por lo que sus razonamientos, más tendentes a lo práctico y a lo científico, sirven para que el investigador en cuestión cuente con unos datos valiosos para lograr salir airoso en sus pesquisas.

Y Pedro Herrasti, el autor de Los crímenes del Retiro, teniendo en cuenta tales circunstancias, sabe que se la juega, tratándose de quien se trata, pues, no en vano, Baroja, aun a estas alturas, sigue siendo todo un ineludible referente en la narrativa española de todos los tiempos. De ahí que, de entrada, ponga todo su empeño en que sea reconocible su personaje que termina por convertirse en verdadero protagonista, en la estrella invitada que más chupa cámara, porque su atractivo es brutal hasta el punto de conquistar el corazón de todos los lectores.

"Don Pío aparece retratado con todas sus armas: serio, callado, introvertido, bastante tímido, en especial con las mujeres, enemigo de los chistes"

En abril de 1900, fecha en la que se da inicio a los hechos que se relatan en esta novela y que concluyen sólo un mes después, don Pío era todavía un don Nadie; o, en todo caso, un industrial que regentaba una panadería que mantenía las puertas abiertas del negocio casi por milagro, con la continua subida de los precios de las materias primas, debido a la crisis que había arrancado en los últimos años del siglo XIX y que había convertido a España en un auténtico solar que sólo soñaba con las batallas de antaño, cuando la nación era un imperio y los corazones gozaban de alegría y alborozo.

Baroja sólo había publicado una colección de cuentos —que luego sería considerada como una pequeña joya de la historia de la literatura española—, Vidas sombrías, que, sin embargo, no le habían reportado gran fama como escritor, mientras trataba, casi desesperadamente, de hacerse un hueco entre los columnistas de los periódicos de la época, para huir, definitivamente, de los deberes de la tahona, donde, según algunos de sus enemigos, el escritor vasco se sentía bien a gusto, por su fama de friolero. Don Pío, pues, es uno de los mayores reclamos de una novela muy bien escrita, en donde su autor, con enorme pericia, va administrando sabiamente los datos que proporciona al lector hasta llegar a un final inesperado, no por completo original, pero casi nuevo en la narrativa española, del género policiaco que tanto abunda en estos últimos años.

"Las palabras, expresiones y ocurrencias de Baroja que aparecen a lo largo de las páginas de la novela de Herrasti podrían ser verdad o apócrifas, pero eso poco importa"

Y don Pío aparece retratado con todas sus armas: serio, callado —aquí habla algo más de la cuenta—, introvertido, bastante tímido, en especial con las mujeres, enemigo de los chistes; ataviado con su traje gris, casi negro, con chaleco y corbata a juego, y boina; con una vida, casi a la deriva, que no deja de ser un desastre a sus escasos treinta años; un hombre difícil de tratar al que no le gusta casi nada ni casi nadie y para el que la vida no es sino dolor, como dejó bien patente en la tesis con la que se doctoró en Medicina. Sabe, desde bien pronto, que lo único que puede salvarle de tanta mediocridad es la literatura, aunque, de momento, no encuentra el modo de salir de tanta calamidad en la que se ve envuelto. Visitar los barrios más pobres y conflictivos de Madrid de la mano de un policía tan valiente como Miguel Herranz, que trata de dar caza a un asesino en serie, es una buena manera de bucear en ese mundo sórdido y delictivo, con gente siempre a la busca, que él quiere retratar cabalmente en sus próximas novelas, que, por el momento, sólo son una quimera.

Las palabras, expresiones y ocurrencias de Baroja que aparecen a lo largo de las páginas de la novela de Herrasti podrían ser verdad o apócrifas, pero eso poco importa, porque sirven para arrojar mayor luz, si cabe, a la psicología del personaje. De este modo, ante el patético y poco honorable bohemio Pedro Luis de Gálvez, que terminaría fusilado por el franquismo, don Pío, poco amigo de pedigüeños y andrajosos, asegura que “no somos más que figuras patéticas que hacen un teatrillo antes de desaparecer”. Y más adelante, en los últimos compases de la novela, Baroja, que, como aquí se apostilla, no es la alegría de la huerta, vuelve a tirar de filosofía y da por hecho que no hay nada más humano ni nada más interesante que un hombre frente a un destino adverso.

"Herrasti tiene el acierto de imitar el molesto ceceo del gallego Valle-Inclán, y, ya de paso, recordarnos su manera tan estrafalaria de vestir en un cuerpo poco serrano al que le falta un brazo y le sobra brillantez en su expresión"

Tampoco podían faltar todos esos personajes del Madrid de comienzos del siglo XX, en los años más florecientes del Modernismo, que andan de café en café —auténticos parlamentos de la cultura española, donde se cuece el destino de nuestras letras— buscando su golpe de suerte, mostrando sus escritos, aún por limar y desinfectar de piojos y de caspa, y haciendo cábalas sobre lo que les deparará el destino. De ahí que resulten imprescindibles, además de Gálvez, figuras como Alejandro Sawa, el bohemio por excelencia, y Valle-Inclán. El primero de ellos, inmortalizado en Luces de bohemia, donde representa la figura de Max Estrella, no tiene vergüenza alguna en manifestar ante sus contertulios que, cuando se mira al espejo, no ve sino un cadáver, un hombre viejo, cansado, enfermo, consumido por el alcohol y la pobreza, que, sin embargo, conoció momentos de gloria a su paso por los cafés de París, donde hizo buenas migas con la flor y nata de la literatura francesa. Herrasti tiene el acierto de imitar el molesto ceceo del gallego Valle-Inclán, y, ya de paso, recordarnos su manera tan estrafalaria de vestir en un cuerpo poco serrano al que le falta un brazo y le sobra brillantez en su expresión.

El resto de personajes que desfilan por estas páginas, que resultan adictivas, como una bocanada de aire fresco en medio de la inmundicia de un Madrid que parece una corte de los milagros, con una desigualdad social que tira de espaldas, no les van a la zaga: desde el inspector Fernández-Luna, que trata de poner en marcha nuevos métodos científicos en la investigación policial, frente a la vieja escuela, que aún aboga por la tortura, hasta el protagonista —con permiso de Baroja, claro— Miguel Herranz, una criatura con un pasado terrible en tierras filipinas, en donde defendió el honor de España un poco para nada. La pareja Herranz/Baroja funciona casi como un reloj: si para ser un buen agente hay que ser claro, directo y tener dotes de observación, Baroja se siente cómodo en estas coordenadas que retratan, punto por punto, su propio estilo literario. No en vano, en su libro de memorias, Desde la última vuelta del camino, don Pío dejó dicho que verse a sí mismo con la mayor claridad es el ideal del escritor.

"Sale a relucir, asimismo, esa España negra, más propia de Gutiérrez de Solana que de Baroja, que casi nunca llegaba a ese extremo"

Madrid, escenario de tantas y tan prodigiosas novelas, desde El diablo cojuelo hasta La colmena y Tiempo de silencio, pasando por Almudena Grandes y el glorioso e inevitable Galdós, que puso la guinda a tanta gloria, aparece en estas páginas como una ciudad de contrastes, con ese ajetreo de carruajes que van de un lado para otro en las zonas  más nobles, en donde también se observan, con todo detalle, como si el escritor hubiera aplicado una lupa sobre ellos, ropas remendadas y rostros consumidos por el hambre, “gritos alegres y silencios de desesperación”.

Está claro que Herrasti se ha contagiado —y lo hace adrede, deliberadamente— del inconfundible estilo del propio Baroja; de ahí la abundancia de diálogos trazados magistralmente, de una frescura impresionante, en un toma y daca que  resulta espontáneo; de ahí el dinamismo considerable en la acción, sin que ello sea causa suficiente para eliminar las reflexiones que surgen de vez en cuando, con críticas a una sociedad egoísta, que vive de espalda a los más desfavorecidos, y con espléndidas estampas, marca de la Sociedad Baroja Nessi, como la de la ropa tendida junto a la orilla del Manzanares, “ropajes de seres fantasmales que luchan por librarse de las pinzas de madera que los sujetan a las cuerdas”. Y sale a relucir, asimismo, esa España negra, más propia de Gutiérrez de Solana que de Baroja, que casi nunca llegaba a ese extremo, en una escena estremecedora que tiene lugar en un manicomio en donde, por diversas circunstancias, es internado Miguel.

Final no exento de sorpresa, con el que se hace una curiosa pirueta que resulta por completo verosímil, y final pesimista, como no podía ser de otra manera en los tiempos que corren, en los que ser inteligente, que diría don Pío, constituye una desgracia. Y es que, como reza en el título de una de las novelas más hermosas y desconocidas de Baroja, el mundo es ansí, y poco podemos hacer por cambiarlo.

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Autor: Pedro Herrasti. Título: Los crímenes del Retiro. Editorial: Salamandra. Venta: Todos tus libros.

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