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El enemigo siempre tiene razón

El enemigo siempre tiene razón

Imagen de portada: Caín matando a Abel. Museo del Prado. Madrid

En España, para desacreditar a un compatriota no hacen falta pruebas. Basta con encontrar a un extranjero dispuesto a criticarnos y varios españoles que le sujeten el abrigo.

Hay una frase española que debería figurar en el escudo nacional, quizá debajo de las columnas de Hércules y justo antes del Plus Ultra: «Algo habrá hecho». No necesita expediente, pruebas ni testigos. Se pronuncia antes de conocer los hechos y sirve para casi todo. Si un español es despreciado en el extranjero, algo habrá hecho. Si una empresa de aquí es castigada mientras prosperan sus competidoras, por algo será. Si un escritor recibe ataques fuera, seguro que se los ha buscado. Si un deportista protesta porque considera injusto el trato recibido, lo más elegante consiste en explicar que los otros tienen sus razones y que él debería aprender a perder.

Da igual que nadie sepa exactamente qué ocurrió. El compatriota empieza el partido con una tarjeta amarilla. El extranjero, en cambio, comparece revestido de una autoridad misteriosa: si viene de fuera, debe de observarnos con esa objetividad que nosotros, pobres indígenas emocionales, no podemos alcanzar. Aunque no conozca nuestra historia, no hable nuestra lengua y haya formado su opinión durante una escala de cuatro horas en Barajas, siempre encontrará a un español dispuesto a darle la razón. Incluso a ampliársela.

La escena se repite con una naturalidad admirable. Un periódico extranjero publica una tontería sobre España y antes de que sus propios lectores hayan terminado el desayuno ya hay miles de españoles distribuyéndola con entusiasmo. No para refutarla, sino para confirmar que somos exactamente tan inútiles como dice el periódico. El artículo puede contener errores geográficos, lugares comunes, datos viejos y una fotografía de archivo en la que todavía aparece una peseta. Nada de eso importa. Está escrito en inglés, francés o alemán, que son idiomas en los que una estupidez adquiere inmediatamente aspecto de informe técnico.

"Caín tuvo que conformarse con un hermano. El español contemporáneo dispone de compañeros de trabajo, vecinos, escritores, actores, deportistas..."

Si un español se atreve a responder, se lo acusa de patriota acomplejado, nacionalista, reaccionario o susceptible. Lo cosmopolita consiste en asentir mientras nos llaman atrasados; lo provinciano, al parecer, es pedir que al menos acierten con el nombre de la provincia.

No estoy proponiendo que se defienda a cualquier compatriota por el simple hecho de serlo. Un sinvergüenza español sigue siendo un sinvergüenza, y no mejora porque se envuelva en una bandera o pronuncie la palabra patria con voz de anuncio de coñac. Tampoco hay obligación de aplaudir una película infame, una novela mediocre, una empresa o un deportista tramposos porque hayan sido fabricados dentro de nuestras fronteras. El patriotismo automático es una forma de estupidez como cualquier otra.

Pero entre la obediencia patriótica y el placer de darle siempre la razón al de fuera existe un territorio bastante amplio llamado juicio propio. Y ése es el que solemos abandonar en cuanto aparece la posibilidad de hundir a uno de los nuestros.

La Real Academia define el cainismo como la «actitud de odio o fuerte animadversión contra allegados o afines». La definición es correcta, aunque algo austera para el desarrollo que hemos dado aquí al concepto. Caín tuvo que conformarse con un hermano. El español contemporáneo dispone de compañeros de trabajo, vecinos, escritores, actores, deportistas, empresarios, profesores universitarios, familiares, antiguos amigos y contactos de redes sociales. El progreso tecnológico ha democratizado el garrote.

El fenómeno se observa con especial claridad en la cultura. Una película danesa de dos horas y media en la que nadie habla y una señora contempla una taza puede ser una exploración radical del vacío europeo. Si la película es española, decimos que no tiene argumento y que seguramente la pagamos entre todos. Una novela islandesa de setecientas páginas, tres genealogías y quince descripciones de la nieve es atmosférica; una novela española de semejante extensión necesita urgentemente un editor y quizá un psiquiatra. Un cocinero japonés sirve una piedra tibia con aroma de musgo y está dialogando con la tradición; un cocinero de Cuenca pone espuma sobre una croqueta y pretende tomarnos el pelo.

Al extranjero le concedemos contexto. Al compatriota le exigimos antecedentes penales.

"Esa última frase suele pronunciarla la misma gente que no compró sus libros, no acudió a sus presentaciones y lo llamó pretencioso cuando empezaba"

Ocurre también con los escritores. Mientras un autor español permanece desconocido, nadie lo lee. Cuando comienza a destacar, se explica que está sobrevalorado. Si vende libros, es comercial. Si no los vende, será porque no interesa. Si gana un premio español, ha habido maniobras editoriales. Si obtiene reconocimiento internacional, entonces nos apresuramos a anunciar que nosotros siempre supimos que era extraordinario y a lamentar que en España nadie apoye el talento.

Esa última frase suele pronunciarla la misma gente que no compró sus libros, no acudió a sus presentaciones y lo llamó pretencioso cuando empezaba. Pero una vez validado en París, Londres o Nueva York, el autor deja de ser aquel vecino insoportable que tuvo la desfachatez de prosperar y se convierte en patrimonio nacional. Ya podemos admirarlo porque lleva en el equipaje el sello de una aduana extranjera.

En España el éxito necesita visado.

No envidiamos de la misma manera a quien vive lejos. El triunfo de un desconocido en California pertenece a otro universo y puede contemplarse con serenidad. El del antiguo compañero de colegio, el vecino del quinto o la escritora que publicaba a nuestro lado resulta mucho más ofensivo, porque demuestra que alguien que partió de un lugar reconocible consiguió hacer lo que nosotros pospusimos, abandonamos o ni siquiera intentamos. El extranjero no nos compara con nosotros mismos. El compatriota sí.

Por eso no es exactamente amor a lo extranjero. Es hostilidad hacia lo próximo.

"Cada facción española espera con ansiedad la aparición de una voz internacional que confirme lo que ya pensaba"

No admiramos al jugador rival porque sea mejor: lo utilizamos para golpear al nuestro. No creemos necesariamente que el crítico francés sea más inteligente: nos resulta útil porque ha dicho algo desagradable sobre el novelista español que nos cae mal. No confiamos de verdad en el periódico británico, el fondo norteamericano o el organismo europeo. Los consideramos autoridades morales sólo mientras sirven para humillar al adversario doméstico. Cuando dejan de hacerlo, vuelven inmediatamente a ser extranjeros interesados, arrogantes o ignorantes.

Nuestra política exterior podría resumirse así: el extranjero es civilizado cuando critica a mi enemigo y colonialista cuando me critica a mí.

Cada facción española espera con ansiedad la aparición de una voz internacional que confirme lo que ya pensaba. Si un diario extranjero reprende al Gobierno, la oposición lo presenta como expresión de la conciencia universal. Si el mismo diario cuestiona a la oposición, se convierte en un pasquín mal informado. Una institución europea puede ser ejemplo de prestigio democrático el lunes y guarida de burócratas sin legitimidad el jueves. Todo depende de a qué español haya decidido abofetear.

No mantenemos relaciones internacionales. Importamos munición.

Esta inclinación viene de lejos. Larra [1] escribió en “Horas de invierno, publicado en El Español el 25 de diciembre de 1836, que «escribir en Madrid es llorar», porque el escritor no escribía «siquiera para los suyos». Casi dos siglos después, la frase conserva una salud irritante. El escritor español continúa sospechando que el reconocimiento de sus compatriotas llegará tarde, mal y después de que alguien de fuera haya redactado el certificado correspondiente.

"El fracaso del compatriota restablece el orden natural de las cosas. Nos permite ser generosos, incluso afectuosos"

Machado habló del «españolito» al que una de las dos Españas acabaría helándole el corazón. Quizá exista una tercera España menos estudiada: la que no pertenece del todo a ninguna de las dos, pero está encantada de prestarles un palo para que se golpeen entre ellas. No toma partido por convicción, sino por antipatía. Su ideología consiste en que el otro no se salga con la suya.

Y no hay que imaginar grandes debates nacionales. El cainismo funciona mucho mejor en distancias cortas. Aparece cuando alguien obtiene una plaza, publica un libro, monta una empresa, recibe un premio o consigue una oportunidad. Antes de felicitarlo, se investigan las relaciones familiares, las amistades, los posibles favores y la manera exacta en que lo hizo. La pregunta nunca es «¿qué habrá trabajado?», sino «¿a quién conocerá?». El mérito ajeno produce una incomodidad que necesita explicación policial.

Si fracasa, en cambio, recuperamos la paz. El fracaso del compatriota restablece el orden natural de las cosas. Nos permite ser generosos, incluso afectuosos. Podemos decir que tenía talento, que el mundo fue injusto y que quizá merecía más. El español muerto, arruinado o definitivamente derrotado resulta mucho más soportable que el español vivo al que le va bien. Al primero podemos homenajearlo. El segundo todavía podría sentarse a nuestra mesa y obligarnos a mirarlo.

De ahí que tantos reconocimientos nacionales lleguen cuando el homenajeado ya no puede disfrutarlos. Entonces desaparece el peligro de que se lo crea.

Las redes sociales no inventaron esta costumbre, pero le proporcionaron megafonía, iluminación y servicio permanente de cafetería. Antes había que acudir a una tertulia, encontrar interlocutores y esperar el momento adecuado para despellejar a alguien. Ahora basta con un teléfono y una fotografía desafortunada. Cualquier español puede ejercer de fiscal, juez, crítico literario, seleccionador nacional y experto en geopolítica antes de levantarse de la cama.

"El cainismo se disfraza a menudo de espíritu crítico. El español que celebra cada humillación de lo propio se considera libre de prejuicios, sofisticado y valientemente contrario al nacionalismo"

Cuando el ataque procede de otro país, el entusiasmo se multiplica. Se traduce, se comparte y se presenta como una verdad que «ya están viendo fuera». Esa fórmula —«ya están viendo fuera»— posee una solemnidad casi religiosa. Fuera es un lugar imaginario donde todos leen informes rigurosos, conocen nuestros problemas y coinciden en que el español al que detestamos es exactamente tan despreciable como sospechábamos.

No importa quién esté mirando ni desde dónde. Basta con que sea fuera.

El cainismo se disfraza a menudo de espíritu crítico. El español que celebra cada humillación de lo propio se considera libre de prejuicios, sofisticado y valientemente contrario al nacionalismo. Pero la crítica exige examinar los hechos; el autodesprecio sólo exige disfrutar del golpe. Una cosa es denunciar los defectos de un país y otra convertirlos en una esencia eterna, como si aquí la corrupción, la estupidez, la incompetencia y la envidia fueran productos con denominación de origen.

La humildad tampoco consiste en arrodillarse ante cualquiera que tenga acento extranjero. La humildad reconoce errores. La humillación los inventa cuando hacen falta.

Hay españoles admirables que apoyan a sus colegas, celebran el talento ajeno y defienden a un compatriota cuando consideran que tiene razón. No suelen hacer demasiado ruido. El gesto de ayudar carece del espectáculo moral que ofrece el linchamiento. Decir «esperemos a conocer los hechos» proporciona pocos aplausos; afirmar «algo habrá hecho» permite entrar inmediatamente en el bando de los lúcidos.

"El enemigo siempre tiene razón mientras haya un compatriota al que hundir. Cuando ya no nos sirve para eso, vuelve a convertirse en enemigo"

Además, defender a uno de los nuestros comporta un riesgo social considerable: que nos confundan con sus partidarios, que nos atribuyan sus ideas o que el defendido termine cometiendo alguna estupidez y nos deje con cara de notario estafado. Resulta más cómodo apartarse, señalarlo desde lejos y esperar a ver quién vence. Si cae, siempre podremos asegurar que lo vimos venir. Si triunfa, diremos que fuimos de los primeros en reconocer su mérito.

Así se construyen carreras impecables de espectador.

En el bar imaginario donde transcurre esta columna, un extranjero lleva media hora explicando que los españoles somos desorganizados, ruidosos, ignorantes, poco trabajadores y genéticamente incapaces de cumplir un horario. Un español sentado a su lado asiente con entusiasmo. No sólo está de acuerdo: aporta ejemplos, recuerda anécdotas, amplía la acusación y le explica al visitante que todavía se ha quedado corto. Cada defecto nacional le produce la felicidad del profeta al que por fin toman en serio.

El extranjero termina la bebida, mira el reloj y se marcha sin pagar. El camarero pregunta quién se hace cargo de la cuenta. Entonces el español indignado observa la puerta y dice:

—Ya se sabe cómo son estos extranjeros. Vienen aquí y se creen que somos idiotas.

Ésa es quizá la explicación completa. El enemigo siempre tiene razón mientras haya un compatriota al que hundir. Cuando ya no nos sirve para eso, vuelve a convertirse en enemigo.

No era cosmopolitismo. Era cainismo con pasaporte.

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[1] Las dos frases salen del mismo artículo de Mariano José de Larra, no de dos textos distintos: «Horas de invierno», publicado en El Español: Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales, número 420, el 25 de diciembre de 1836, y firmado «M. J. de Larra». La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes reproduce la edición digital y permite consultar también el facsímil del periódico. El pasaje dice, de forma consecutiva: «Escribir en Madrid es llorar […] Porque no escribe uno siquiera para los suyos».

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