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José Coronado: “La edad te regala matices”

José Coronado: “La edad te regala matices”

Después de décadas construyendo algunos de los hombres más complejos del cine y la televisión española, José Coronado se enfrenta ahora a un nuevo desafío: dar vida a Hopalong Basil, el actor retirado convertido en detective que protagoniza El problema final (Alfaguara), la adaptación que Netflix ha realizado de la celebrada novela de Arturo Pérez-Reverte.

Nos encontramos con el apuesto actor para hablar de misterio, de Sherlock Holmes, del paso del tiempo y de ese extraño privilegio que consiste en llegar a la madurez con más preguntas que certezas.

*****

—En El problema final interpreta a un actor retirado que acaba convertido en detective. ¿Qué fue lo primero que le sedujo de Hopalong Basil?

—Precisamente esa contradicción. Es un hombre que ha vivido fingiendo ser otro y que, cuando cree que su carrera ha terminado, descubre que todo ese oficio de observar, escuchar y leer a las personas era la mejor escuela posible para investigar un crimen. Me pareció una idea brillante: un actor que utiliza las herramientas de la interpretación para descubrir la verdad.

—Pérez-Reverte suele escribir personajes muy llenos de cicatrices. ¿Dónde encontró usted las de Basil?

"Basil"

—En el desgaste. Basil no es un héroe joven; es un hombre elegante, inteligente y profundamente cansado. Lleva encima derrotas, pérdidas y una cierta melancolía. Esa clase de personajes son maravillosos porque ya no necesitan demostrar nada. A veces uno se da cuenta de la verdad de aquella frase: “Menos es más”.

—Hay algo muy suyo en este Basil cinematográfico: la manera de entrar en una habitación, de tratar a una mujer, de encender un cigarrillo… ¿Los modales también se practican?

—En cierta forma, pero también se heredan. Pertenezco a una generación en la que nuestros padres, nuestros mayores en general, nos enseñaban muchas cosas sin sentarse nunca delante para decirnos: “Ahora voy a enseñarte esto”. Lo aprendías viéndolo; era algo natural. Cómo saludaba, cómo trataba a una mujer, cómo se comportaba en una mesa, cómo daba las gracias. Eran otros tiempos y determinadas cosas venían incorporadas a la educación. No se hablaba de ellas. Estaban ahí. Pero me estoy yendo del tema…

—¿Y esas cosas se están perdiendo?

—Bueno. Algunas sí. Y me da pena. No hablo de volver a los años cincuenta, que desde luego tenían muchísimas cosas que afortunadamente, por el bien de todos, hemos dejado atrás. Yo me refería a la cortesía, al concepto de respeto, y a un saber estar. Cosas que nunca deberían pasar de moda.

—Y de pronto le dan un personaje que pertenece precisamente a ese mundo.

—Sí, y ahí había mucho material. Basil pertenece a una época en la que un hombre se vestía para cenar, abría una puerta, sabía cuándo hablar y cuándo callarse. Todo eso que te ayuda muchísimo a construir un personaje porque antes de que diga una palabra ya sabes quién es.

—Y, además, fuma.

—¡Fuma muchísimo! (Rísas) Y yo soy exfumador, así que tenía su gracia.

—Pero aquí el humo importa. No es sólo fumar. La serie recupera ese humo cinematográfico de los años cincuenta.

"Cinematográficamente, el humo es maravilloso"

—Claro, claro. El cigarrillo entonces era parte del personaje. Piensa en Bogart. El humo, la gabardina, la luz, la manera de sostener el cigarrillo… El cine convirtió todo eso en iconografía. Hoy sabemos lo que sabemos del tabaco y yo estoy encantado de haberlo dejado, pero cinematográficamente el humo es maravilloso.

—El problema final parece disfrutar precisamente de ese cine: el hotel, la tormenta, los trajes, las mujeres elegantísimas, el asesinato…

—Sí, hay un homenaje evidente a un cine que ya no se hace de esa manera. Al gran cine americano y también al europeo de los cincuenta, cuando una película podía tomarse tiempo para mirar a un personaje entrar en una habitación. Hitchcock, Billy Wilder, ese cine negro americano; y luego los italianos, Visconti, De Sica, Fellini. Directores que entendían que el rostro, la mirada de un actor también cuenta una historia.

—¿Echa de menos ese cine?

—Echo de menos algunas cosas de ese cine. Hombre, ahora se hacen cosas extraordinarias. Pero aquel cine tenía tiempo y tenía misterio. No necesitabas explicarlo todo.

¿Un actor observa igual que un detective?

"Los actores vivimos pendientes de los silencios"

—Bastante más de lo que parece. Nosotros vivimos pendientes de los silencios, de cómo alguien cruza una puerta, de una mirada que dura medio segundo o de una mano que tiembla. Todo eso cuenta una historia. Y en un detective, el método no está tan lejos.

—La acción transcurre en una isla aislada por un temporal. Prácticamente un personaje más.

—Totalmente. Ese aislamiento crea una presión extraordinaria. Nadie puede escapar, todos sospechan de todos y el paisaje termina condicionando el comportamiento de los personajes. Rodar allí era como estar dentro de una novela de habitación cerrada: el viento, la lluvia y el mar trabajaban con nosotros.

—Usted ha interpretado policías, jueces, criminales, empresarios, médicos… ¿Qué le aporta hoy un personaje que quizá no le habría interesado hace veinte años?

—La edad te regala matices. Cuando eres joven tiendes a buscar personajes intensos; ahora me interesan los complejos. Ya no necesito que un hombre sea bueno o malo. Me basta con que sea profundamente humano. Basil está lleno de contradicciones y eso es un regalo para cualquier actor.

—¿Ha cambiado también su manera de preparar un papel?

"La experiencia consiste precisamente en saber cuándo dejar de preparar y empezar a vivir el personaje"

—Sí. Antes acumulaba información del personaje. Ahora intento vaciarme un poco más. Leo, investigo, hablo con el director… pero llega un momento en que hay que confiar en la intuición. La experiencia consiste precisamente en saber cuándo dejar de preparar y empezar a vivir el personaje.

—Usted empezó siendo un treintañero en el cine. Antes había estudiado, trabajado como modelo, montado negocios… ¿Todo aquello terminó sirviendo para actuar?

—Sí, de alguna manera, sí. Yo llegué tarde al oficio y durante mucho tiempo pensé que eso era una desventaja. Ahora creo que fue exactamente, al contrario. Había visto mundo y aprendido idiomas, había trabajado, había conocido gente muy distinta. Todo eso termina saliendo delante de una cámara.

Pero tardó todavía bastante en sentirse actor…

—Muchísimo. Yo llevaba a mis espaldas casi diez años de películas, televisión, teatro… y seguía sin sentir que tuviera derecho a llamarme actor.

—Hasta Algo en común, escrita por el dramaturgo estadounidense Harvey Fierstein.

—Exacto. Hasta Algo en común. Ahí cambió algo.

—¿Por qué?

"Porque por primera vez sentí que estaba llegando a un sitio al que no sabía que podía llegar"

—Porque por primera vez sentí que estaba llegando a un sitio al que no sabía que podía llegar. Interpretaba a un homosexual que había perdido a su pareja por el sida. Estamos hablando de 1996 y todavía había muchos prejuicios alrededor de todo aquello. La obra hablaba del sida, sí, pero sobre todo hablaba del amor. Del amor con mayúsculas.

—Usted ha dicho que allí se sacó “el carné de actor”.

—Con aquel personaje tuve que ir a buscar dentro de mí cosas que no había utilizado nunca. Y ocurrió algo maravilloso: la gente venía al camerino llorando y dándome las gracias. Entonces entendí que esto podía servir para algo más que entretener. Ahí empecé a sentirme actor de verdad.

—¿Le cambió también personalmente?

—Mucho. Un personaje te obliga a mirar un mundo que quizá hasta entonces habías contemplado desde fuera. Y cuando haces bien ese viaje ya no vuelves exactamente igual.

—Después de tantos personajes inolvidables, ¿qué ha aprendido José Coronado de todos ellos?

"Todos escondemos algo: una culpa, un deseo, un miedo o una esperanza"

—Que nadie es completamente transparente. Todos escondemos algo: una culpa, un deseo, un miedo o una esperanza. Los personajes me han enseñado a juzgar menos y a observar más. Quizá por eso sigo disfrutando tanto de este oficio y de mis compañeros.

Precisamente, en El problema final hay un reparto coral muy potente. ¿Qué tiene de especial trabajar en una historia donde todos pueden ser culpables?

—Que obliga a escuchar. En otros proyectos uno está muy pendiente de su personaje; aquí cada escena es un duelo de inteligencia. Cualquier gesto del compañero puede modificar la lectura de toda la historia. Eso hace que el rodaje sea muy estimulante.

—Si tuviera que definir El problema final en una sola frase para quien aún no la ha visto…

"El problema final es un gran juego de inteligencia, pero también una historia sobre el tiempo"

—Diría que es un gran juego de inteligencia, pero también una historia sobre el tiempo. Sobre cómo los hombres intentan resolver el último enigma de sus vidas antes de que caiga el telón. De hecho, para mí el mejor capítulo de toda la serie es el cuarto. O sea, el capítulo del desenlace.

—¿Usted descubrió al asesino antes que Basil?

—No se lo voy a decir.

—Eso significa que no.

—Eso significa que llevo cuarenta años dando entrevistas. [Risas]

—Después de tantos policías, criminales, tipos duros y ahora detectives, ¿sería capaz José Coronado de cometer el crimen perfecto?

—Ni de coña. Me pillarían inmediatamente.

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