Edu Galán le arranca el antifaz a la fama, desenmascara su mundo de intereses, hipocresías y vacuidades, y enseña a las claras, sin maquillajes ni filtros, su rostro desnudo. En esta sociedad obsesionada por el reconocimiento y marcada por la impronta audiovisual de influencers, famosillos y celebrities, el escritor, sin crueldad, pero sin lenitivos, desvela sus itinerarios, que son diversos, luminosos en unas ocasiones, oscuros en muchas otras ocasiones, en Más famosos que Jesucristo (Debate), un ensayo urgente y oportuno que aborda una reflexión necesaria sobre un fenómeno que encarnan unos pocos, pero que afecta a todos, que muestra su evolución a la vez que recapacita sobre la relación del famoso con el consumo y exhorta a prevenir a los niños de los peligros de la fama prematura.
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—¿Se considera célebre, famoso, conocido…?
—Yo diría que soy un famoso de nicho. Es evidente que, al aparecer en la televisión desde hace años y con Mongolia, aunque no sea un nivel masivo, muchos me dicen «te conozco de algo», «me suenas» o «te veo siempre, te conozco». De vez en cuando hay personas que me paran. Eso me ayuda a entender, aparte de que también lo veo por amigos y amigas famosos, cómo debe de ser eso, que a mí me pasa puntualmente, que a ellos les suceda todo el rato, hasta tal nivel que, no digo que no puedan salir a la calle, pero que salir a la calle suponga una pesadez. Yo, al ser un famoso de nicho y, digamos, significado políticamente, me sucede que la gente me anima a que siga diciendo lo que digo. Bueno, y hay gente que me llama hijo de puta por la calle. Eso también me ha pasado.
—¿Y cómo lleva eso?
—He sido famoso desde niño porque fui árbitro. Cuando iba al instituto, no digo que fuese habitual, pero no era raro que algún futbolista de mi misma edad dijese: «Ahí va ese hijo de puta». Me han llamado hijo de puta desde que tengo 14 años. Ahora, cuando me lo llaman en redes, me suda los cojones, claro.
—Le vio la cara y el reverso oscuro a la popularidad.
—Sí… Pero mira, el cine me ha enseñado más que mis padres. La primera vez que veo los efectos de la fama es en las películas. Me di cuenta de que, frente a la cantinela que me decían en casa, «eso es un cuento», «eso pasa en la pantalla» y «los monstruos están en la pantalla, no en la realidad», no era así. Empecé a fijarme en que pasaba en la vida, en que las películas eran manuales, a veces con dragones y licencias, pero que hablaban de mi vida. Donde primero vi el revés siniestro de la fama fue en el cine. La suerte que tengo es que llegué muy tarde a la fama, con 31 años, cuando empecé con Mongolia y nos subimos a los escenarios…
—¿Le ayudaron esas experiencias?
—Te dan una perspectiva diferente y, en ese sentido, me vino bien el arbitraje. Al salir a un sitio, que te vea la gente tomar decisiones… El fútbol es un escenario y no se limita solo al campo. Ahí empecé a ver cómo reaccionaba la gente cuando es percibida por una masa que él no conoce, aunque la masa cree que le conoce a él. Para mí es muy interesante como psicólogo, y creo que se le ha dedicado muy poco tiempo a hablar de la fama.
—¿Qué es lo que le mosqueó, por decirlo de manera coloquial?
—La ansiedad que produce y la desconexión que puede producir con la realidad, que puede ser perjudicial. Sabemos de miles de famosos que tienen problemas, no solo de ansiedad, sino con adicciones, porque dedicarse a ser famoso es un trabajo muy duro. Luego hay famosos que llevan la fama acoplada a su profesión. Escritores, políticos, toreros… Pero la gestión de la fama es un trabajo diferente… En el caso de las monarquías, defiendo que se debe tomar como un trabajo asociado a esa dedicación. Si haces un trabajo público, se debe tomar con muchísimo respeto y sabiendo qué cosas compartes con los demás, hasta qué nivel de compromiso quieres llegar, y no pensando que colgar una foto en redes es simplemente colgar una foto en redes, sino que significa más cosas.
—¿Estamos dando la fama a quien no se lo merece?
—Está bien mirado, pero es complejo el verbo «merecer»… En el sentido de que, si la tiene, será que se la merece, ¿no? Será más bien que, según esta sociedad, se la merecen esas personas. Esas personas a las que les damos fama y que podrían parecer vacuas son otra pata más de la sociedad de consumo. Son personas que nos mantienen atentos, instalados en un ocio consumista. Por eso el famoso no es el famoso actual. El famoso cualitativo ya no existe. Solo existe el cuantitativo. Si eres un albañil que hace vídeos virales impresionantes y eres majo y te popularizas, pues ya está. Pero eso es cuantitativo, no cualitativo. Si reparas en sus stories, todo implica consumo: viajes, ropa, comida… El tipo de ocio que se está instalando en nuestra sociedad, que no es un ocio en el que te sientas en el parque a contar un cuento al niño. Es un ocio en el que vas al centro comercial y haces actividades que, a lo mejor, no implican consumir, ir a comprar algo, pero sí estar rodeadas por marcas y consumo.
—¿Considera que la gran diferencia que pueda haber entre la fama actual y la fama que había antes es que antes solo eran famosas las personas que habían alcanzado cierta reputación en su campo?
—Sí, pero el cambio más grande no es que ese tipo de famosos no existiese, las socialités, que no tenían, digamos, ni oficio ni beneficio… Hay muchísimos ejemplos de gente que se hizo famosa por casarse, divorciarse… La gran noticia es que la fama parece estar al alcance de cualquiera. Esta fama actual, la notoriedad, ha arrasado con la otra y cualquiera, aunque sea en sus redes y tenga solo veinte seguidores, ya es conocido por unos cuantos que él no conoce. En ese sentido, la fama está al alcance de todos.
—¿Incluye advertencias en su ensayo?
—En especial para padres y madres cuyos hijos estén empezando a colgar vídeos y eso en las redes. El libro no apela a los famosos exclusivamente. Trata de explicarlos, pero pienso que apela a toda la sociedad, a cualquiera que esté mostrándose en público, en vídeos, en una red social, en grupos entre gente que no conoce.
—La monarquía fue pionera en exhibirse.
—Son los que empezaron a aprovechar la fama de una manera banal, ya cuando no contaban mucho o declinaba. Un poco responsables son. Nos dieron un mundo que se empezaba a quedar hueco, porque su papel quedaba atrás. La monarquía mantiene la distancia con el público, aunque cada vez menos. Ahora ves la entrada de Leonor en la universidad. Cada vez se va sacrificando más en pos de la autenticidad o la verdad. Eso no ocurría hace poco. Pero la distancia es necesaria para mantener la mística de la monarquía. Esto es importante. Espero que lean este libro Letizia y Felipe, porque es clave que esa distancia se mantenga, igual que los ritos… La monarquía no puede convertirse en Gran hermano. Tiene que ser una institución que guarde distancia con los ciudadanos. No puede asimilarse porque, si se asimila en la sociedad, se empiezan a comportar como un ciudadano normal, pierden la mística.
—¿Tanto peso tiene la monarquía?
—Seamos monárquicos o no, mi memoria emocional la estructura la monarquía. Soy ateo, pero soy un ateo católico, y soy un republicano monárquico en ese sentido, porque me acuerdo de cuando se casaron don Felipe y doña Letizia, de la abdicación, de cuando el rey iba al palacio de Marivent, de la visita de Lady Di. Mi memoria sentimental de España está irremediablemente ligada a la monarquía. Eso se debe a la distancia, ¿no? Esa importancia que tiene en estructurar la vida de las personas que viven bajo una monarquía hace que, para mucha gente, las personas sean una presencia estable y cómoda frente al caos.
—Cumplen una función social.
—Y esa función social cuesta muchísimo trabajo. Solo hace falta ver el caso de la reina. Es un trabajo y así lo deberían entender todos, porque aquel monarca que crea que el cargo le viene dado por la mano de Dios y que puede hacer lo que le salga de los huevos, que se atenga a las consecuencias. Ahí está nuestra querida amiga María Antonieta.
—En la fama juegan un papel determinante las redes.
—Van cambiando los medios, va cambiando la fama. El libro es también una historia de la tecnología, de cómo interviene sobre la psicología y cómo percibimos las cosas. La imprenta, el cine, el primer plano cambian nuestra forma de emocionarnos. La radio, la televisión, los vinilos, todo eso cambia nuestra percepción y la fama. La aparición de Internet fue vital para fragmentar la fama y crear un tipo de fama presentista, efímera; esto de los 15 minutos no era ninguna cháchara. Lo que hay que entender es que la fama es siempre mediada. La presentación del famoso siempre es a través de un medio, nunca cara a cara. Ese medio ofrece, te entrega, por decir así, trocitos del famoso. Lo que recibe el público es una imagen mediada y enmarcada por las especificaciones tecnológicas de cada medio.
—¿Hay un componente emocional?
—Las emociones son centrales en esta sociedad. El famoso que es masivo funciona como metadona en las relaciones. Es cotilleo, historia. El ser humano vive de narrativa, y una de las más potentes hoy es la de los famosos: cómo se casan, se divorcian, si tienen un disgusto, si sacan un nuevo disco… Una de las tareas del famoso que se dedica a esto es mantener esa emoción a flor de piel con historias. Y es una tarea titánica la creación de esas historias, porque apelan a la sociedad para que sigan mirando al famoso y lo consuman, porque el famoso es escaparate y producto a la vez.
—¿Debemos preparar a los chavales para la fama?
—Sin duda. Volvamos a la definición de fama: una masa que te conoce, pero que tú no conoces. Es habitual que los jóvenes compartan un vídeo en un grupo de WhatsApp y que, cuando el niño entre en el instituto, gente que no conoce de otros cursos le mire. Al mirarlo ya tienen una asunción sobre él. Eso, hasta cierto punto, es hacerte famoso. Y están los casos de los niños famosos, desde actores hasta los que aparecen en YouTube haciendo unboxing, que no están para nada protegidos.
—Las redes…
—Las redes sociales son el mal encarnado por milmillonarios sin escrúpulos que deberían ser expulsados del templo, como hizo Cristo con los mercaderes. Habría que hacerles un Núremberg. Como decía José Luis Cuerda, no hay animal más estúpido en la creación que el milmillonario, porque cree que no se va a morir. Y creo que, además, se ha demostrado, se demuestra día a día, que también es el animal más malvado. Es el epítome de maldad. Yo tengo miedo de Jeff Bezos, de Elon Musk. No me gustan los megarricos, sobre todo esos que controlan unas redes sociales donde no existe protección a la infancia. No la hay porque los gobiernos no pueden. O sí pueden, pero no están trabajando como deberían. Disney Channel o Televisión Española, las cadenas privadas o Netflix, están sujetos a una, pero en YouTube te encuentras al niño viendo un unboxing, a otros niños haciendo unboxing, y se crea una dialéctica potentísima, porque los niños están enseñando una intimidad y el niño que lo hace puede perder total contacto con la realidad. Estamos muy preocupados con qué damos de comer a nuestros niños y nada preocupados de estas cosas, de cómo se gestionan o se previenen.
—Los chavales hoy ven lo fácil que puede ser convertirse en famoso, y eso puede sustituir a ciertos valores, como la voluntad, el estudio, el sacrificio.
—Vuelvo a ser muy pesado, pero las redes están controladas por una ideología norteamericana protestante, que es una ideología que tiene como moral el dinero, el ganar dinero, de cualquier manera. Es Estados Unidos, su presidente, es lo que se valora más. Es lo máximo. Cuando las relaciones humanas se basan solo en el dinero, se desnaturalizan y se vuelven salvajes. Porque el dinero, por definición, solo entiende de competencia. Y hay ámbitos donde la competencia se debería desterrar, no debería existir. Pero en el momento en que el metrónomo moral es el dinero y la ideología imperante es esta, la forma más fácil de conseguirlo es la más valorada y es la moralmente más aplaudida por la moral del dinero. Pero también sucede que estamos instalados en una sociedad presentista, donde no hay propuesta de futuro. El único futuro es cuándo se va a estrenar la nueva de Marvel. Es lógico que las cosas que requieran cinco años de tu vida les resulten absurdas. Si tengo un reforzamiento rápido, dinero y me voy y pago menos impuestos… No piensan que pagar impuestos es contemplar un futuro. Si lo que valoro es irme a Andorra y quedarme toda la pasta como máximo moral, ¿para qué voy a estudiar una ingeniería?
—¿Consumimos famosos?
—Sí, todo el rato. Consumimos famosos, y hasta cierto punto nos consumen, y ellos nos impulsan a consumir. Uno de los aspectos que me interesó fue la idea de cómo el famoso te mete narrativas y le prestas muchísima atención. Pero esa atención no es gratis. A cambio, te mete en un estilo de vida, en una filosofía de vida, en unos valores, todo asociado al consumo. Esto es parte central de nuestro ocio porque son un complemento más del ocio consumista. Te impulsa a consumir un estilo de vida. Si se analiza, fíjate, todo está asociado al consumo: las casas, los vestidos de los niños, los coches, los viajes. Está todo el rato esa cháchara aspiracional y atractiva.
—Y está la soledad.
—Sí, lo comento en el libro. Las sociedades urbanas se definen por gente muy sola, y los famosos rellenan eso con relaciones parasociales, con sus historias. Para la gente que no tiene suficientes relaciones sociales, ellos establecen una. De ahí que los microfamosos, los de Internet, estén generando contenido cada poco, para que se establezca con ellos una relación afectiva más cercana, que puede ser beneficiosa en algunos casos, porque somos animales sociales.
—Los famosos compiten entre ellos.
—Hablo de casos extremos. Influencers que dedican trece o catorce horas a eso. Son esclavos, por mucho que ganen dinero, que son la minoría, por cierto. Pero son esclavos de unas empresas que les certifican unos resultados que no tienen certificación independiente. Es como si a ti te dicen: por escribir 300 palabras te pago tanto, pero yo establezco cuándo llegas a 300 palabras. Las visualizaciones en servicios de streaming, como redes sociales, son lo más opaco del mundo. Lo que pasa es que nadie levanta la voz y, como no hay sindicatos de youtubers, porque son así, a lo mejor son millón y medio de visualizaciones, pero a lo mejor son dos, pero da igual, porque ellos están tan felices en ese sistema, haciendo trece horas de contenido hasta que, de pronto, se dan cuenta de que, por llevar su vida en términos económicos, como la canción de Víctor Manuel, queman su vida. Pobre de aquel famoso, por el coste psicológico que eso tiene.
—Habla de las enfermedades que hay detrás de la fama.
—Es muy duro mantener una intimidad a ojos del público, porque la intimidad es privada. Crear una sensación de intimidad sin que tú asimiles que esa es tu intimidad real es complicado, porque la gente quiere la verdad, quiere saberlo todo de ti, quiere un trocito de ti, y ese trocito cuesta muchos disgustos, porque el famoso no se da cuenta de que está representando. Lo que está enseñando en redes es una representación. No hay ningún famoso que lo que muestre en redes sea verdad.
—Es un teatro de la vida.
—Un teatro de la vida condicionado por las redes sociales y una sociedad que cada vez pide más autenticidad al famoso, que no le basta, digamos, con los famosos que trabajan, sino que necesitan saber cómo son. De hecho, hay famosos que solo se dedican a exponer, entre comillas, cómo son. Y eso es un teatro de la vida, que hay que tener muy claro que así es, que está condicionado desde y por la tecnología, y que dice: «Pon emoticonos, pon tal…». Eso es un artificio que la gente consume y que cree que conoce literalmente a la persona.
—Luego están las enfermedades y la gente que expone sus enfermedades.
—Eso es una narrativa que funciona mucho, la de la superación, superar una enfermedad, como si tú, de pronto, con tu fuerza, superas una enfermedad, cuando se supera siempre gracias a la medicina. Es la narrativa del hombre hecho a sí mismo, de la redención, que es muy potente en estos días, tanto en política como en esto. Me refiero a la narrativa de la víctima. La víctima es uno de los protagonistas de esta sociedad. El victimismo es tremendo. Funciona muy bien con la audiencia. Los famosos viven de la audiencia y de parecer humanos, y nada te hace más humano que contar que has superado una enfermedad y que sigues luchando. Luego, claro, hay famosos que, con su historia de superación, pueden servir como consuelo a otra gente, pero de la misma manera que existe eso, también hay historias de victimismo.
—¿Habría que volver a la fama de la autoridad?
—Deberíamos recuperar a los que tienen méritos y han hecho algo. No soy relativista y creo que hay logros asombrosos en ciencia y en literatura que se deberían poner en su justa medida. Lo que está ocurriendo con las figuras públicas excede la crítica y va desde el cinismo hasta el insulto. Pero eso que plantea no va a ocurrir porque hay unas herramientas tecnológicas que marcan el cómo, y el cómo de esas herramientas es el desmerecer la autoridad. Eso no fomenta una especie de democracia falsa en la que todos somos iguales. Vivimos una sociedad de atención al cliente donde se nos hace creer que no existen las clases sociales… Veo complejo ese regreso, porque la maquinaria tecnológica no va de eso, va de lo contrario. La sociedad en la que vivimos, ese tipo de autoridad que dice, no se valora. Y va a ser muy difícil de cambiar porque, al ser una sociedad tan presentista, ha derruido la memoria. La gente cree que está escribiendo grandes hits musicales y solo está reescribiendo la música latinoamericana de los 70. Los referentes no van más allá de ayer.
—Los famosos crean necesidades.
—Mucha gente no se ha dado cuenta de eso, que están creando una necesidad. Los famosos, aparte de ser una herramienta de consumo, tienen, porque son herramientas de consumo, que ser aspiracionales, pero ten cuidado con la distancia que hay entre la realidad y tus sueños. Es otro mito muy instalado: cumple tus sueños. Igual habría que cumplir más tus realidades que tus sueños. Lo de los sueños es una idea vomitiva. Una persona de una barriada y otro de la calle Serrano pueden soñar lo mismo: estar en Málaga tomando un mojito. Pero creo que el de la calle Serrano llega a Málaga en avión y el otro, si llega, llega a San Sebastián de los Reyes. Cuidado con los sueños. Hay que tener los pies en el suelo. El libro trata de mostrar los entresijos de la fama y poner una piedrita para aferrarte al suelo. En lugar de aspirar a vivir en la casa de Sergio Ramos, puedes aspirar a, como Sergio Ramos, estar contento con tu trabajo. Siempre hay que escoger las trazas más posibles. Y no estoy diciendo que haya que ser conformista. Para nada. Se trata de ser realista frente a las chácharas falsas que nos están vendiendo.
—¿Hay famosos beneficiosos y famosos que son perjudiciales?
—Sin ninguna duda. Hay famosos que venden unos valores que pueden ser interesantes para tus hijos, y otros no. De ahí que estudies al famoso en cuestión que ve tu hijo al igual que estudias a sus amigos. Estamos preocupados por con quién anda mi niño, quiénes son los padres del niño, quién es la tía, a dónde van, y no prestamos atención a las relaciones parasociales del chaval, las relaciones que establece con sus modelos. Ahora las niñas están obsesionadas con las guerreras K-pop. Las preguntas son: «¿Has visto la película? ¿Te has sentado hora y media?». Pues siéntate y mira la película, a ver qué dice, y entiende qué significa que tu hija establezca una relación parasocial con tres dibujos animados. ¿Y qué son esos tres dibujos animados? ¿Quién controla esos tres dibujos animados? ¿Qué representan? Si te sale bien el examen, pues bien; si te sale regular, pues regular, pero si te sale mal, cojones… Si miras lo que come o te cuidas de que no fume, ¿por qué no miras si son beneficiosas las relaciones parasociales?








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