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Esta habitación imposible de comer, de Nicol Hochholczerová

Esta habitación imposible de comer, de Nicol Hochholczerová

Esta es la historia de una niña de doce años y de su profesor de cincuenta. Del resto, solo cabe decir que, cuando este libro se publicó en Eslovaquia, la empresa patrocinadora del premio Anasoft Litera se negó a distribuirlo por los institutos, alegando que su contenido era inapropiado para menores.

En Zenda publicamos las primeras páginas de Esta habitación imposible de comer (La Caja Books), de Nicol Hochholczerová.

***

Alguien le arranca el pelo a Ivan, alguien invisible. Ivan los recoge uno a uno, le cuesta encontrarlos, cabellos blancos sobre la sábana blanca, y uno a uno los echa sobre la fruta que se pudre en la papelera. Piensa en su hija y en cómo rompía los regalos que le hacía, en él recogiendo los pedazos uno a uno y guardándolos en un cajón mientras ella lloraba en su cuarto. Recuerda cómo se hartó de llorar también cuando murió Freddie Mercury, Ivan la abrazó hasta que se durmió, se alegraba de que alguien hubiera muerto, de tener la oportunidad de ser un buen padre, también sintió esa alegría en el funeral de la madre, abrazaba a su única hija, y se alegraba de que hubiera vuelto a casa al menos unos días, después de irse sacaba su pelo del desagüe del baño y se alegraba cuando se le enredaba en los dedos y se alegraba cuando apenas se lo podía despegar para tirarlo, lástima que los hijos no sean pelos mojados, que se despeguen tan fácilmente.

Ivan vive de alquiler en un piso barato, por el día enseña a niños a dibujar y por la noche sueña con la música que hacía que su hija gritara papá, baja el volumen; y cuando se despierta y da la vuelta a la almohada empapada en sudor, descubre que debajo hacen tictac unos relojes, un nido de relojes arrastrándose como serpientes. Odia el tictac de los relojes y ahora los tiene justo debajo de su almohada, uno sisea y se enrolla como un ovillo de lana, levanta la correa para que pueda salir un huevo y del huevo nace un reloj infantil, que repta alegremente y hace tictac. ¡Mierda!, maldice Ivan, y tira el reloj a la basura, con la fruta podrida, pero el montón de relojes no disminuye. Ivan se mete en el armario y se sienta sobre una pila de vaqueros. De joven habría matado por unos vaqueros, habría matado por un poco de silencio, pero los relojes siguen haciendo tictac, se oyen incluso desde allí, como si se arrastraran hacia el armario, y mientras los pelos se le caen en el regazo.

*

Mi habitación no se puede comer. Mis uñas tampoco, solo se pueden morder.

Cuando llego del colegio, me las muerdo y lloro, porque me han gritado fea lesbiana, aunque sin motivo, total, todas las chicas han aprendido a besarse con otras chicas, pero ser fea es peor, porque las otras chicas no lo son. También me gritan empollona, pero es que yo nunca he tenido que estudiar, lo recuerdo todo. Mi abuelo dice que para ser una chica tengo demasiadas neuronas y hasta me trata como si fuera un chico, me hace armas e incluso me enseñó a comer sangre cocida. La sangre cocida es más fácil de comer que mi habitación, más que comerme a mí misma, de las cutículas a las orejas, que, según dicen en el colegio, son grandes como las de Dumbo. Podría escribir sobre todo eso, pero no lo haré, porque en el concurso literario nos dijeron que escribir sobre el acoso escolar no es muy original, que sobre eso escribe todo el mundo, así que no lo haré, además un miembro del jurado me dijo una vez leí un libro que empezaba con la siguiente frase: «Por la mañana me levanté y me corté las venas», justo así es como me sentí al leer tu historia.

*

Por la mañana me desperté y me corté un trozo de habitación, pero no se podía comer, se me cayó el último diente de leche y rodó debajo de la cama. Por la mañana me desperté y me corté un trozo de habitación, y luego otro trozo de las clases; por suerte, mi abuelo me enseñó a cortar leña con un hacha, aunque solo trozos pequeños y con un hacha pequeña. Pero el colegio tampoco se podía comer, solo la máquina de la cafetería soltó un montón de regalices con sabor a sandía y fresa y nata, y Silvia, mi única amiga aparte de mi abuelo y Rumoš, vino corriendo del gimnasio, me tapó la cabeza y lanzó una mirada asesina a los que hacían que quisiera cortarme todo, y luego me lanzó una mirada asesina a mí mientras se comía un regaliz de sandía.

*

Desde que Rumoš murió, no tengo a nadie a quien darle la tabarra, hasta Silvia me dice cierra el pico y pedalea. Rumoš murió hace ya tiempo, primero llegó una postal del sanatorio, y luego mi abuelo mató a la cabra porque no había nadie que la cuidara, eso era tarea de Rumoš. Pero su tarea principal era escuchar mis peroratas, todo el mundo lo dice, Tereza habla por los codos, no se calla ni debajo del agua, y luego me dan un abrazo.

Y yo me acuerdo de todo, porque para ser chica tengo demasiadas neuronas, pero un día me callaré y no diré ni una palabra a nadie.

[…]

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Autora: Nicol Hochholczerová. Título: Esta habitación imposible de comer. Traducción: Mónica Sánchez Presa. Editorial: La Caja Books. Venta: Todos tus libros.

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