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Mascotismo, de Marta Vericat

Mascotismo, de Marta Vericat

Este ensayo pone en tela de juicio la idea de que adoptar un perro o un gato es, por sí mismo, un acto virtuoso, e invita a romper la ilusión de que tener una mascota nos convierte automáticamente en “mejores personas”.

En Zenda ofrecemos el primer capítulo de Mascotismo: Un debate sobre ética animal (Laetoli), de Marta Vericat.

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¿Debemos tener mascotas?

Convivo actualmente con dos gatos a los que adoro y considero unos seres excepcionales. Me fascina su agilidad, sus ojos, sus acciones intrépidas, sus sonidos y, sobre todo, su curiosidad inagotable. Y me gusta verlos cuando vuelvo a casa. Quienquiera que se sienta atraído por la belleza de los gatos y goce con su interacción, seguro que entiende esa sensación tan genuina y extraordinaria. Los gatos han sido mi fuente de inspiración y el motivo por el que tantas preguntas (¡miles!) a menudo me inquietan e incluso no me dejen dormir como quisiera.

He pasado mucho tiempo pensando que en nuestra relación con las mascotas todo estaba en orden si las personas amaban a los animales con los que convivían, porque lo importante y realmente significativo en las relaciones con los animales no humanos era el amor y el cuidado que se les dedica. Creía que el único problema grave que había en el hecho de tener mascotas era el maltrato físico directo, fuera por golpearles, por abusar de ellos sexualmente (zoofilia) o por no proporcionarles una buena atención.

¿Por qué iba a estar equivocada si desde los círculos animalistas que luchan por los derechos de los animales hacen la misma lectura de la realidad? Casi de manera unánime, el activismo animalista está enfocado en erradicar el número de abandonos, evitar las adopciones irresponsables y detectar y castigar situaciones de maltrato. Se dedican esfuerzos para conseguir más derechos legales para los animales de compañía, como el permiso para acceder a establecimientos o al transporte público. Todas estas reivindicaciones son muy honorables, pero la paradoja es la permanencia en un bucle infinito: el mascotismo genera abandono, y el abandono genera mascotismo a través de la adopción. El resto de los problemas éticos también se sitúa en este tipo de círculo vicioso en el que los animales son los más perjudicados.

No pensamos mucho en lo que puede haber de discutible en el hecho de tener mascotas porque no destinamos mucho tiempo al análisis riguroso de esta cuestión. Si lo hiciéramos, sería suficiente un poco de reflexión para darnos cuenta de que en casi cualquier ámbito del mundo animalista, las conversaciones sobre las mascotas acostumbran a ser superficiales y poco serias. A lo sumo, los militantes por los derechos de los animales hablamos (¡y nos indignamos!) por algunas de las consecuencias más brutales del mascotismo, pero en contadas ocasiones se pone a debate al hecho mismo de tener mascotas. El buenrrollismo general sobre esta cuestión ayuda a construir en la comunidad una mentalidad mascotista, y el hecho de cuestionarla a veces acaba siendo algo mal visto. Pero hace falta ir más allá de la cuestión de si podemos dar una buena vida a las mascotas individuales para plantearla no desde la pura buena voluntad, sino desde el ámbito de los derechos y de la dignidad de todos los seres vivos.

Interiorizamos desde la infancia el sistema de creencias a través del cual nos relacionamos con los animales. Construimos los fundamentos del vínculo que tenemos con ellos y aprendemos a clasificarlos como comida, como plaga, como depredadores y también como mascotas. Melanie Joy, en su obra Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas, explora muy bien el sistema de creencias que nos lleva a amar a unos animales y no a otros, a comernos a unos animales y no a otros, y a tratar bien a unos animales mientras a otros los consideramos un estorbo: “En función de la clasificación que les asignamos, nos relacionaremos con él de una manera o de otra: lo cazaremos, huiremos de él, lo exterminaremos, lo acariciaremos o nos lo comeremos”.

En mi caso, los relatos recurrentes sobre los vínculos de amor o amistad que establecemos con las mascotas dejaron de ser razones suficientes para justificarlo todo. Tenía sospechas de que este tipo de argumentos podían desactivar el pensamiento crítico y generar una cortina de humo que no permite ver la explotación. No he encontrado nunca el motivo por el cual haría falta descartar sin más el beneficio de la duda: ¿como estar seguros de que el amor sincero que sentimos hacia ellos no blanquea situaciones de explotación?

La familia, el colegio o la televisión nos enseñan que determinados animales, como el cerdo, la vaca y la gallina, son animales de granja, y que las ratas son seres inmundos y repugnantes (aunque cada vez más se están convirtiendo también en mascotas); y de la misma manera, nos dicen también que los perros y gatos son animales de familia. Como consecuencia de estos aprendizajes, que asumimos sin darnos cuenta, vamos elaborando nuestra forma supremacista humana de estar en el mundo que no nos permite mirar más allá de nuestro interés en convivir con ellos. En palabras de Marta Tafalla, “consideramos que deben vivir para nosotros, para que los niños tengan un compañero de juegos, para que los abuelos salgan a caminar cada día, para que presten compañía a los enfermos, para que nos regalen afecto y buen humor”.

Tenemos tendencia a considerar que el modo de vida mayoritario es un reflejo de valores universales, y por eso normalizamos este tipo de situaciones de explotación. En mi caso, nunca pensé en lo insípido y aburrido que puede resultarles la vida a los perros que habitan grandes ciudades, en las que gran parte de su existencia transcurre en el asfalto sucio, de árbol en árbol, olfateando gases que marean y llenando sus pulmones del humo de los tubos de escape, en lugar de seguir el rastro de una liebre en medio del campo; o en la realidad de muchos gatos que viven confinados, un día tras otro, en apartamentos minúsculos donde apenas les entra un rayo de luz por la ventana; gatos que nunca llegan a tener la simple experiencia vital de trepar a un árbol o correr por la hierba.

Lo que acabo de describir no son casos extremos ni minoritarios. Es la realidad cotidiana de millones de perros y gatos en todo el mundo, seres con capacidad de sentir que sufren como resultado de encontrarse atrapados en nuestro mundo humano, obligados a vivir a nuestra manera y forzados a adaptarse a nuestro estilo de vida y a nuestras manías y estándares culturales. Les negamos la expresión plena de sus impulsos naturales, y les reprimimos muchos de sus deseos, como hacer agujeros, hurgar en la basura o revolcarse en el fango.

Me propuse hacer un ejercicio de empatía radical que me permitiera ponerme en el lugar del otro para lograr una idea parcial o aproximada de la realidad de otros sujetos ontológicamente distintos. Un ejercicio nada fácil, aunque el esfuerzo sea descomunal porque, además de tener sus propias limitaciones, hay que vigilar en no suplantar su subjetividad, ya que nada ni nadie, más allá de nuestra arrogancia antropocéntrica, nos ha autorizado a ser su voz.

A partir de entonces me acechaban preguntas de este tipo: ¿Dé verdad un perro podría estar bien paseando atado tres veces al día por las calles de la ciudad, llevándolo al campo sólo una vez por semana con mucha suerte? ¿De verdad me podía creer que millones de gatos podían llevar una vida plena encerrados durante años en apartamentos o pisos, sin oportunidad de tener experiencias como la de correr sin que ninguna pared pueda detenerlos? ¿Acaso no es tremendamente necesario para una vida digna que todos los perros y gatos cuenten con unos entornos que estimulen sus sentidos y su curiosidad?

Estas dudas siempre me conducían a un camino largo y a menudo tormentoso, lleno de luces y sombras. Un camino solitario, sin señalizar, aparentemente intransitable. Daba unos pasos y luego volvía atrás, hasta que dejó de existir la posibilidad de retorno. A partir de entonces la intuición de que algo perturbador subyace en el mascotismo se me hacía cada vez más insoportable, como cuando una espina, sin estar clavada en la piel, te roza constantemente y te produce heridas. Esta sutil agonía, por así decirlo, fue mi sustrato enérgico para enfrentar este tema en toda su envergadura.

Cuestionar nuestra relación con los que, con un antropocentrismo obvio, denominamos animales de compañía, me ha producido un malestar desgarrador, porque supuso una ruptura con la forma que tenía de pensar (y de vivir) hasta entonces, y a menudo me he sentido en conflicto conmigo misma. Aunque muchas veces ha sido un tema que he querido esquivar por resultarme extremadamente incómodo, nunca le he querido dar la espalda. En algún momento aprendí que los problemas o los hechos no dejan de existir por dejar de pensar en ellos. Si de algo he quedado convencida también es de que la reflexión sobre la relación que mantenemos con las mascotas no puede escapar de la conocida máxima kantiana sapere aude (“atrévete a pensar”), siempre presente en mi compromiso con la filosofía. No es sencillo nadar a contracorriente de la tendencia social que defiende el mascotismo a ciegas (en su doble moral), y que al más mínimo comentario te etiqueten de cualquier cosa, excepto de ser una persona comprometida con la causa animal. Por otra parte, tampoco resulta fácil examinar y revisitar temas que involucran a nuestros sentimientos (¡a menudo muy íntimos!) de forma directa; pero es menester hacerlo si queremos que nuestra conducta coincida con nuestras convicciones, o si aspiramos a vivir en sintonía entre nuestra manera de obrar y los valores que estimamos deseables.

Cuestiones de esta naturaleza no tienen que situarse extramuros del análisis racional ni convertirse en un impedimento en el devenir filosófico. La teoría moral tiene que intentar abordarlas de la manera más desapasionada posible porque, más allá de apelar a lo subjetivo, se requieren buenos argumentos para sostener un razonamiento moral consistente. Tan importante es pensar en nuestras emociones y pasiones como permitir que lo que sentimos nos estimule el pensamiento crítico porque, como dice Val Plumwood, necesitamos criterios de racionalidad ecológica “fomentados al mismo tiempo sobre la racionalidad orgánica y sobre la racionalidad crítica”. La reflexión moral no puede claudicar por miedo a no encajar con las tendencias sociales o por no ser del agrado de (casi) todos, porque su finalidad nunca ha sido la de aliviarnos de los males del mundo, sino aportar suficiente lucidez para hacerlos pensables.

Quizá algunas personas se puedan ofender o sientan cierto fastidio con este tema que nos ocupa, pero en ningún caso la intención ha sido la de señalar a nadie, y menos aún hacer sentir mal de manera gratuita. El mascotismo tiene caras muy diversas, también las que revelan y demuestran con creces la parte compasiva y más noble de nuestra humanidad. Por todas estas luces y sombras, reflexionar sobre este dilema moral es una cuestión crucial.

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Autora: Marta Vericat. Título: Mascotismo: Un debate sobre ética animal. Editorial: Laetoli. Venta: Todos tus libros.

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