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La Guerra Civil y el fin de la fiesta

La Guerra Civil y el fin de la fiesta

En 1936 no terminó solamente una etapa literaria. Se deshizo una comunidad de amigos, revistas, imprentas, escenarios y proyectos que había convertido la cultura española en una conversación abierta con el mundo. La guerra dispersó a la Generación del 27 entre las fosas, el exilio, la censura y una supervivencia que nunca volvió a parecerse a la vida anterior.

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El 19 de abril de 1936, un grupo de escritores se reunió en Madrid para celebrar la aparición de La realidad y el deseo, el libro en el que Luis Cernuda había ordenado por primera vez su obra poética. En la fotografía del homenaje aparecen Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Pablo Neruda, José Bergamín, María Teresa León y el propio Cernuda. Todavía podían sentarse alrededor de una mesa sin saber que aquella imagen estaba a punto de convertirse en documento histórico. Concha Méndez recordaría otra reunión celebrada pocos días después en su casa, con Lorca, Alberti, Aleixandre, Neruda, Miguel Hernández y Manuel Altolaguirre. En su memoria quedó como la última cena de los jóvenes poetas antes de la guerra. El recuerdo comprimía los meses que aún faltaban para el golpe de Estado, pero acertaba en lo esencial: aquella primavera fue la última en que el grupo pudo contemplarse sin saber que cada nombre iba a señalar muy pronto un destino distinto.

La fiesta a la que puso fin la Guerra Civil no fue una frivolidad de escritores que recitaban versos mientras España ardía. Fue una forma de vida cultural. Durante los años veinte y treinta, la poesía había salido de los libros para mezclarse con el teatro, el cine, la música, la pintura, las revistas, las conferencias y los proyectos pedagógicos. Lorca llevaba con La Barraca el teatro clásico a los pueblos; Alberti escribía sobre los cómicos del cine mudo; Buñuel filmaba; Dalí convertía la provocación en estética; María Teresa León organizaba, editaba y escribía; Concha Méndez imprimía libros; Maruja Mallo hacía de su presencia una insurrección; Josefina de la Torre pasaba del poema al escenario y al estudio cinematográfico. La generación era menos una lista de autores que una circulación de energías. La guerra no interrumpió una diversión: destruyó las condiciones que habían hecho posible aquella libertad.

"La Generación del 27 nunca había sido un partido. Bajo una sensibilidad artística compartida convivían republicanos, comunistas, liberales, católicos, conservadores, monárquicos y escépticos"

Conviene recordarlo para no caer en una de las trampas del relato posterior: considerar la tragedia como una culminación estética. La guerra no hizo más grandes a aquellos escritores. Los mutiló. El asesinato de Lorca no mejoró retrospectivamente su obra; impidió que escribiera la siguiente. El exilio de Cernuda no fue una oportunidad pintoresca para conocer otros paisajes, sino una herida material, afectiva y literaria. La historia cultural española ha tendido a embellecer sus catástrofes porque resulta más soportable admirar una leyenda que calcular todo lo perdido.

El golpe militar sorprendió a Lorca en Granada. Se refugió en casa de la familia Rosales, vinculada a Falange, quizá confiando todavía en que la amistad privada pudiera protegerlo de la violencia política. Fue detenido el 16 de agosto y asesinado en la madrugada del 17 o del 18 en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Su cuerpo continúa desaparecido. Tenía treinta y ocho años y acababa de terminar La casa de Bernarda Alba. Con él desapareció una figura capaz de unir tradición popular y vanguardia, éxito público y experimentación, poesía y teatro, folclore y surrealismo. Pocos días después fue fusilado en Málaga José María Hinojosa, una de las figuras tempranas del surrealismo español, junto a su padre, su hermano y un primo. Lorca murió a manos de los sublevados; Hinojosa, a manos de milicianos de la retaguardia republicana. Reconocer ambas muertes no exige fabricar una falsa equivalencia ni olvidar que la guerra comenzó con una insurrección contra la legalidad republicana. Exige negarse a convertir a los muertos en propiedad de un solo relato.

"La primera publicación de la elegía de Cernuda a Lorca apareció recortada porque algunos versos relacionaban su muerte con la hostilidad hacia la diferencia y aludían, sin suficiente disimulo, a su homosexualidad"

La Generación del 27 nunca había sido un partido. Bajo una sensibilidad artística compartida convivían republicanos, comunistas, liberales, católicos, conservadores, monárquicos y escépticos. La guerra sustituyó esa complejidad por identificaciones mucho más estrechas. Una parte importante del grupo se comprometió con la República. Alberti y María Teresa León organizaron actos, escribieron y protegieron obras de arte; Miguel Hernández recorrió los frentes; Cernuda colaboró en emisiones radiofónicas, se incorporó al Batallón Alpino y participó en Hora de España, junto a María Zambrano, Rafael Dieste, Juan Gil-Albert, Ramón Gaya y Manuel Altolaguirre. Pero tampoco conviene idealizar la resistencia cultural: incluso en el campo republicano hubo controles y censuras. La primera publicación de la elegía de Cernuda a Lorca apareció recortada porque algunos versos relacionaban su muerte con la hostilidad hacia la diferencia y aludían, sin suficiente disimulo, a su homosexualidad. La guerra necesitaba héroes administrables; Cernuda se resistía a entregar un Lorca corregido para la ocasión.

Cuando la derrota republicana se hizo inevitable, la generación se convirtió en un mapa. Cernuda pasó por Gran Bretaña y Estados Unidos antes de instalarse en México; Salinas y Guillén enseñaron en universidades norteamericanas; Alberti y María Teresa León vivieron en Francia, Argentina e Italia; Altolaguirre y Concha Méndez continuaron en Londres, La Habana y México su trabajo editorial; Emilio Prados permaneció en México; María Zambrano atravesó varios países de Europa y América; Maruja Mallo vivió durante décadas en Argentina; Buñuel construyó en México una parte fundamental de su obra cinematográfica. Enumerar países puede producir una engañosa impresión de cosmopolitismo. El exilio significaba buscar trabajo, obtener visados, depender de invitaciones, abandonar bibliotecas y recibir noticias de familiares presos, muertos o empobrecidos. Para muchos, la patria dejó de ser un territorio al que regresar y se convirtió en una discusión interminable con la memoria.

"En 1944, Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Aleixandre, ya no podían reconstruir la alegría vanguardista de los años veinte: la guerra había pasado de las trincheras al lenguaje"

Aquellos exiliados, sin embargo, no se limitaron a conservar una cultura extinguida. Fundaron colegios, editoriales y revistas; tradujeron, impartieron clases y participaron en la vida intelectual de los países de acogida. España perdió una parte decisiva de su inteligencia, mientras México, Argentina, Cuba, Puerto Rico o Estados Unidos recibían conocimientos, métodos pedagógicos y redes culturales. La dictadura llamó ausencia a lo que había sido una amputación.

Para las mujeres, el exilio fue con frecuencia doble. Perdieron el país y después perdieron, dentro de la memoria cultural, la autoría de sus propias vidas. María Teresa León quedó reducida durante años a compañera de Alberti; Concha Méndez, a esposa de Altolaguirre; Ernestina de Champourcin, a presencia secundaria; Maruja Mallo, a personaje extravagante. Cuando España empezó a reconstruir el canon del exilio, los hombres recuperaron antes sus nombres. Ellas fueron expulsadas del país y parcialmente expulsadas también del relato de la expulsión.

Quienes permanecieron en España tampoco compartieron un destino único. Vicente Aleixandre padeció censura y silencio oficial, pero convirtió su casa de Velintonia en lugar de encuentro para los poetas jóvenes. Dámaso Alonso asumió responsabilidades académicas; Gerardo Diego continuó su carrera en el nuevo orden; Luis Rosales vivió bajo el peso de haber acogido a Lorca sin poder impedir su detención. Permanecer podía significar adhesión, miedo, prudencia, censura, acomodo o protección de otros, y cada biografía exige una lectura propia. La poesía escrita dentro del país cambió de temperatura. En 1944, Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Aleixandre, ya no podían reconstruir la alegría vanguardista de los años veinte: la guerra había pasado de las trincheras al lenguaje.

"Mientras sus integrantes estaban juntos habían formado una red móvil, contradictoria y abierta. Una vez dispersos, la crítica necesitó ordenarlos, elegir nombres y construir una fotografía reconocible"

También desaparecieron los lugares donde la generación había aprendido a serlo. La Residencia de Estudiantes fue ocupada durante la guerra y convertida en hospital; la Junta para Ampliación de Estudios fue disuelta en 1939; La Barraca dejó de recorrer los caminos; las revistas desaparecieron o continuaron en el exilio; las imprentas cambiaron de manos; el Lyceum Club Femenino fue clausurado. No se destruyeron únicamente unas obras: se desmanteló la ecología que permitía producirlas. Después de 1939 aún hubo libros extraordinarios, pero ya no hubo una vida común.

Paradójicamente, fue entonces cuando el 27 comenzó a convertirse de verdad en «generación». Mientras sus integrantes estaban juntos habían formado una red móvil, contradictoria y abierta. Una vez dispersos, la crítica necesitó ordenarlos, elegir nombres y construir una fotografía reconocible. El asesinato de Lorca proporcionó un mártir; el Nobel de Aleixandre, una consagración; los regresos de los exiliados, ceremonias de reconciliación; las antologías escolares, una lista estable. Cada operación de memoria produjo también olvidos: quedaron fuera mujeres, humoristas, cineastas, músicos, editores y cuantos no encajaban en la narración elegida.

"En eso consiste el verdadero final de la fiesta: no en que cesara la música, sino en que quienes la habían creado dejaron de poder escucharla juntos"

La guerra terminó la fiesta porque hizo imposible la mezcla. Separó la poesía de la vida cotidiana, el teatro del camino, la cultura popular de la experimentación, los amigos de los amigos y a España de una parte de su propia modernidad. No deberíamos admirar al 27 porque la guerra lo hizo trágico, sino lamentar todo lo que la tragedia impidió: más libros de Lorca, más películas, revistas, obras teatrales, voces femeninas desarrolladas sin interrupción, más discusiones, fracasos, contradicciones y vida.

La última reunión no terminó cuando alguien apagó las luces o cerró una puerta. Terminó cuando la historia hizo imposible que aquella mesa volviera a componerse. Desde entonces, la Generación del 27 continuó como una conversación quebrada: un poeta enterrado en un lugar desconocido, otro cruzando estaciones extranjeras, una impresora rehaciendo su taller en México, una filósofa escribiendo para sobrevivir, un amigo censurado en Madrid y una fotografía en la que todos parecen ignorar todavía lo que nosotros sabemos. En eso consiste el verdadero final de la fiesta: no en que cesara la música, sino en que quienes la habían creado dejaron de poder escucharla juntos.

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Bibliografía básica

Aznar Soler, Manuel, ed., El exilio literario español de 1939.

Cernuda, Luis, La realidad y el deseo y «Historial de un libro».

Gibson, Ian, Federico García Lorca.

Gracia, Jordi, La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España.

León, María Teresa, Memoria de la melancolía.

Mainer, José-Carlos, La Edad de Plata (1902-1939). Ensayo de interpretación de un proceso cultural.

Méndez, Concha, Memorias habladas, memorias armadas, edición de Paloma Ulacia Altolaguirre.

Ribagorda, Álvaro, «Los intelectuales de la Residencia de Estudiantes en el exilio».

Rivero Taravillo, Antonio, Luis Cernuda. Años españoles y Luis Cernuda. Años de exilio.

Zambrano, María, Los intelectuales en el drama de España.

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