Inicio > Historia > 1936 día a día > 30 de septiembre de 1936: Muerte de Habana

30 de septiembre de 1936: Muerte de Habana

30 de septiembre de 1936: Muerte de Habana

Miércoles, 30 de septiembre de 1936: Muerte de Habana

¿Es ese el animal?

—Sí.

Pepe Mañas acababa de salir con los dos hombres del almacén ya cerrado donde él y madre los habían recibido. El carnicero era el empleado del hospital de Carabanchel que había decapitado al general López de Ochoa el mes pasado. Él y su hijo, igual de grueso y carrilludo, llevaban puesto un delantal y traían sus cuchillos.

En un principio se ofrecieron a llevar el animal a los mataderos del paseo de la Chopera, pero Pepe se negó rotundamente. Al final acordaron hacer el despiece en el establo, donde echaron unas sábanas por el suelo. El carnicero se llevaría, como pago, una parte.

"Aquellos grandes ojos oscuros le traían a la memoria a su padre muerto, tan apegado a su yegua. No en balde había servido en un regimiento de Caballería"

—Es bonita, ¿qué edad tiene?

—Quince años.

El animal resopló nervioso. Desde que se llevaron a su dueño andaba inquieta. Notaba su ausencia. Luis Mañas era quien la había montado y, cuando ya no fue posible sacarla a campo abierto, permanecía cerca de ella mientras trabajaba la huerta detrás de casa. Allí la dejaba suelta, que pastara. O la montaba en el pequeño terreno un rato para que se desfogara. La desaparición del otro caballo, Moreno, un par de días atrás durante la noche, tampoco ayudaba. Pepe se preguntó cómo habían hecho los ladrones para no despertarlos, y también por qué dejaron a la yegua. A lo mejor se había mostrado menos mansa.

—Tranquila, Habana —musitó.

Le acarició la cabeza. Pasó su mano entre las crines. Aquellos grandes ojos oscuros le traían a la memoria a su padre muerto, tan apegado a su yegua. No en balde había servido en un regimiento de Caballería y, cuando se licenció, se entretenía ocupándose de los caballos.

De repente recordó que padre estaba cambiando las herraduras a Habana cuando le anunció que quería estudiar Derecho. Ahora le pasaba mucho. El sillón vacío, la ropa, los zapatos, todo recordaba su ausencia. A la incredulidad primera le sucedía una rabia sorda, una melancolía acuciante. «Los abogados tratan con gente que roba, engaña o mata, y tarde o temprano tendrás que mentir para defenderlos. A mí no me gusta que mi hijo lleve esa vida». Eso había dicho, y no sirvió de nada explicar que el abogado también podía defender a inocentes, a los acusados injustamente.

Padre se había resignado, pero nunca comprendió su vocación. Él hubiera preferido que fuera militar o médico. De poco había servido, de todas maneras. Al final las circunstancias lo llevaron a opositar a funcionario de un Estado en descomposición. Pero en fin, pensó, espantando el recuerdo.

—Tranquila, Habana. Tranquila, bonita.

La llevó hasta la manta en el suelo.

—¿Prefieres que lo hagamos nosotros?

—No, lo tengo que hacer yo.

Pepe Mañas sacó de su bolsillo la pistola de su padre. La amartilló. Sin dejar de acariciar al animal con la mano libre, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Al poco, posó el cañón entre los dos ojos y apretó el gatillo.

Más tarde supo que ese mismo día Franco era nombrado Generalísimo de todos los ejércitos por los sublevados. Por alguna razón, los dos hechos quedaron vinculados en su memoria.

Todas las entradas de 1936 día a día

Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

4.6/5 (12 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios