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Andrés Carranque de Ríos, el comparsa con los ojos bien abiertos

Andrés Carranque de Ríos, el comparsa con los ojos bien abiertos

Para Andrés Carranque de Ríos hubo tanto olvido que no hizo falta perdón: nadie se acordaba de él cuando llegaron los verdugos que ajustaban las cuentas con las armas en la mano. De no haber muerto en la guerra, el seis de octubre de 1936, durante uno de los primeros bombardeos de Madrid, pero de un cáncer de estómago, a buen seguro que cualquiera de las cuadrillas de asesinos que actuaban en la retaguardia se le hubiese llevado a uno de esos paseos sin regreso. Anarquista confeso, y convicto en varias ocasiones, los perversos torturadores del Servicio de Inteligencia Militar de la República de Trabajadores de Todas Clases —el funesto SIM mamporrero de Stalin—, o cualquiera de los chequistas afectos al marxismo, hubieran hecho de este escritor, actor fílmico y periodista uno de esos cadáveres sin identificar que, a la mañana siguiente, al anochecer que se llevaron al infeliz vivo, aunque muerto de miedo, aparecían salvajemente lacerados en la pradera de San Isidro. Y si no, ya al paso alegre de la paz, los vencedores de aquel infierno le hubieran fusilado con las mismas que se pasó por las armas al poeta Pedro Luis de Gálvez, un clásico de la bohemia histórica de mi ciudad, la de antes de la guerra, la de los muertos de hambre.

Anarquista como este último, Carranque de Ríos fue preso por primera vez cuando sólo contaba quince años. Su crimen de entonces: asaltar las tiendas de comestibles de la calle de Embajadores durante una huelga que ensombreció las fiestas de La Paloma —en torno al quince de agosto— del verano de 1917. En realidad, pasó hambre y demás privaciones hasta que una mujer misteriosa, a la que siempre se refirió como Ena —para no comprometerla, como hacía la gente de ley pretérita—, le tomó bajo su protección, dándole techo, comida e incluso un domicilio madrileño para recibir allí al surrealista francés de primera hora René Crevel. Este último fue el introductor del madrileño en aquella vanguardia parisina. Y Carranque traspasó sus puertas con mucho más agrado que las de la prisión de la Santé, cuyas sombras también habrían de guardarle en la Ciudad de la Luz.

"Extra o actor de reparto en numerosos filmes de la encrucijada que llevó a la pantalla autóctona de las postrimerías del silente a los albores del sonoro, el cine fue un factor determinante en su literatura"

Albañil, aprendiz de ebanista, modelo en la escuela de Bellas Artes, mánager de un hermano que quiso ser boxeador… Carranque tuvo tantos empleos como suelen tener los desempleados de larga duración. “Marinero en Amberes, hombre galante en París, y en España presidiario, hay en mi mente una sensación de cúpulas y arquitecturas que me introducen en un país fantástico, en una perpetua embriaguez”, escribe en Palabras, el poema en prosa que abre Nómada, una colección de versos que publica en 1923.

Andrés Carranque de Ríos nació en el Madrid de El Rastro —en la calle Mira el Río— en 1902. Hijo de un portero del matadero y de familia numerosa, su formación fue poco más que nula. Hasta que, en una de las muchas veces que acabó en el trullo, estando confinado en la antigua cárcel modelo de Madrid, descubre en la biblioteca del talego su auténtica vocación. Lee más de un libro al día. De ese desaforado afán de lectura a la escritura apenas hay un pequeño paso, que Carranque no tarda en dar. Y el cine, aunque pueda parecer que solo le toca tangencialmente, fue un asunto fundamental en su obra y en su vida.

Extra o actor de reparto en numerosos filmes de la encrucijada que llevó a la pantalla autóctona de las postrimerías del silente a los albores del sonoro, el cine fue un factor determinante en su literatura. “En su intento de destrucción de los convencionalismos de cualquier orden, llega a la puesta en cuestión y aniquilamiento de los esquemas clásicos”, defendió José Luis Fortea en la introducción a una mesa redonda dedicada a Carranque en el campus de El Escorial de la Complutense en agosto del año 90. “Para dar máxima rapidez al relato, va a explorar nuevas pistas, introduciendo en la narración novelesca —como lo había hecho Dos Passos— las nuevas técnicas cinematográficas que él había conocido durante el rodaje de las muchas películas en las que intervino como comparsa o actor”. La obra de Andrés Carranque de Ríos, continúa Fortea, “narrativamente, se halla a medio camino de la novela y el guion cinematográfico”.

"Ese mismo año 27, Carranque se puso a las órdenes, como mero comparsa, de alguien radicalmente opuesto al universo libertario: Carlos Fernández Cuenca"

Cansado de emplearse como albañil y demás trabajos precarios, un día, al salir de la obra, decidió ir a poner “poses” frente al café donde se reunía “la peña de cineastas”. Uno de aquellos supuestos realizadores le dijo que se dejase “melenas” para hacer de paje en un una pretendida versión de El estudiante de Salamanca, sobre el poema narrativo así titulado, publicado por Espronceda en 1840. Aunque aquello fue uno de los innumerables proyectos de los innumerables supuestos cineastas que nunca llegan a ponerse en marcha, sí que, finalmente, en el año 27, el escritor se inició en el cine como uno de los intérpretes del reparto de Al Hollywood madrileño, de Nemesio M. Sobrevila. Cinta mítica, tan mítica como su realizador, no ha llegado hasta nosotros copia alguna, si bien sabemos, por la literatura que inspiró en su día, que se trataba de un filme surrealista, que organizaba su discurso en torno a siete episodios, todos ellos en tono sarcástico, alusivos a otros tantos géneros estilados en el Hollywood californiano. Y allí estaba Carranque, protagonizando uno de aquellos fragmentos. El escritor anarquista se inicia como actor en el reparto de una cinta llamada a ser un mito, pero también a ser señalada por el estigma.

“En el cine parece que me hallo en un mar sin orillas, algo enorme, en donde creo que haré cosas interesantes. Estoy muy contento con esta nueva profesión. A últimos de diciembre firmaré un contrato con una de las casas más importante de España”, declara en una entrevista concedida a La pantalla, una de las revistas de cine mas destacadas de su tiempo.

Ese mismo año 27, Carranque se puso a las órdenes, como mero comparsa, de alguien radicalmente opuesto al universo libertario: Carlos Fernández Cuenca. Futuro colaborador de Acción Española —asociación que abogará por la restauración monárquica durante la República— así como fundador de la Filmoteca Nacional y director de la Escuela Oficial de Cine en el franquismo, Fernández Cuenca cuenta en Es mi hombre (1928) con un guion de Enrique Jardiel Poncela y él mismo. Se trata de la adaptación de una tragicomedia de Carlos Arniches en la que el anarquista desempeña un personaje episódico.

No es ése el caso de La del soto del Parral (1928). Adaptación silente, luego asaz curiosa, de la zarzuela homónima de Anselmo Carreño y Sevilla estrenada el año anterior en el Teatro de La Latina. En sus secuencias, Carranque recrea a un chófer.

"En aquel rodaje, Carranque de Ríos debió de creerse que participaba en la filmación de la leyenda de un vecino de El Rastro, como lo era él mismo"

Después llegaron cintas como Miguelón o el último contrabandista (Adolfo Aznar, 1933), su primera y única película sonora, y El héroe de Cascorro (Emilio Bautista, 1929). Aunque silente, esta última fue prohibida por la dictadura de Primo de Rivera y no pudo estrenarse hasta el advenimiento de la República de Trabajadores de Todas Clases que, sin embargo, reprimía los levantamientos anarquistas sin heridos y sin prisioneros, con esos “tiros a la barriga” que ordenó Manuel Azaña en Casas Viejas (1933). En El héroe de Cascorro, el proscrito de Mira el Río interpretaba a un compañero de Eloy Gonzálo —el hospiciano madrileño muerto como un valiente en la guerra de Cuba— en la defensa del fuerte Camagüey. En aquel rodaje, Carranque de Ríos debió de creerse que participaba en la filmación de la leyenda de un vecino de El Rastro, como lo era él mismo.

Maldito entre los malditos, si hubiera que asignar un lugar a Andrés Carranque de Ríos en la historia de la literatura, ése sería, sin duda alguna, el de epígono pobre de la Edad de Plata. En la del cine español, su experiencia podría inspirar el lema de un epígrafe: el comparsa con los ojos bien abiertos.

Nacido el mismo año que Alberti y Cernuda —sólo cuatro después que García Lorca y Aleixandre—, Carranque de Ríos no pisó, ni por asomo, la Residencia de Estudiantes. Siendo como era un paria al gusto de los señoritos, que desde las confortables aulas de tan docta casa quisieron redimir al proletariado con esa revolución soviética que descubrieron desde el surrealismo, a Carranque de los Ríos le fue negado hasta ese dudoso mérito de no ser más que un seguidor de los exquisitos, uno más de los que quisieron renovar la ética, con el mismo ímpetu que García Lorca y su capilla —como dice José Luis Fortea— impulsaron la nueva estética.

Así pues, ya que parece ser inevitable que puestos a hablar de los pobres que escribieron a la zaga de los grandes del 27 se cite única y exclusivamente a Ramón J. Sender y Arturo Barea, el gran Andrés Carranque de Ríos ocupa un lugar privilegiado entre nuestros malditos dilectos.

"Cinematógrafo viene a dar noticia de cómo la incipiente industria del cine español es pasto de un puñado de explotadores, vividores y sinvergüenzas sin escrúpulos"

Primogénito de una familia miserable afincada en El Rastro madrileño, el futuro escritor desempeñó los más variados oficios: modelo de la Escuela de Bellas Artes, aprendiz de carpintero, descargador de muelles, mendigo en Amberes y París, periodista y extra en diversas producciones cinematográficas. Conoce a Baroja durante el rodaje de una adaptación de Zalacaín el aventurero realizada por Francisco Camacho en 1929. Y don Pío —quien, por cierto, aborrecía el cine, como la mayoría de las plumas del 98— le prologa Uno (1934), su primera novela. En dicha introducción el escritor donostiarra apunta: “Carranque de Ríos ha sido ladrillero y albañil, ebanista y barnizador de muebles, ceramista y fogonero de barco. Nosotros le hemos conocido en un avatar de cineasta (…). No es un hombre implacable ni capaz de ningún atentado (…). No le hemos encontrado implacable más que en la fonda de Behovia cuando, en compañía de otros peliculeros y peliculeras, se dedicaba al salmón y a la lubina (…). Cansado del cine y de sus bambalinas, entra con este libro en la literatura, y entra con garbo y con prestancia”.

Desde los poemas de Nómada, Carranque había publicado varios cuentos en la prensa de la época. Ninguna de estas publicaciones le salvará de la prisión cuando es confinado en ella a consecuencia de la fundación del grupo anarquista Spartacus. “He recorrido muchas cárceles”, afirma el protagonista de Uno en una clara alusión autobiográfica del autor.

"La obra que deja tras de sí, siempre crítica con el orden establecido, es uno de los mejores testimonios de su época. Pero, quizás por serlo, está condenada inexorablemente al olvido"

Sin llegar nunca a liberar a los esclavos, pero avalado por el aplauso que la crítica dispensa a Uno —para Pedro Salinas, Carranque es uno de los mejores autores de su tiempo—, nuestro escritor sigue publicando ficciones que obedecen a un único fin: la reproducción brutal de la realidad. Así aparecen La vida difícil (1935) y Cinematógrafo (1936), su obra maestra, calificada por Antonio Muñoz Molina, en un prólogo que dedicara a una de sus últimas ediciones, como “una novela que guarda muchas posibilidades de gustosa lectura para quien se decide a transitar galdosiana o barojianamente por los lugares y las vidas que retrata”. Cinematógrafo viene a dar noticia de cómo la incipiente industria del cine español es pasto de un puñado de explotadores, vividores y sinvergüenzas sin escrúpulos, siempre prestos a defraudar los anhelos artísticos de los más desdichados. El cine, en fin, sólo es una disculpa para retratar el Madrid anterior a la guerra.

Meses después de la publicación de Cinematógrafo, mientras Madrid sufre uno de los terribles bombardeos que padeció durante toda la guerra, le llega la hora a este escritor peliculero y anarquista. Solo cuenta treinta y cuatro años. La obra que deja tras de sí, siempre crítica con el orden establecido, es uno de los mejores testimonios de su época. Pero, quizás por serlo, está condenada inexorablemente al olvido.

Cinematógrafo comenzó a reeditarse con cierta regularidad a partir de 1967. En la edad de oro de los cursos de verano de la universidad española —esto es, los años 80 y 90, el fin de siglo—, cuando se organiza uno en el Campus de El Escorial de la Universidad Complutense en torno a la Otra Generación del 27, José Luis Fortea —que en 1973 se refiere a Carranque de Ríos entre otros proscritos—, Joaquín Arderíus y Sánchez-Fortún, José Díaz Fernández, el propio Ramón J. Sender… y la reivindicación del más maldito de todos ellos no se hace esperar. En el 98, Ediciones del Imán, el efímero proyecto editorial de José Luis Borau, dio a la estampa una edición crítica, al cuidado de José Luis Fortea, de las obras completas del escritor, actor y anarquista.

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