Como ese buen cinéfilo que procuro ser, aborrezco el teatro. De modo que no sé si ese término de “gran dama de la escena”, con el que califican los loritos de la cultura comprometida a las actrices de cierta edad, magistrales intérpretes de los dramas de Lorca, que acuden raudas a mostrar las solidaridades preceptivas, también es aplicable a las actrices cinematográficas que se dedican a su trabajo y poco más. Catherine Deneuve, la mujer que hoy conocemos, es una de las grandes damas del cine de autor europeo. Su magisterio en la creación de los más variados personajes está por encima de cualquier otra consideración. Hace ya mucho tiempo que su sola presencia en un reparto es capaz de conseguir la financiación precisa para el filme. Tal vez sea esa la causa de que a Catherine Deneuve no le haga falta sujetar esas pancartas que se pagan con la correspondiente subvención.
Sin embargo, en 2018 Catherine Deneuve creyó estar en posición de poder decir lo que considerase oportuno y se pasó al lado de la incorrección. Fue cuando se convirtió en una de las firmantes del manifiesto por la Libertad de importunar. Un asunto en verdad peliagudo, pues aquel centenar de mujeres, en el momento álgido del movimiento #MeToo, defendían “la libertad de los hombres para intentar seducir a las mujeres”, afirmando que “la seducción torpe o insistente no es un delito”.
Vaya por delante que yo también condeno cualquier tipo de violencia o acoso contra la mujer. Pero aquí de lo que se trata es del libre albedrío y la libertad de expresión. Nadie tiene ningún derecho a exigirle a nadie solidaridad con nada. Corromper la cultura con la política es algo tan repugnante como las violaciones de Harvey Weinstein a las actrices que querían trabajar en sus producciones, o como los abusos de cualquier otro malnacido —como ya llaman algunos de nuestros diputados a quienes votan lo contrario a ellos— que abuse de una mujer, o de cualquier persona que acuda a buscar trabajo a su despacho. La cultura es la que libera al individuo enriqueciéndole con la sabiduría. La política le embrutece, le aliena, le convierte en idólatra de falsos mesías, y siempre, inexorablemente, le lleva al enfrentamiento.
Aquella Catherine Deneuve, que parecía allende del bien y el mal, seducía a sus amantes como si fuera un tío: pareja de Roger Vadim, esposa de David Bailey, historia con Serge Gainsbourg, pareja de Marcello Mastroianni. “Es el hombre que me hubiera gustado ser”, comentaba sobre ella Gérard Depardieu, uno de sus partenaires más frecuentes.
Quién hubiera dicho entonces que Catherine Deneuve también iba a ser puesta en cuestión. Entre aquella centuria de “abajo firmantes”, destacaban notables como Catherine Robbe-Grillet —autora de novelas sadomasoquistas y viuda del gran Alain Robbe-Grillet, el abanderado del nouveau roman—, Brigitte Lahaie —antigua reina del porno duro antes de convertirse en musa de Jean Rollin y de Jesús Franco— o Ingrid Caven —antigua colaboradora de Rainer Werner Fassbinder—. Sin embargo, salvo error u omisión, ella fue la única que se vio obligada a rectificar. El escándalo que provocó su pronunciamiento fue mayúsculo.
Unos días después de la publicación del manifiesto, la musa etérea y distante tuvo que descender de su atalaya y publicar un artículo en Libération condenando la violencia sexual, pidiendo disculpas a todas las víctimas de estos crímenes que se hubieran podido sentir ofendidas con sus palabras y, cuando ya parecía que ella también iba a coger la pancarta y a ponerse a gritar la consigna de turno pastoreada por las lideresas en la manifestación, se ratificó en su derecho a la disidencia, a mostrarse crítica con esa nueva inquisición que pueden entrañar los hashtags. Aunque, insisto, el movimiento MeToo tuviera motivos más que suficientes y sobrada razón. Catherine dejó claro que apoyaba su lucha, pero que no se identificaba con su inquisición, su juicio mediático permanente. Dicho lo cual, volvió a su pedestal, a su distante elegancia. Heterodoxa ya era desde que oscilaba entre su falso candor de los musicales de Jacques Demy y la gelidez de Julie Roussel, la envenenadora y suplantadora de La sirena del Mississippi (François Truffaut, 1969), pero estigmatizada empezó a estarlo cuando se la etiquetó en aquel hashtag. Y la musa más etérea que ninguna pasó a ser como aquellos señalados durante la inquisición maccarthysta, que emplazados por el Comité de Actividades Antiamericanas comparecían ante sus inquisidores, pedían perdón por haber sido comunistas y podían volver a trabajar y conservar su piscina en Beverly Hills.
Recuerdo la cartelera del cine Pompeya, la tercera sala que había en la Gran Vía, en la acera izquierda, subiendo desde la Plaza de España, tras el Coliseum y el Azul; recuerdo la cartelera del cine Pompeya cuando en aquella entrañable sala se exhibía Belle de Jour (Luis Buñuel,1967), una de estas películas que prefiero evocar con el título original. Como era frecuente en las cintas de entonces, la cartelera del cine reproducía, a una escala mucho mayor, la misma imagen que el cartel del filme. Y dicha estampa, básicamente, era la espalda de Catherine Deneuve. Corría entonces el año 70, y el filme, ni que decir tiene, no era tolerado a menores. Así que tuve que esperar a alguna reposición posterior. A los quince años ya me dejaban entrar en los programas para mayores de dieciocho. Probablemente fue uno de aquellos reestrenos, que se anunciaban sin los cortes de la censura. Aunque la censura oficialmente dejo de operar en 1977, ya en septiembre del 75 —unas semanas antes de la muerte de Franco— se pasó La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), paradigma de las cintas prohibidas —el propio Kubrick la retiró de la circulación— y desde el 74, más o menos esporádica y fugazmente, se veía algún que otro toples.
En fin, que, como de tantas cosas, hace ahora medio siglo que descubrí a Catherine Deneuve en una reposición de Belle de Jour en el cine Pompeya. Ya en la siguiente década, inmerso en mi quimera cinéfila, descubrí que en un principio hubo dos Catherine Deneuve. Aquella gentil burguesita, no exactamente candorosa, pero casi, de los musicales del gran Jacques Demy —Los paraguas de Cherburgo (1964), Las señoritas de Rochefort (1967), Piel de asno (1970)—, y Julie Roussel, la sirena del Mississippi, que decide hacerse pasar por aquella con la que el indiano Louis Mahé (Jean-Paul Belmondo) se ha comprometido sin conocerla y, ya casados, se lo robará todo e intentará envenenarle cuando él dé con ella de nuevo en Francia. Pero al final resulta que le quiere: se perderán juntos en la nieve huyendo sin saber a dónde. En fin, una de las mejores adaptaciones de Cornell Woolrich que se hayan visto en una pantalla.
Roman Polanski y el propio Buñuel, para quien Catherine también protagonizó Tristana (1970), fueron los dos cineastas que descifraron el misterio de la dualidad de Catherine Deneuve. Cuando Polanski trabajaba en el guion de Repulsión (1965), escribió el personaje de Carol pensando en que habría de interpretarlo Catherine. Pero tomó como modelo a una chica, conocida tiempo atrás en París, en cuya cabeza —recordaba el cineasta— habitaban dos enfermos mentales. Como míster Hyde en la del doctor Jekyll. “Trabajar con Catherine Deneuve era como bailar un tango con una pareja extraordinariamente experta. Sabía con exactitud lo que yo quería de ella en el plató y se compenetraba profundamente con el personaje”, recuerda el cineasta. Y si el lector me permite sugerir un tango, que sea “Las cuarenta” (1937), con letra de Roberto Grela y música de Francisco Gorrindo, con esos versos que rezan: “Aprendí que en esta vida hay que llorar si otros lloran / y si la murga se ríe, hay que saberse reír”. Debió de aplicarse el cuento. O no: las musas etéreas obedecen a un orden que no es de aquí.
Siempre reclamada por los mejores, en 1972 Catherine incorporó a Cathy, la dueña del club de Crónica negra, del gran Jean-Pierre Melville. Las colaboraciones con la pantalla trasalpina de la musa etérea y distante ya venían de antiguo. Pero cuando fue la pareja de Mastroianni hubo más. Recordaré No tocar a la mujer blanca (Marco Ferreri, 1975) y Alma perdida (1977), del gran Dino Risi. Mucho más atenta a la calidad de las películas en las que colabora que el común de las actrices de su prestigio, para Lars von Trier protagonizó Bailando en la oscuridad (2000). Ya mayor, ya envejecida, como creí que nunca la habría de ver, admiré por última vez a esta musa del cine de autor europeo en 8 mujeres (2002), de François Ozon.


Otra pequeña aportación, desde la derecha civilizada, firme el ademán, a la precampaña electoral del Partido Popular, futura mitad del gobierno de coalición PP-Vox, que salvará a todos los españoles, aunque no quieran o no se dejen (Gundisalvo comprobará, antes de salvarlos, si son cristianos viejos o nietos al servicio de Perrosanxe, el Ungido de la ultraizquierda)
Me he reído, con risa amarga, con el primer párrafo. Está usted en forma.
Conocía el indigno escrache que le hicieron a la Deneuve, una de las divas más enigmáticas y atractivas que he visto. No es por su atractivo físico (químico diría yo), sino por ese halo de ‘mistery woman’, por esa mirada lánguida, esa frialdad física de su belleza de estatua de diosa inexistente… Y si elegancia, y no me refiero a su atuendo. Está señora es elegante hasta en la ducha.
Entiendo muy bien que ésta señora no sea envidiosa y gregaria, como tantos individuos e individuas del sector. Cómo usted dice, ni lo necesita, ni viene de casa. También entiendo que sea objeto de envidia, pasión de eunucos. De esa envidia diabólicamente refinada que se envuelve en el oropel de una ‘causa’, de ésas que no llevan sable, sino machetes, facas y navajas.