Descubrí a Valerie Hobson en mis primeros visionados del cine de terror de la Universal —fue la Elizabeth de La novia de Frankenstein (James Whale, 1935) y la Lisa Glendon de El lobo humano, que Stuart Walker dirigió ese mismo año—, y al punto me prendé de ella como solo lo hacen quienes, tal decía Bernardo Bertolucci, bien como cineastas, bien como cinéfilos, concebimos el cine como una magnífica obsesión.
Sí señor, hablamos de la edad de los prodigios de la London Films, de Zoltan Korda, estudio con el que también colaboró mi admiradísima Valerie. Fue en Revuelta en la India (1938), dirigida por el propio Zoltan, quien reparó en aquella actriz irlandesa de veintiún años y una gracia exquisita, que acababa de volver de Hollywood cansada de gritar ante los monstruos de la Universal y de ser arrastrada por Boris Karloff por todas las colinas de la Universal City.
Seguí su rastro en las cintas pretéritas con todo el ímpetu que procura el surgimiento de eso que ahora llaman “una nueva ilusión”. La admiré en sus dos protagonistas para Powell y Pressburger, El espía negro (1939) y Contrabando (1940). En una y otra fue la mejor partenaire que haya tenido nunca Conrad Veidt. Para un David Lean principiante Valerie fue la Estrella de Cadenas rotas (1946), la adaptación definitiva de Grandes esperanzas (1861), la célebre novela de Dickens. En la Ealing, el estudio que habría de quedar como el paradigma del humor inglés —y del alma inglesa en general— la joven irlandesa que siempre desconfió de Hollywood fue la Edith de una de sus cintas más destacadas, 8 sentencias de muerte (Robert Hamer, 1949). Meses después, cuando el francés Marc Allégret cruzó el Canal de La Mancha para dirigir todo un drama victoriano —La mansión de los Fury—, Valerie fue la encargada de incorporar a Blanche Fury.
Llevo en la empresa de seguir su rastro en la pantalla pretérita desde comienzos de los años 80. Aún no he podido dar cuenta de unos cuantos de los 34 filmes que protagonizó, pero lo que sí he visto en la Valerie Hobson de todos ellos ha sido a una señora de las de antes de la guerra —en su caso la Segunda Mundial— y de antes también del nuevo trato que sustituyó a la antigua cortesía tanto en el Reino Unido como en la Europa continental. En efecto, la maravillosa Valerie era una señora de esas que se ofendían si un “cualquiera”, en lugar de señora, las llamaba “mujer”. Venida al mundo en el seno de una familia de la alta burguesía, hija de un oficial de la Royal Navy, fue trasladada a Inglaterra (Hampshire) desde su Irlanda natal —el Ulster la vio nacer en 1917—, e iba a Londres dos veces por semana para asistir a clases de ballet, con el objeto de que sus movimientos adquiriesen la gracia debida en esas damas que, ante las masas, creían estar frente a una partida de bolcheviques dispuestos a ultrajarlas salvaje y vilmente. Y hubiera acabado siendo una estrella del ballet de no habérselo impedido una inoportuna escarlatina que la imposibilitó para el baile y la empujó a la interpretación.
En efecto, Valerie Thompson fue toda una dama, semejante a esos personajes que en nuestros días sólo se ven en las novelas de Ruth Rendell. Se sentiría incómoda hasta ruborizarse ante la algarada callejera. Nunca habría de verla nadie pastoreada a voces por las calles, como esas intérpretes de nuestros días que acuden raudas a sujetar las pancartas en las convocatorias de las lideresas enemigas del comercio, que, en su desaforado afán de redimir a los pobres, imponen pestes y solidaridades, como cuando se trataba de exterminar a la burguesía para que pudiera alzarse la famélica legión. Y puede que sí, que ese sea su gran papel en la antigua farsa.
Puede que todo sean apreciaciones mías, pero estas valoraciones son a cuanto escribo como el repertorio del cine de terror de la Universal al género en su conjunto. Y creo no equivocarme mucho al defender que a esa dama altiva y abnegada —empero algo pícara llegada la hora del cóctel al atardecer— que constituyó el prototipo de Valerie, el público le gustaba llenando el patio de butacas y poco más. Un escándalo de su segundo marido habría de poner fin a su gloria. Y al escándalo le sucedió el olvido, para completar la maldición. Pero en los artículos que nos hablan de ella, aún se refiere el éxito que cosechó durante el año que estuvo interpretando a Anna Leonowens, la institutriz británica del hijo del monarca de Siam en la versión musical de El rey y yo estrenada en 1953 en el Drury Lane de Covent Garden, el más antiguo de los escenarios ingleses.
Fue definida en su momento por la prensa británica de la época como una “patricia”, frente a esas actrices de la Gainsborough —Margaret Lockwood, Phyllis Calvert, Jean Kent, Patricia Roc…— que ya entonces se daban a personajes más apegados a la vida real, o sea, a la ordinariez y a la vulgaridad. Y bien es cierto, al menos lo es desde la novela naturalista, que la introducción de lo pedestre y lo chabacano en la ficción ha sido una forma de conectar con la realidad. Es una manera de mostrar un reflejo más fiel de la vida cotidiana y sus detalles tal y como son. De ahí a la escatología del ya manido y siempre sobrevalorado Pier Paolo Pasolini, solo había un paso. Afortunadamente, Bernardo Bertolucci, su mayor discípulo, nunca lo dio.
La maravillosa Valerie, hasta que cometió el mayor error de su existencia, debió de ser una dama de tanta fortuna como postín. Podría decirse que sus días discurrieron con la gentileza que pasaban las páginas los lectores de La pimpinela escarlata (1905) y el resto de las novelas de la baronesa Emma Orzy. Por no abandonar a su primer marido, el productor Anthony Havelock-Allan, en 1936 rechazó un contrato de David O. Selznick, que probablemente hubiera acabado con la joven irlandesa incluida en el reparto de la infausta Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), donde fueron tan bien acogidos los intérpretes británicos —Vivien Leigh, Leslie Howard, Olivia de Havilland, aunque nacida en Tokio de padres ingleses— para insuflar, supuestamente, algo de su clase a los esclavistas de la Confederación.
Pero el estigma de Valerie Hobson no le fue impuesto por rechazar una oportunidad en su carrera que no habría de repetirse y ser una esposa ejemplar, como las señoras pretéritas, antes que una actriz de Hollywood. Fue maldita por casarse con uno de esos miserables que dicen trabajar por el bien común y en nombre de la ética, cuando en realidad solo son los criminales más despreciables que haya dado la civilización, esos profesionales del fraude, la mentira y la traición a los que llamamos políticos. El segundo marido de nuestra dulce, y al cabo desdichada actriz, se llamaba John Profumo. Secretario de Estado para la Guerra del Reino Unido, cuando se supo que había tenido un lío con la modelo, cabaretera y meretriz Christine Keller, quien a su vez estaba vinculada con un oficial naval soviético, la tormenta se desató. Se supo, además, que, puesto a negarlo, Profumo mintió al parlamento. Aquella infamia —que aquí y ahora no sería más que un mero cambio de opinión— provocó una crisis que llevó a la renuncia de Profumo y afectó seriamente la credibilidad del gobierno de Su Graciosa Majestad de entonces. Tanto fue así que Harold Macmillan y su gabinete en pleno acabaron por caer. Christine, la mejor parada, de la noche a la mañana quedó convertida en toda una celebridad. Con uno de sus desnudos —aquellos desnudos de entonces en los que no veía nada—, en el que cubría sus intimidades sentada estratégicamente en la silla Arne Jacobsen 3107, también la silla “Series 7” se convirtió en un icono.
Pero el tronío, la popularidad y el prestigio de la maravillosa Valerie Hobson se vieron seriamente afectados. Puede que fuera entonces cuando la vida empezó a ir en serio para ella. Como hubiera hecho cualquiera de las damas a las que interpretaba en pantalla, aceptó el escándalo con estoicismo y permaneció junto a su marido, defendiéndole sin titubear de cuantos se aprestaron a la rapiña de la leña del árbol caído, que no tardaron en hacerse notar.
Finalizadas abruptamente sus respectivas carreras, el matrimonio Profumo decidió dedicarse a esa beneficencia que hoy llamaríamos solidaridad. No hubo noticia de aquella entrega al cuidado de las personas afectadas por el síndrome de Down, tal fue el caso de su primogénito, hasta que los pocos que supieron de ella lo pusieron en conocimiento de la opinión pública. En su entrega a estos menesteres, la antigua actriz llegó a atender a los leprosos. Ellos fueron su último público mientras en la cartelera y en los patios de butacas del West End londinense solo la recordaban los que la admiraron tanto como aún la admiro yo. En la Universal guardaron sus gritos ante los monstruos durante un tiempo, enjaretándoselos a otras actrices siempre que lo creyeron oportuno.
Para bien o para mal, ya no quedan mujeres así. Recuerdo a la maravillosa Valerie Hobson como la Catherine Ripois de Monsier Ripois (René Clément, 1954). Fue su última película, y en sus secuencias daba vida a su primera desahogada, frívola esposa de un vividor encarnado por Gérard Philippe. Otro día escribiré sobre June Duprez.


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