La tristeza y aflicción de Démeter tras el rapto de su hija Perséfone volvió a la tierra estéril, alterando el orden del orbe y abocando a la humanidad a su desaparición. Sólo la intervención de Zeus permitió subvertir el caos y la hambruna. Cuando Perséfone regresa de la mansión subterránea de Hades para estar junto a su madre, la alegría torna a Démeter quien restituye la fecundidad a los campos en la primavera y el verano. Al contrario que para la diosa griega, para la poeta María García Zambrano la tristeza e impotencia por la enfermedad de la hija ha engendrado la trilogía La hija, Esta ira y Su cuerpo habla, un canto de mirla, cuya primera obra rescata ahora Vaso roto tras ser publicada en 2015 por El sastre de Apollinaire.
«Soy la dulce letanía de los niños muertos en este hospital.
La silenciosa que seca sus lágrimas.
La que reza por cada neonato.
(…)
Soy la madre asistida por la madre
y firmamos un armisticio con los bisturíes.
(Mi cuerpo se bate contra la patología).
Soy la escriba que registra el latido»
Y se refrenda esta idea en ‘Preludio’ donde la madre se aleja de la enunciación, observándose a sí misma junto a otras madres que comparten el hospital, la angustia y la incertidumbre. El dolor personal se abre a un dolor compartido gracias a ese distanciamiento, reflejado en la imagen de la coraza: «La madre se atavía de coraza. / Camina recta con su cicatriz». De este modo, subyace y se hilvana una solidaridad femenina de maternidades que se extiende hacia las madres que la antecedieron: «Sale de casa la mujer y viste / a todas las mujeres que la precedieron: / madres que amamantaron», construyendo una identidad a través de otras madres, como si un cordón umbilical transmitiera el aprendizaje del linaje:
«Todas las madres reunidas alrededor de un cuerpo
que redime
con sus escasos centímetros
resolvemos:
hilvanar con un hilo esta tristeza
la desesperación de no ver a LA HIJA
sólo un cuerpo que se desborda
e inunda los ojos
la boca
el corazón»
Estos versos dan paso a ‘La escritura’, un poema donde la poesía erige como refugio contra el dolor, en espacio de resistencia para verter y enfrentar el miedo, la esperanza y la rabia: «(palabras obedientes para mi sed y sus voces) / los verbos abandonan su orgánica firmeza / tan sólo signos marcando el límite / este dolor / el coto que resguarda mi animal de locura». Si bien la tensión metalingüística alcanza en Su cuerpo habla una solidez y brillo abisales, pues allí constituye el eje vertebrador del libro —la incapacidad del lenguaje hablado y el encuentro con otra forma de decir—, en La hija hay no poco de aquella tensión, aunque aquí el lenguaje aún domado por la experiencia se postra ante la impotencia de liberar el sufrimiento en la palabra: «Busco un lenguaje que se encarne/ libere a este dolor de su jaula», y la creencia en sus posibilidades se mantiene intacta, así ‘El juego de los otros’ escribe:
«Sale de casa la mujer y arrastra
toda la urdimbre
de vocablos inútiles que la asfixian
y mil palabras bomba para su cautiverio.
Sale de casa la mujer y sabe
que de este juego no la exime ni el dolor.»
Este libro, escrito alrededor de la enfermedad de la hija, se articula en cuatro partes que hilvanan una historia desde el amor incondicional hasta la posible pérdida y, finalmente, al regreso a la vida, como Perséfone. Lo que acontece queda supeditado a las emociones y sentimientos que provoca.‘El deseo’, ‘El dolor’, ‘Daños colaterales’ y ‘El amor’ trazan un tránsito del vínculo maternal al espacio hospitalario, de este a la comunidad de quienes lo habitan y, de nuevo, al encuentro entre ambas. De este modo, la estructura reproduce el propio proceso: desear, temer, atravesar el dolor y regresar al amor, desde el momento mismo de un complicado nacimiento con secuelas.
En ‘El deseo’ hay una promesa de amor sin condiciones, aún cuando la muerte, como espada de Damocles, penda sobre la vida de la recién nacida. El temor a la muerte gravita hasta el final del libro, pero ese temor es sostenido por esa estirpe de madres, las cuales la acompañan en el hospital, porque el amor a la hija hace jugarse el corazón de la desesperanza: «Para coser la muerte, su esqueleto, / y quebrar la broma del destino». «Oculta la amenaza / que se aleje la parca de su cuerpo / limpísimo», escribe en la segunda parte, ‘El dolor’, centro exacto del libro. En ella sobresale la apropiación del lenguaje hospitalario: desinfección, box, máquina, oxígeno, gasas, suero… El hospital se adentra en el poema y ambos se funden, de este modo se crea una atmósfera aséptica y fría que contrasta con el amor y el dolor que suturan los versos; en el poema ‘El quirófano’ leemos:
«Un monitor registra tu latido
papel que no termina y en sudesprendimiento
arrastra lágrimas»
Un duelo anticipado se cose entre las palabras y el presagio de la muerte se hace presente para ser ahuyentado:
«Rebusco en el armario de la muerte
un luto que me cubra las costillas.Me visto de remiendos.
No hay tejido
que pueda resguardar
este cadáver».
Quien haya leído sus posteriores libros, Esta ira y Su cuerpo habla, sabrá que la Mirla se alza victoriosa con las alas de la vida en este libro; no por ello la muerte deja de sobrevolarla. La Mirla blanca, Martina, no es aún en La hija así designada, sin embargo ya encontramos la semilla, la cual fecundará posteriormente la identificación, en el poema ‘La niña-pájaro’: «Si fueses una mirla o colibrí / y volaras». El bestiario característico de esta tríada apenas se esboza en un escorpión, metáfora de la enfermedad, y los cuervos, que velan la muerte, o la loba, la madre que defiende y protege a su cría.
El temor engendra el dolor. La incertidumbre concibe la angustia. Nada detiene el temblor, ni el lenguaje ni la fe le son cobijo ante el indetenible porvenir, como tampoco lo es para su hija el nido de la incubadora, mientras el nido-cuna de casa aguarda vacío. Y la soledad se acrecienta cuando en la sala de lactancia no puede amamantar:
«Agotado. Permaneces absorta
frente a la luz
doblas tus rodillas lentamente
unes tus manos
cruzas los dedosy comienzas a musitar una plegaria.»
Los siguientes seis poemas conforman ‘Daños colaterales’, centrados en las trabajadoras del hospital con quienes convive cada día: enfermera, especialista, burócrata, limpiadora… Su trato cotidiano con la enfermedad y la muerte parece, en ocasiones, inmunizarlas frente al dolor ajeno: «Apenas cuatro metros cuadrados a su muerte / despacho matadero / te enseña a remendar en la mortaja / puntadas de limón sobre la herida» o «observa la herida de tu herida/ desinfecta el miedo / conversa con la muerte». La herida de la madre sangra; impotente, la vemos desfilar por los pasillos del hospital, mendigando la vida para la hija hasta que llega la no muerte en ‘La habitación de tránsito’. A este respecto, Julieta Valero escribe en el epílogo a Esta ira: «En La hija, se narraba ordenadamente la llegada de la niña, la irrupción de la enfermedad y los conjuntos demoledores de ésta incorpora a la vida. En palabras de la poeta y estudiosa Mª Ángeles Pérez López, se trataba de una ‘indagación inquisitiva sobre la verdad aséptica y despiadada que respiran los hospitales’».
Y así como Perséfone regresa junto a Démeter, la hija regresa junto a su madre: «Dice: / es tiempo para cosechar». El fulgor de la alegría, el agradecimiento por haber salvado de los brazos de Hades a su hija y el amor límpísimo disuelve la enfermedad, así se escribe ‘El amor’, última parte y epicentro donde florece y germina la potencia radical del amor, un hilo que no se rompe ni con la muerte y que las ata para siempre. El retorno con la hija transforma el veneno en medicina y el dolor en gratitud. Ahora, ya sí, es posible el regreso a casa juntas: «Es nuestra barricada este sofá, un cúmulo de gasas, tú y yo». En la plenitud del encuentro, de las generaciones, se apacigua el canto.
Conclusiva la ‘Coda’ de La hija, poema que se convertirá en una firma personal en los posteriores, que concentra la esencia del libro:
«Avanzo por el pasillo que transitan los muertos.
Busco el fulgor que acontece a la vida.
-Tú eres testigo de mi lucha-.
Regreso por el corredor blanco con la hija intacta.
Pase lo que pase, he vencido».
La poeta cierra el último verso con una autorreferencialidad, pues, por desgracia, no todas las madres transitan por esos mismos pasillos con la misma fortuna.
Desde el punto de vista estilístico, La hija arriesga menos en el plano sintáctico que los siguientes. Existe un incipiente juego de encabalgamientos y mayúsculas, sin embargo no llegan al quiebre de Esta ira o Su cuerpo habla, los cuales han consagrado, con motivo, a esta poeta. Los poemas se sustentan sobre la sobriedad y la contención, que contrastan con el sufrimiento que los motiva, a partir de imágenes muy materiales y una precisa condensación conceptual. Huye del desbordamiento retórico en favor de una sintaxis desnuda, de pausas y silencios que reflejan la espera, la angustia y la vulnerabilidad ante la situación. Despoja al poema de sentimentalismo y en su lugar surge la humanidad. La resignificación o, mejor dicho, la amplificación de los significados del léxico cotidiano y hospitalario arrastra las palabras y explora las posibilidades sonoras y semánticas de las mismas. De este modo, una aparente sencillez verbal encubre una notable densidad metafórica: el poema no explica el dolor, sino que lo materializa en cuerpos, objetos, espacios e imágenes que terminan adquiriendo una dimensión universal. Este poemario anida la semilla de Esta ira y Su cuerpo habla estableciendo un hilo vital, una única historia; ahora bien, los tres mantienen su individualidad y autonomía.
La hija, Esta ira y Su cuerpo habla de María García Zambrano transforman en materia poética la vivencia extrema del sufrimiento y el dolor. La palabra germina en la escritura ante la enfermedad de la hija y ante la orilla de la muerte. A condición de aceptar este dolor como parte de la existencia, la poeta nos ofrenda el júbilo y la gratitud ante la vida y el arrojo para seguir amando más allá de la utopía y de los tiempos, porque, sin duda, amar es el acto más revolucionario frente a la muerte.
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Autora: María García Zambrano. Título: La hija. Editorial: Vaso Roto. Venta: Todos tus libros.


“un canto de mirla”
¿Errata o delirio woke?