Un óbolo en la boca y en los ojos para el último viaje al reino de Hades. Ritual funerario o amuleto para el más allá, las monedas son llaves que abren las puertas, también al lanzarse al agua en fuentes o pozos para pedir deseos. Pozos de aguas profundas en cuyo vientre de oscuridad duerme aquello que está, también, más allá de la luz: el inconsciente, las heridas y los miedos, a la manera de microorganismos que subyacen en la naturaleza humana. Un pozo, (tres) monedas y una llave se esconden en el último poemario de Sonia Bueno, Plancton, publicado por RIL Editores (2026). En la contraportada, la poeta Yaiza Martínez escribe: «Descubrimos en estas páginas una vida errante, como el plancton, casi invisible, pero esencial, que se trasluce a través de la construcción imaginaria de lo vivido», porque el movimiento de lo cotidiano y doméstico urde, como esos microorganismos que flotan y son desplazados pasivamente e intitulan el poemario, la vida diaria.
«Moras», primera parte, se abre enlazando con ese “clic” inicial unos versos que actúan de manera similar a una acotación dramática: «[la tapa del portamonedas hace clic. sonido entreabierto esboza]». Estas «Moras» germinan en el zarzal de la infancia:
«- pero algunos veranos solo saben
de naranjas. ruedan por los pasadizos
secretos
de memoria
:el médano de la infancia endurecen»
La infancia como raíz de una vida adulta en tanto callejuela o adoquín o espejillo o trozo, que ha trenzado el presente, por ello debe resistir en la memoria, porque esa infancia es sustrato de plancton: «trenza la huida entraña de plancton -el regazo / vacío nutre». La infancia no debe claudicar, ni la propia ni la ajena, de este modo va entretejiendo un linaje de infancia y memoria femenina:
«soy todas las madres que van a coger moras. y todas las hijas
que agruma el jugo de la separación
me recojo
:fruto»
El desafío al lector de Plancton con la intención de potenciar una cierta y medida irracionalidad se apoya en un juego ortotipográfico donde prevalece el uso constante de minúsculas, la expansión espacial sobre la página, puntos como silencios, dos puntos para unir significados, paréntesis, cursivas, interrogaciones o exclamaciones sólo indicadas por el signo final… que evocan Vigilia conjeturas sobre la ilusión de María Beleña (Olifante, 2025) y con los que explora las esquinas semánticas y fonéticas del lenguaje y otorgan una versatilidad inusitada a la palabra. La anatomía rítmica y fónica se acentúa además con onomatopeyas y exclamaciones, ras!, clic, ¡hechas trazo estoy!, que intensifican la oralidad y nos aproximan al poema. Por otro lado, el uso parcial de “notas a pie de página” desviando o ampliando los sentidos primigenios, recurso explorado por Chantal Maillard o Lola Andrés, nos sitúa en un doble plano interpretativo, en un juego especular. Sonia Bueno se propone que las ondas expansivas de los poemas los haga reverberar entre sí, por esta razón, bien pueden leerse como un extenso y largo continuo o poemas independientes, aunque conectados.
La parte central del libro, «Microscopio», no sólo es extremadamente breve sino que los poemas o poema (según se quiera leer) se escriben desde el diálogo con otros poetas: Antonio Machado, Emily Dickinson, Edith Södergran, Olvido García Valdés, Daniel Faria, Héctor Viel, Inger Christensen y Rainer Maria Rilke. El microscopio aumenta aquello aparentemente invisible, evidenciándose el sustrato que en cualquier buen poeta debe existir y nutrir: la lectura. Ese plancton poético en el que la moneda-poema se entrega en una clara evocación al pago a Caronte: «lugar del que huir y donde permanecer / la moneda en la boca, ribera». Esta no es la única referencia al mundo clásico en el libro y no es casual, ya que este está dedicado a su profesora de latín y griego, así se refiere a que Platón es solo una sombra en una alusión a las sombras de la caverna o «víspera que no cesa Parnaso mudo visión pura. sin poetas».
«Plancton» cierra el libro. Si bien el juego ortotipográfico es menor, aunque desaparecen puntos y comas, mantiene el uso constante de minúsculas y los encabalgamientos se tornan más abruptos y escarpados. Esta parte puede leerse de nuevo como un largo poema o no, con versos muy breves, en ocasiones de una palabra o una letra, que le otorgan un ritmo muy dinámico. El primer y último poema se responden en una estructura anular a través de la imagen de un taller: «para entrar/ en el taller/ de los inviernos/ preciso / a veces / echar /el cerrojo/ de mi sien» y «un taller / eso /es / un tallar». Ese taller no es otro que la propia vida y escritura, ambas unidas; sin embargo, hay un cierto distanciamiento de lo irracional y aflora el pensamiento y la escritura poética como labor, sin que por ello las imágenes pierdan fuerza en su plasticidad:
«Comparto
lengua y el pan
amasado
bajo la tierra mis dientes
presto
a los difuntos
deslío
las espigas de
sus mortajas
:resueno
rompo
un plato
(se dice
ausencia)»
Laten en el fondo de Plancton, como en un pozo de aguas cristalinas, las monedas y una llave. Las monedas han simbolizado el azar en un movimiento indetenible al pasar de mano en mano: «en la moneda que baila si el suelo insiste / moneda sin cálculo del recuerdo», también monedas-llave que posibilitan acceder a un deseo, aunque este pueda ser el último viaje: «[en la oscuridad del mostrador fulge como un diente la / última moneda]». Monedas que dormitan en ese pozo, naturaleza de la poeta, de los deseos: «hay monedas que hieren el / pozo de los deseos -socavones tan punzantes el coche no / esquiva. acaso una voz», como una llave: «al pozo /cae la llave que /frecuento». A lo largo del libro las monedas, las llaves y el pozo reaparecen como un hilo soterrado que va tramando el armazón simbólico y sustentan una silenciosa arquitectura de correspondencias: pasan de un poema a otro transformando su sentido. En esa persistencia de lo pequeño y cotidiano reside una de sus claves: en cada objeto resuena más allá de sí mismo, como si cada pieza contuviera, en miniatura, el pulso secreto del conjunto. La moneda es azar y eslabón, es palabra poética y llave con que abrir nuevos significados:
«Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da.»
Sonia Bueno no ha escrito un libro sencillo. Arriesga con destreza en Plancton para proponernos un extrañamiento formal cuyo fin no es sino provocarnos el anudar irracionales conexiones, donde la importancia reside en la propia imagen frente a la forma de expresar dicha imagen. Aquellas monedas no son sólo objetos rituales para el paso al más allá, son también palabra poética, plancton y sustrato, que pueden atravesar las aguas profundas donde el lenguaje y la vida continúan buscándose.
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Autora: Sonia Bueno. Título: Plancton. Editorial: RIL.


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