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Una explosión, una huida. Un Baroja de hoy

Una explosión, una huida. Un Baroja de hoy

Tengo que empezar con una confesión: nunca había leído La dama errante.

Por eso, cuando en el prólogo de esta nueva edición de Zenda-Edhasa Arturo Pérez-Reverte afirma que Pío Baroja escribió una obra que, más de un siglo después, sigue siendo «una novela tan moderna, tan asombrosamente contemporánea», esa afirmación despertó inmediatamente mi curiosidad.

La afirmación era demasiado rotunda para pasarla por alto. Quise comprobarlo.

Tenía que saber si una novela publicada en 1908, escrita sobre una España que hoy parece tan lejana, podía conservar todavía esa sorprendente modernidad. Si sus personajes, sus preocupaciones y la sociedad que Baroja retrató podían seguir diciéndome algo, más de cien años después.

Así que me dispuse a leerla.

"Baroja, de manera magistral, se detiene a presentarnos a sus protagonistas, dotando a la introducción de una narrativa rica en descripciones y desnudando la psicología de los personajes"

Una de las primeras certezas que me dejó esta novela, con la que Baroja abrió la trilogía La Raza, fue recordar cuánto he disfrutado con la literatura del considerado padre de la novela moderna y contemporánea. No solo por su prosa directa, ágil y desprovista de artificios, sino porque algunos de sus personajes podrían caminar, con pocas modificaciones, por nuestra sociedad actual.

La historia parte de un acontecimiento real que conmocionó a España: el atentado cometido el 31 de mayo de 1906 contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda. El anarquista Mateo Morral lanzó una bomba oculta en un ramo de flores contra la comitiva real desde un balcón de la madrileña calle Mayor. Los monarcas salieron ilesos, pero hubo numerosos muertos y heridos.

Baroja, que conocía a personas relacionadas con aquel ambiente, utilizó el suceso como punto de partida para su ficción.

En La dama errante, el terrorista se llama Nilo Brull. Tras cometer el atentado busca refugio en casa del doctor Aracil, un médico que vive con su única hija, María. Las relaciones anteriores de Aracil con el anarquista lo hacen cómplice y provocan que padre e hija deban abandonar Madrid. Comienza entonces una huida hacia Portugal que terminará convirtiéndose en mucho más que un simple viaje.

Antes de ponerlos en camino, Baroja, de manera magistral, se detiene a presentarnos a sus protagonistas dotando a la introducción de una narrativa rica en descripciones y desnudando la psicología de los personajes.

"La capacidad del autor de decir mucho escribiendo poco es una de las muchas características que más he admirado durante la lectura"

María Aracil es huérfana de madre y ha sido educada por su padre bajo unos principios poco convencionales para la España de su tiempo. Inteligente, independiente y con ideas que debieron de resultar extravagantes para muchos lectores de comienzos del siglo XX, quiere pensar por sí misma. Resulta difícil no verla como una mujer adelantada a su época.

Su padre tampoco responde a un modelo convencional. El doctor Aracil es culto, contradictorio y con cierta inclinación hacia ese anarquismo de salón que llenaba las tertulias y el Ateneo madrileño de inicios del pasado siglo. Baroja parece utilizarlo para ajustar cuentas con aquella sociedad madrileña aficionada a las grandes teorías y bastante menos dispuesta a enfrentarse a sus consecuencias.

Muy diferente es Nilo Brull. El análisis psicológico que Baroja realiza del terrorista constituye uno de los atractivos de la novela. Su suficiencia, su sentimiento de superioridad, su gran autoestima y el desprecio hacia los demás aparecen retratados con precisión. No necesita Baroja grandes discursos para desvestirlo.

La capacidad del autor de decir mucho escribiendo poco es una de las muchas características que más he admirado durante la lectura.

Frases breves, observaciones directas, diálogos ágiles y descripciones construidas con unos cuantos trazos. Aparentemente todo muy sencillo. No lo es. Resulta difícil explicar cómo consigue narrar tanto, tan bien y con tan pocas palabras.

"Por aquellos caminos aparecen ventorros destartalados, casas misérrimas, campesinos, viajeros, arrieros, gente de la farándula, gitanos y personajes de toda condición. Un paisanaje tan importante como el paisaje"

Detrás de esa aparente sencillez aparece además la mirada pesimista del escritor. Estamos ante un autor de la Generación del 98, y se nota. Baroja observa sin demasiadas complacencias la España que había contemplado la pérdida de los últimos territorios de ultramar: la hipocresía burguesa, las tertulias de café, el provincianismo, las diferencias sociales y la pobreza.

Pero será cuando padre e hija huyan de Madrid cuando La dama errante adquiera otra dimensión.

Vestidos como guardeses para pasar inadvertidos, los Aracil atraviesan caminos, pueblos, ventas y posadas en dirección a Portugal. La huida termina convirtiéndose en un retrato de la España profunda de principios de mil novecientos.

Por aquellos caminos aparecen ventorros destartalados, casas misérrimas, campesinos, viajeros, arrieros, gente de la farándula, gitanos y personajes de toda condición. Un paisanaje tan importante como el paisaje. Baroja demuestra conocer las tierras y las gentes que describe y no necesita extenderse: un gesto, una conversación o el interior de una posada le bastan para mostrarnos las condiciones de vida de aquella España rural.

El viaje permite que María descubra un mundo desconocido. Padre e hija, despojados de su condición social, contemplan de cerca las miserias reservadas a gentes pobres y humildes. Y cuanto más conoce María aquella realidad, más consciente es de que tampoco pertenece enteramente al mundo del que procede.

Es en ese momento cuando el título de la novela adquiere pleno sentido.

"La dama errante resulta moderna porque María lo es, pero también porque muchas de las debilidades humanas que describe Baroja no han envejecido"

María es esa dama errante. Una mujer que busca su lugar en una sociedad cuyas normas no termina de aceptar. Su viaje no es únicamente geográfico. Mientras avanza hacia Portugal se reafirma en su necesidad de libertad y en una forma de entender la vida que parece corresponder más a una mujer de décadas posteriores que a una joven burguesa de 1906.

Es precisamente ahí donde mejor se comprende la sorprendente modernidad que Pérez-Reverte atribuye a la novela. La dama errante resulta moderna porque María lo es, pero también porque muchas de las debilidades humanas que describe Baroja no han envejecido: la vanidad intelectual, la superioridad moral, la distancia entre las grandes ideas y sus consecuencias o la dificultad de encontrar un lugar propio en el mundo.

Me ha impresionado comprobar que Baroja entendió, hace más de un siglo, que incluso en los tiempos más grises pudieran surgir personajes que anuncian una modernidad que su época no estaba preparada para ver.

Considero que Zenda-Edhasa acierta recuperando una obra algo alejada de la línea de grandes clásicos de aventuras publicados hasta ahora. Aquí también hay historia y aventuras, una persecución, una huida y un camino hacia el exilio, pero la verdadera aventura consiste en descubrir aquella España.

"Al cerrar el libro, siento que he vuelto a descubrir a Pío Baroja, no porque desconociera al escritor, sino porque me he reencontrado con él a través de una lectura que, para mí, era nueva"

Baroja pinta un lienzo del paisaje, y sobre todo del paisanaje, que no podía encontrarse en el Madrid de las tertulias, sino recorriendo los caminos rurales de Castilla y Extremadura.

Terminé La dama errante recordando aquella frase del prólogo que me había empujado a leerla.

Quería saber si Pérez-Reverte tenía razón. ¡La tenía!

Y al cerrar el libro, siento que he vuelto a descubrir a Pío Baroja, no porque desconociera al escritor, sino porque me he reencontrado con él a través de una lectura que, para mí, era nueva. Ahora siento la necesidad de continuar con el resto de la trilogía de La Raza. No quiero abandonar la historia a mitad de camino. Quiero seguir el viaje por Europa del doctor Aracil y su hija María y continuar disfrutando, con ellos, de las letras de del escritor vasco.

Hay novelas que envejecen porque desaparece el mundo que describieron. Otras permanecen porque, aunque cambie el mundo, los seres humanos seguimos pareciéndonos demasiado a quienes habitaron sus páginas. La dama errante pertenece a estas últimas.

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Autor: Pío Baroja. Título: La dama errante. Editorial: Zenda-Edhasa. Venta: Todos tus libros.

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