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Diarios, 1968-1980, de Sergio Pitol

Diarios, 1968-1980, de Sergio Pitol

En marzo de 1968, en vísperas de viajar a Belgrado como agregado cultural de su país, Sergio Pitol inició un diario. El hábito de llevarlo, convertido pronto en adicción, es el hilo que enhebra las más de dos décadas en las que residió en diferentes ciudades de Europa, haciendo carrera como diplomático a la vez que buscaba su camino como escritor. Con el tiempo, el diario se convertiría en la «cantera» de la que se alimentarían «vorazmente» sus libros.

En Zenda reproducimos el arranque del prólogo escrito por Ignacio Echavarría a Diarios, 1968-1980 (Anagrama), de Sergio Pitol.

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PRÓLOGO

I

¿Son lamentables todos los diarios?  ¿Son solo por eso interesantes?
Elias Canetti

«Escribo un diario. Lo inicié hace treinta y cinco años, en Belgrado. Es mi cantera, mi almacén, mi alcancía. De sus páginas se alimentan vorazmente mis novelas.» Son palabras de Sergio Pitol escritas el 22 de julio de 2003 y recogidas en El mago de Viena (2005). El diario al que alude comenzó Pitol a escribirlo en marzo de 1968, poco antes de emprender un viaje a Europa en el que se decantarían tanto su dedicación a la diplomacia como su vocación de escritor.

Nadie que haya frecuentado la obra de Pitol ignora la importancia que en ella cobra su diario no solo como cantera y laboratorio de sus relatos y ensayos, sino como «forma» o molde literario, es decir, como cauce de una modalidad de escritura determinada –o más bien indeterminada– por la temporalidad, la fragmentariedad y las vivencias personales. El diario, de hecho, adquiere un papel sustancial en la última y más exitosa etapa de Pitol como escritor, la que arranca con El arte de la fuga (1996) y se prolonga hasta el final de su vida. Pero ya desde mucho antes la fórmula diarística contribuye a explicar el modo en que la escritura narrativa de Pitol tiende a configurarse.

Antes de 1968, Pitol hizo ocasionales amagos de escribir un diario (en Roma, en Pekín…), pero ninguno tuvo continuidad. Sí la tuvo, en cambio, el emprendido en marzo de 1968, en el que perseveró con ritmo creciente hasta su regreso definitivo a México, ya a finales de los ochenta. Es este diario, comenzado cuando recién había cumplido los treinta y cinco años de edad («nel mezzo del cammin…»), y que comprende más de dos décadas, el que por fin ve la luz en la edición que aquí se presenta, en tres volúmenes.

Este primero es, de los tres, el que abarca un período más extenso (algo más de doce años) y el que tiene por escenario un mayor número de ciudades, de destinos. Se asiste aquí a la lenta y progresiva conquista, por parte de Pitol, no solo de sus rumbos como narrador, sino del hábito de escribir un diario, que tiene al principio mucho de disciplina autoimpuesta, pero que con el tiempo se convertirá en poco menos que una adicción.

Abundan, a lo largo de estas páginas, las anotaciones sobre el diario mismo y sobre la función que para su autor desempeña, tanto en relación con su escritura literaria como con su economía intelectual y emocional. Muy poco tiempo después de haberlo emprendido, Pitol deja claro para sí mismo que la escritura del diario responde en cierta medida a la dificultad de encontrar tiempo para escribir. Una dificultad que él mismo atribuye, en el fondo, al miedo a enfrentarse a la tarea, «miedo al fracaso, a no lograr sino una aceptable mediocridad» (13 de marzo de 1968).

Su propósito inicial –y hasta cierto punto cumplido– es el de mantener el diario apartado de «la tentación de hacer literatura»: «Registrar únicamente datos, despejados de todo ropaje palabrero» (10 de abril de 1968). Una determinación que, durante bastante tiempo, le planteará dudas sobre el sentido de lo que hace: «¿Para qué escribo este diario? ¿Por soledad? ¿Exhibicionismo? ¿Razones profesionales?» (7 de enero de 1971). Por lo demás, la forma se le resiste; le cuesta encontrar el tipo de observaciones y de experiencias que debería registrar: «Pasan días y días y en ellos miles de cosas que no anoto» (26 de enero de 1973). Pitol no tarda demasiado en percatarse de que, por poco que se descuide, el diario se convierte en un sumidero de «quejas, frustración, irritaciones, temores, lamentos» (13 de diciembre de 1974). Por otro lado, su vida nómada, las frecuentes visitas que recibe y –ya emprendida su trayectoria diplomática– la mala costumbre de llevar el diario a las oficinas que ocupa en las sucesivas embajadas a las que es destinado, donde a veces lo guarda, alientan desde muy pronto los miedos a que sea leído por terceros.

Esta perspectiva lo alarma en la medida en que, a despecho de su discreción y su reserva naturales, está resuelto a confiar al diario asuntos de su intimidad que prefiere que no se hagan públicos, entre ellos su orientación homosexual y los múltiples lances eróticos y amorosos a que da lugar. Sin duda es este aspecto del diario uno de los más reveladores de la personalidad y de la biografía de Pitol, y el que de un modo más flagrante pone de manifiesto el carácter privado que para él tiene la escritura diarística, al menos hasta el momento –más bien tardío– en que empieza a considerar su publicación. La posibilidad de hacer o no pública su homosexualidad, o de hacerla más o menos patente en sus narraciones, con  el riesgo añadido que ello pudiera comportar para su carrera diplomática, fue una cuestión a la que Pitol dio vueltas a lo largo de  muchos años, y que aflora a menudo en estos diarios, por ejemplo,  cuando lee según qué textos de E. M. Forster (homosexual como  él) o cuando sopesa publicar o no El único argumento, el único de  sus relatos en que transparenta de manera relativamente explícita  su homosexualidad (y que finalmente verá la luz en 1980).

En El mago de Viena, refiriéndose a sus años en el Servicio Exterior Mexicano, que son los aquí comprendidos, dice Pitol: «mi diario registra en esos años un permanente interés por la escritura» (p. 622).1 Ese interés resultaba tanto más acuciante en cuanto el mismo Pitol, tras la publicación de El tañido de una flauta (1972), padeció, como escritor, una prolongada sequía.  «En ese lapso de impotencia trazaba en mi diario proyectos, fragmentos de novelas, diálogos truncos, descripciones de personajes, montañas de detalles, pero cuando comenzaba a organizar esos materiales se interponía, como un fantasma maligno, la historia contada en Juegos florales y todo se coagulaba» (p. 622). De este modo, la razón principal que encuentra Pitol para perseverar en su diario es –así lo escribe en la entrada del 24 de abril de 1975– realizar en él anotaciones destinadas a «recordar algunos datos» que puedan servirle después para los cuentos y las novelas que tiene en mente y que se propone escribir.

Con este propósito, ya ese mismo año de 1975 comienza a hacer ocasionales repasos del material acumulado; repasos que, a la altura de 1977, después de una relectura íntegra de todos los diarios que lleva escritos hasta la fecha, lo mueven a concluir, con alguna sorpresa, que, sumadas todas sus entradas, estos forman «una pequeña narración». Observa Pitol cómo «los proyectos de novelas» volcados en sus diarios «adquieren, al menos así me lo pareció, carácter de personajes novelísticos» (24 de mayo de 1977). Ocurre de este modo que, del prolongado marasmo que padecen esos proyectos, emerge inesperadamente la perspectiva de una escritura que integre y articule el material de los diarios; una perspectiva que a Pitol lo excita particularmente, como pone de manifiesto la entrada del 14 de junio de 1977: «En principio me entusiasma la idea de desarrollar esa lucha de temas que pugnan por ganar la partida para ser creados y van contaminándose hasta llegar a crear un solo relato».

Lenta y subrepticiamente, esta perspectiva contribuirá a desatascar la prolongada parálisis creativa que padece Pitol durante casi toda la década de los setenta, y abrirá el cauce por el que  fluirán, poco después, los grandes cuentos reunidos en Nocturno  de Bujara (1981), la redacción final de la tantas veces postergada Juegos florales (1982), el Tríptico del Carnaval (1984-1991) y,  mucho más adelante, la llamada Trilogía de la Memoria (19962005), constituida por El arte de la fuga, El viaje (2000) y El mago  de Viena. Pero los diarios quedan lejos de ser un simple semillero de temas y asuntos a tratar luego literariamente. En una entrada del 20 de mayo de 1977 en que dice haber leído entero su diario, Pitol acierta a enumerar así las «constantes» del mismo:

  1. Los sueños, con su constante reiteración de culpas.
  2. Proyectos de escribir que no se cumplen.
  3. La irritación que me producen algunos compañeros de trabajo.
  4. Los amantes […]. Constantes quejas, con su correspondiente promesa de enmienda, por haraganear, por beber mucho, por mi vida disi­pada.

Referencias a algunas lecturas y espectáculos. Proyectos de viajes, pocas veces realizados. Comentarios sobre amigos, que no dan la idea de mis relaciones con ellos, pues las notas en este diario tienen un tono quejumbroso que haría pensar que mi vida es una desdicha, y no lo es; que mis amigos son una lata, lo que tampoco es cierto.

 

El lector tendrá ocasión de comprobar hasta qué punto estas constantes se repiten a lo largo de los diarios aquí editados. Como se repite igualmente, en cada ciudad a la que Pitol ha sido destinado, la tendencia a idealizar la anterior, o la nueva en la que quisiera residir. Se repiten además la feroz crítica a sus propios trabajos literarios, las listas de libros por leer y los comentarios sobre los  ya leídos; el registro de sus incesantes compromisos como traductor, el inventario de sus achaques y dolencias, el de los lugares que  aspira a conocer, las lamentaciones por el acoso incesante de las  «termitas» (como llama a todas esas personas que lo reclaman por  cualquier motivo, apartándolo de sus ocupaciones), o las apostillas críticas a los sucesos de la actualidad, que Pitol siempre enjuicia desde una perspectiva inequívocamente de izquierdas. Todas estas constantes se desprenden de un empeño vertebral: «escribir lo que soy sin ambages, para poder sentirme libre de culpas» (20 de mayo de 1977). Un empeño que se enfrenta al dilema ya apuntado: «¿Me sentiría mejor solo con afirmar que soy homosexual?». «Me parece que sí», se responde Pitol. Pero solo en el diario será capaz de obrar en consecuencia. Por otra parte, a pesar de sus continuas zozobras, Pitol nunca pierde el hilo que todo lo hilvana y que el 12 de noviembre de 1977, en una entrada en que comenta su reciente lectura de un libro de Simone de Beauvoir,

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Autor: Sergio Pitol. Título: Diarios, 1968-1980: Belgrado, Barcelona, Bristol, Varsovia, París, Budapest. Moscú. Editorial: Anagrama.

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