Septiembre de 1974. Un joven londinense conoce en Venecia a Danilo Donati, el legendario diseñador de vestuario y escenógrafo que hizo realidad las visiones de Federico Fellini y Pier Paolo Pasolini. Juntos se trasladan a los míticos estudios de Cinecittà.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El libro de plata (Alpha Decay), de Olivia Laing.
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Es verdad que hay diez mil personas aquí. No se separa de Dani, pero desde el momento en que pasan por debajo del letrero CINECITTÀ, Danilo se convierte en un bien común. Y su dueño, qué duda cabe, es el estudio. Parece conocer a todo el mundo por su nombre y obviamente todo el mundo lo conoce a él. La gente no para de acercársele y agarrarle la mano o abrazarlo, murmurando comentarios desconcertantes que podrían ser de felicitación o comprensivos. Claro que es un personaje popular, claro que todo el mundo lo adora. Tampoco es que imaginara haberlo descubierto él. Pero Nicholas no puede evitar sentirse pequeño, disminuido, un perro con el rabo entre las piernas.
Los estudios cinematográficos le hacen pensar en Hollywood. Marilyn Monroe y dos payasos con patines, o un oso montado en una moto. La farsa. Aquí también hay payasos, astronautas, monjas, pero todo el mundo se muestra serio, profesional, sencillo. Lo que no significa que no haya payasadas, pero son las mismas que encontrarías en un edificio en construcción o en una escuela. Vale, le dice Dani, dándole con el codo en las costillas. ¿Sigues despierto? ¿Te apetece ver lo mío?
En esta fase de la producción, le explica, todavía no tienen actores. Las monjas las han pillado de otro rodaje. Federico ha estado de casting en Londres. Decidirse puede llevarle meses de dudas cada vez más frenéticas. Tiene la necesidad patológica de ver cada cara de la tierra antes de decidirse por una en concreto. Se sienta a su escritorio, rodeado de fotos, y que Dios coja confesado a quienquiera que se presente allí con la idea de que va a hacer una prueba. Lo mejor que puede hacer el interesado es entrar y contarle los problemas que ha tenido en el tren. ¡O con la mujer! En fin, no te preocupes por eso. En cuanto a mí, yo soy dos personas. El otro Danilo está dirigiendo su taller de confección en Roma. No nos lo vamos a encontrar hoy. Hoy es el día del Dani que monta sets de rodaje. Hoy es el gran día. Hoy empezaremos a convertir esos dibujos nuestros en cosas. Siempre que le gusten. Vamos a ver a Federico.
No había pensado que le iba a tocar conocer a Fellini, y menos todavía hoy mismo. Se lo había imaginado como alguien inaccesible, como un maestro de ceremonias que no se deja ver antes del espectáculo. Pero ahora están subiendo las escaleras del Studio 5, llaman a la puerta, entran. El hombre sentado al escritorio viste con la misma elegancia que Danilo, camisa blanca y corbata negra. Podría ser el director de una empresa de pompas fúnebres. Tiene una testa gigantesca, leonina, y salta a la vista que se ha revuelto el pelo a zarpazos. Dichosos los ojos, ya estás de vuelta, ¿eh? De vuelta a este cadáver mío de película. Se pone de pie de un salto y estrecha a Danilo entre sus brazos, lo aplasta, lo aparta de un empujón para mirarlo de arriba abajo y luego le planta un beso en cada mejilla. El hijo pródigo, dice. Y se ha agenciado un amigo, qué encanto. Un botticellito inglés. Nicholas es empujado, presentado. No termina de creerse lo que está pasando. Abre la boca, pero el río de palabras ya ha pasado de largo, tan veloz, tan expresivo, que es incapaz de seguir lo que se dice. Danilo tiene la cabeza agachada y los hombros erguidos. Parece un toro. Deja la carpeta de dibujos sobre la mesa.
Para Nicholas, el momento favorito de toda la historia del cine es cuando Marcello Mastroianni baja a la playa al final de La dolce vita, con traje blanco y camisa negra, parecido al demonio, y encuentra el cadáver de un pez monstruoso que las olas han dejado misteriosamente en la arena. Se ha masturbado más de una vez con el recuerdo de ese rostro disoluto. La escena trasciende el relato, el realismo. Es pura imagen, en vilo, a punto de caer.
Entiende que se espera de él que pase desapercibido, así que se pone muy derecho y deja que su mirada yerre discretamente por el despacho. Está casi vacío, un cubo blanco instalado en lo alto del inmenso Studio 5. Esta es la máquina donde Fellini enfoca el objetivo, su dispositivo para revisar caras. Hay retratos tirados sobre la mesa, también colgados con chinchetas en un fieltro enmarcado detrás de su cabeza. Lo que las une, a esas caras que le atraen, es que en cierto modo son caras que no tienen conciencia de sí mismas, que no sienten la presencia de ninguna mirada exterior. No hay aquí rostros actorales. Son caras de la calle, del campo, caras que irradian picardía o malicia. Caras inocentes, caras siniestras, caras dentudas o picadas por el acné. Enganchadas entre esas caras, hay horribles caricaturas a rotulador de mujeres con pechos gigantescos y de hombres irremediablemente vencidos por el peso de penes grandes como palmeras. Es casi increíble que el gran director sea este adolescente que brinca en su silla, señalando con el dedo algo que se la ha escapado a Danilo. Se da cuenta de que Nicholas le observa y entonces le guiña el ojo.
Están ahí una hora, siempre de pie. Dani le acompaña por cada dibujo y, aunque hay muchas objeciones, no parece que rechace nada en redondo. Es más de la una cuando salen. Dale de comer a tu chico, dice Fellini. Está flaquísimo. Por un instante siente que lo engulle la luz de arco voltaico de la atención felliniana. Me gustan tus dibujos, muchacho, le dice en inglés. Entonces alarga la mano y le da una palmada en el culo. Nicholas nota horrorizado que se le han subido los colores. Levanta la vista, se encuentra con unos risueños ojos negros, y oye que la puerta se cierra de golpe a sus espaldas. La sensación le recuerda un poco a hacerse una radiografía. No dijiste que fuera marica, susurra. No lo es. Bueno, es largo de contar. Resumiendo, está empeñado en que la gente le quiera. Sí, incluso tú. Tiene la obsesión de seducir. Ay, Dios, Nico. Ya estoy cansado. Aunque, eso sí, es bueno que le hayan gustado los dibujos. ¿Te apetece un café? Podemos tomarlo en el estudio.
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Autora: Olivia Laing. Título: El libro de plata. Traducción: Albert Fuentes. Editorial: Alpha Decay. Venta: Todos tus libros.


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