El Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español, instituido en 2012 para rendir homenaje al autor de Aura o La muerte de Artemio Cruz, y que otorgan la Universidad Nacional Autónoma de México y la Secretaría de Cultura del Gobierno mexicano, se ha ido consolidando como uno de los máximos galardones en nuestra lengua, tan solo por detrás del Premio Cervantes y junto a premios como el Rómulo Gallegos o el que concede la FIL de Guadalajara, aunque este último abarca otras lenguas. Así pues, a su distinguido palmarés, en el que figuran nombres como el de Mario Vargas Llosa, Sergio Ramírez, Luis Goytisolo, Elena Poniatowska o Gioconda Belli, este año se suma el de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), cuya obra destaca por ser una de las más sólidas y versátiles de la actual literatura escrita en español, y en la que el autor ha alternado con excelencia desde la crónica periodística y el ensayo, a la narrativa y el teatro, de modo que el Jurado del premio ha valorado con justicia “la amplitud y alcance de su obra, que abarca distintos géneros con maestría y rigor”, al tiempo que destaca que Juan ha sido “formador de nuevos lectores”, promoviendo “un diálogo del presente con la tradición desde una perspectiva humanista”. Y es que la obra de Villoro tiene la cualidad de haber sido leída con el paso del tiempo por distintas generaciones de jóvenes, quienes se acercan a ella atraídos por la capacidad del escritor de convertir los temas que aborda en asuntos inteligibles gracias a una prosa clara y penetrante, cargada de humor e ironía. Clásicos entre sus más de treinta libros son ya sus cuentos de La noche navegable, La casa pierde o Los culpables; novelas como Materia dispuesta, El testigo o La tierra de la gran promesa; los ensayos Efectos personales y La utilidad del deseo, o las crónicas de Los once de la tribu. Crónicas de rock, fútbol, arte y más, amén de sus libros de literatura infantil y juvenil, como Las golosinas secretas, La cancha de los deseos o El Profesor Zíper y las palabras perdidas. Así pues, bien merecidos los 125 mil dólares, la escultura del maestro Vicente Rojo y el reconocimiento a un autor cercano y sin ínfulas que ha sabido desarrollar una obra literaria de gran valor artístico.
LA KAFKIANA BUROCRACIA DE LAS BIBLIOTECAS MEXICANAS
Una lectora llegó al mostrador de la mega Biblioteca José Vasconcelos de la Ciudad de México, un templo de la sabiduría inaugurado en mayo del 2006, donde se ofrece acceso gratuito a servicios bibliotecarios y a diversas actividades culturales, y que pone a disposición del público, tanto en sala como a domicilio, un acervo bibliográfico integrado por 600 mil libros y colecciones de material multimedia, infantil, en sistema Braille y música, distribuidos en más de 40 mil metros lineales de estanterías. Cuando la lectora solicitó una credencial para acceder al servicio de préstamo a domicilio, el funcionario de turno le dijo que necesitaba un comprobante de domicilio, su carnet de identidad y un número de teléfono de la Ciudad de México al que se le pudiera marcar para comprobar sus datos, número que no podía ser de un teléfono móvil, foráneo o con extensión, sino una línea de teléfono fijo, de casa. “No conozco a nadie con teléfono fijo, hace años que cancelaron los servicios por eso de los celulares”, respondió la lectora solicitante entre sorprendida y contrariada. “Sí, solo así se puede”, le dijo la funcionaria, que lógicamente cumplía órdenes de quien concibió tamaña estupidez burocrática para prestar libros en estos tiempos de telefonía celular. Así que se puso a buscar a “alguien” que pudiera permitirle dar su teléfono fijo para que los funcionarios de la biblioteca hicieran sus comprobaciones, hasta que al fin lo encontró y, entre esos ires y venires, incluidas fallas administrativas de la institución, pues en una ocasión no llamaron el día y a la hora que se ofrecieron a hacerlo ni en ningún otro momento, le tomó tres meses inscribirse en la susodicha Biblioteca Vasconcelos como usuaria con derecho a llevarse libros a casa. Claro, la lectora reflexiona que “es un error permitir que la burocracia y los procesos anticuados frenen el acceso libre y gratuito a los libros y a la lectura”, y que “inscribirse en una biblioteca pública debería ser un trámite fácil, accesible y sobre todo congruente con la realidad que nos circunscribe”. Por ello, ha pedido públicamente que se simplifiquen los procesos administrativos y se erradiquen de raíz las manías burocráticas para que sea posible comenzar a pensar en un México más eficiente. “Hasta entonces”, lamenta, “nadaremos en un mar de papeles inútiles que nos aleja de la lectura y de la libertad”. Kafka somos todos.


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