Desde el primer recuerdo, los padres llegan tarde (…) a los secretos íntimos que más les concernían. Llegan tarde a los juegos que comenzaron otros. Llegan tarde a los cuerpos de sus hijos, al sobresalto mismo de que existan. Tarde. Padres. Llegamos tarde a todo…
(Andrés Neuman, Pequeño hablante)
Querido Mateo,
Hace pocas semanas me tuve que ocupar de uno de esos trámites domésticos que uno va aplazando tanto como puede, hasta que ya no queda más remedio que afrontarlos: la revisión de cierta documentación con datos para un fondo de ahorro que abrimos pensando en ti, casi antes de que llegases, y que tu madre y yo vamos alimentando desde entonces. Tenía media atención repartida entre varias pequeñas cosas que iba resolviendo, en paralelo, con ayuda de la inteligencia artificial, y apenas la otra mitad dedicada a la tarea principal: el último formulario que me quedaba para rematar la cuestión, donde se me preguntaba ahora si conocía mi esperanza de vida media según los datos del INE, para no sé qué proyección financiera. Pulsé, disciplinado, el botón que indicaban y la cifra se manifestó en un instante: 33 años.
Ya fuese por mi déficit de concentración, ya porque la pregunta me pareciese otra parte trivial de aquellos papeles, el caso es que tardé unos segundos en reaccionar. Y cuando lo hice, fue para seguir muy quieto frente a la pantalla y la cifra. No era culpa del número, claro, ni del formulario. Lo que me dejó helado fue realizar el cálculo, tan sencillo que cualquier niño de primaria (seguro que tú el curso próximo, Mateo) lo resolvería sin esfuerzo: 2026 más 33 son 2059. Como tu año de nacimiento, 2020, es tan redondo, mi mente dio, por su cuenta, el siguiente paso: en 2059 tendrás treinta y nueve años.
Me levanté. Tu madre estaba en la cocina con temas de trabajo, y tú veías la tele en el salón como es habitual a esa hora. Os dije que salía a buscar un café, aunque te puedes imaginar que el café era en aquel momento lo de menos. Necesitaba caminar un poco, dejar atrás la pantalla y conseguir que los treinta y tres años volviesen a ser lo que habían sido unos minutos antes: una cifra cualquiera que no tenía nada que ver conmigo. No funcionó demasiado bien. Entiendo ahora, al escribir estas líneas, que no me preocupaba demasiado desaparecer yo. Me preocupabas tú. Sin saber muy bien por qué, y sin nada concreto que me llevase a hacerlo, empecé a preguntarme si estarías bien, si serías feliz, si tendrías a alguien cerca cuando yo ya no pudiese estarlo.
Años atrás, un amigo escritor me había dicho, al conocer la noticia del embarazo de tu madre: “Ahora vas a saber lo que es el miedo”. Me acordé de él aquella tarde, y no era la primera vez. La frase, casi una sentencia, es como un eco que regresa cada cierto tiempo, con un tono ligeramente distinto. Al principio tenía algo de primitivo, instalado en lo inmediato, en cada gesto cotidiano, en tu llanto. Con los años ha ido cambiando de forma, pero se resiste a dejarme. Supongo que lo que no sabía entonces, cuando te observaba dormir para comprobar que seguías respirando, es que el miedo también iba a crecer contigo.
Porque lo intenté, Mateo, allí mismo, en mitad de la calle: probé a reflexionar sobre cómo serías con treinta y nueve años. Y por más que me esforzaba, no me llegaba una sola imagen que no estuviese hecha, de manera evidente, con los materiales que tengo hoy a mano: tu cara actual moldeada torpemente por mi imaginación, alguna suposición sobre tu voz, sobre tu manera de reírte, sobre a quién te parecerás entonces. Incluso podía adivinar que te habías convertido en el astronauta que quieres ser, colocarte en determinada ciudad, inventarte una familia; pero cualquiera de aquellas imágenes decía mucho más de mí que de ti. A tus seis años ya empiezas a ser alguien que no siempre coincide con lo que yo había anticipado; pretender completar desde aquí los siguientes resultaba bastante absurdo. Cualquier Mateo de treinta y nueve años que yo consiga construir será, lo sé de sobra, pura ficción mía.
Volví a casa para poder terminar el trámite del banco, libre ya de distracciones. Y pensé, mientras generaba el justificante de haber grabado correctamente los datos, que aquel fondo y estas cartas se parecen más de lo que había advertido hasta entonces: en los dos casos deposito hoy algo —dinero en uno, recuerdos en el otro— para una persona que, de alguna manera, todavía no conozco. El dinero, al menos, espero que te llegue sin demasiadas explicaciones: será una cantidad y tú decidirás entonces qué hacer con ella. Con estas cartas el asunto parece más incierto. No sé cuáles podrás necesitar, cuáles te parecerán importantes o cuáles leerás preguntándote por qué extraño motivo tu padre decidió conservar precisamente aquello. La diferencia es que el banco me envía cada año un extracto con el saldo actualizado, y a mí, con los recuerdos, ese mismo ejercicio ya me empieza a costar. Cada vez es más difícil sumar.
No sé, hijo, si cuando leas esto tendrás ya los treinta y nueve años de la cuenta o si esta carta te alcanzará mucho antes, cuando ese futuro todavía te resulte tan de mentira como me resultó a mí aquella tarde. Lo único que sé es que, después del breve paseo, tras fracasar en el intento de imaginarte como adulto, entré en casa, me senté contigo en el sofá y nos quedamos allí un rato, viendo tus dibujos en la pantalla del televisor, mientras te ibas pegando poco a poco a mí, como haces últimamente, ya sin necesidad de calcular nada más. Treinta y tres años podían esperar.
Muchos besos, hijo.


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