Los jabalíes han vuelto a pasar la noche celebrando un encuentro familiar: surcos, huellas, y un par de zonas que parecen el desdichado resultado de una acalorada rave forestal. Los tejones, más discretos pero igual de activos, han hecho agujeros estratégicos, como si estuvieran auditando el estado del suelo. Y las velutinas, ese remedo de la vieja Securitate rumana, siguen patrullando el aire como un peligro constante al que todos tememos. Gerald Durrell estaría encantado: cada especie parece tener una agenda secreta, y ninguna coincide con la tuya.
Luego se airea la tierra con la horca, sin voltear, como quien remueve una conversación antigua sin intención de reabrir viejos conflictos. Extiendo el compost que se ha estado cocinando los últimos meses con el cariño de quien coloca una manta sobre alguien que se ha quedado dormido en el sofá. El otoño, pienso, es la estación que mejor entiende la importancia de abrigar sin sofocar.
El acolchado es casi un acto poético: las hojas secas de los árboles del bosque cercano, la hierba segada que ahora es paja, la corteza picada de árboles secos… restos de un verano que ya pasó y que ahora sirven para proteger del frío que viene. El mulching es la versión hortícola del “tú descansa, que yo te tapo”, o como dice Rauw Alejandro en su canción “Amar de nuevo”: “Si ves que me quedo despierto, estoy en mi maquineo. / Tú tranquila, descansa, que yo te estoy protegiendo”.
Ajusto el riego porque ya no hace falta tanta agua, aunque del cielo siga sin caer lluvia. Al menos, con la caída de las temperaturas por las noches, el rocío hace acto de presencia al despuntar la mañana, y con él la tan necesaria humedad. Aprender a no desbordarse también es una forma de horticultura y de vida.
Toca revisar las herramientas. Las tijeras oxidadas te miran con la misma cara que ponen los gatos cuando saben que han hecho algo mal. «Amigo que no presta y cuchillo que no corta, que se pierda poco importa», dices mientras las limpias. Los tutores siguen firmes, los cables de la viña piden retensado, las cuerdas de los postes, la jubilación.
Llega la parte que Cunqueiro habría celebrado con un buen vaso de vino y un cuento improvisado: los cultivos que anuncian los platos invernales. Los nabos ya están listos para la siembra directa, dejando caer sus semillas como si fueran una leve caricia sobre la tierra. Nada de cavar en profundidad ni de taparlas hondo. Los grelos necesitan aire, luz y agua; los grelos no se plantan: se convocan. Su futuro es un caldo gallego que humea como si de él se escaparan los secretos, y las nabizas se dejan caer en la pota con la elegancia de quien se sabe protagonista.
Las brásicas —brócoli, coliflor, repollo, berza, kale— esperan su trasplante. Son plantas que mejoran con el frío, como ciertas alianzas que solo florecen cuando baja la temperatura emocional. Ya imagino la coliflor gratinada, el repollo rehogado, la berza entrando en el cocido como quien prueba la temperatura del agua al entrar en el mar. Sin embargo, las verduras de hoja —acelgas, espinacas, mis tan apreciadas escarolas— son las persistentes. Aguantan todo sin quejarse: el equivalente a lo que algunos llamarían “gente de buen carácter”. Si solo cortamos las hojas exteriores, siguen produciendo. Son como esas rutinas que, bien llevadas, no se agotan nunca.
Las raíces y leguminosas obran en silencio: zanahorias, rábanos, ajos, puerros. Bajo tierra, sin pedir atención, la discreción absoluta. Los ajos y las cebollas más tempranas llegarán en noviembre, como invitados que aparecen tarde pero traen historias jugosas.
Pienso en todo esto mientras recojo hojas para el acolchado y en cómo el huerto, en esta época, parece escucharlo todo. Es un elogio a la lentitud en el que poder pararme a buscar a mi amigo alado favorito, el petirrojo, y prepararme para la llegada de ese invierno frío que ya está a la vuelta de la esquina.


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