Se diría que los escritores forman una mitología de dioses familiares en zapatillas y batín, despeinados y en ayunas, por mucho que los vistamos de domingo. Se les venera con ese afecto inquebrantable con que recordamos a nuestro padre, ese señor saliendo de la cama un domingo por la mañana esparciendo alegría. Si reuniésemos a nuestros escritores del alma en una sola habitación de la casa, veríamos que los motivos de nuestra devoción no son sino la muestra de una pequeña locura sedante. Y para poner un poco de orden en aquella habitación habría que dar paso a los retratos de esos literatos que clandestinamente nos han venido tutelando. Acabaríamos logrando una galería que tendría algo de coleccionismo polvoroso.
Benditos sean estos tres amigos —Jesús Marchamalo (escritor), Antonio Santos (ilustrador) y Diego Moreno (editor)— que de unos años acá vienen trabajando en el maravilloso proyecto de gestar un librito al año —por Navidad—, en cada ocasión centrado en la figura de un querido escritor. El resultado no son exactamente biografías, tampoco análisis literarios ni mucho menos exégesis, pues se trata de eso: retratos literarios. Literarios en su más amplia acepción, pues aquí la literatura no solo la aporta el escritor (Marchamalo), también el ilustrador (Santos) con sus magníficas composiciones e incluso el editor por el buen gusto con que son rematadas las piezas.
Hablamos, pues, de literatura a partir de la literatura.
Estos libros son pequeñas joyas en la línea de la más selecta tradición editorial, cuando la industria apuesta por el libro embellecido no solo por la palabra (que ya sería suficiente), también por la imagen acompañante y, finalmente, por la belleza del resultado, esto es, el objeto.
Ut pictura poesis, nos advierte Horacio.
Pienso que ese tipo de publicaciones despiertan nuestros disipados ecos de la infancia ahora alojada en la senil melancolía. No en vano, Karen Blixen (Isak Dinesen), cuyo «retrato» queda recogido en el volumen que venimos a ensalzar, confesó que ella leía como lo hacen los niños, buscando a través de la lectura al Príncipe Encantado.
Por otra parte, la confección de esta clase de libritos es tan antigua como el propio libro. Desde los egipcios y su afición por incluir jeroglíficos en el papiro, los manuscritos iluminados en la Edad Media, los grabados del siglo XV aprovechando los avances de la imprenta, las litografías y estampas que acompañaron a las grandes novelas del XIX publicadas en primera instancia por entregas, y así hasta el libro-álbum o el coffee table book del siglo XX, aún vigentes en nuestros días. Por no hablar del libro para niños o el cómic.
El prestigio de esta clase de ediciones alcanza niveles extraordinarios si citamos a Durero, Doré o Tinnel, por mencionar solo a tres ilustradores de inconmensurable talento.
De la recopilación de esos libritos aquí aludidos, a los que Luis Landero tiene el acierto de definir como «marchamalines», se obtiene el ejemplar que ahora llega a las librerías titulado, simple y llanamente, con gran acierto, Retratos literarios, de la mano, cómo no, de la editorial Nórdica. Y uno piensa que, en efecto, se trata de retratos literarios, no porque los protagonistas sean literatos, sino porque Marchamalo y Santos se sirven de ellos para hacer literatura y arte.
En este volumen recopilatorio nos esperan los siguientes retratos:
Baroja con abrigo; Kafka con sombrero; Pessoa, gafas y pajarita; El bolso de Blixen; Virginia Woolf, las olas; Stefan Zweig, la tinta violeta; Delibes en bicicleta; Hierro fumando; Dickinson y las violetas; Tres amigas; Onetti ya no está y Monsieur Proust.
En cuanto afrontamos la lectura y contemplación de Retratos literarios lo primero que descubrimos con emocionada gratitud es que no estamos ante la biografía resumida ni la noticia de una anécdota en concreto referida al autor en cuestión. Más bien, recibimos pequeñas aproximaciones, chispazos poéticos, a la cotidianidad, a menudo íntima, del escritor elegido; es verdad que construidas a partir de la subjetividad —así se erige el lenguaje poético— de otro buen escritor, Jesús Marchamalo, quien nos obsequia con la reinterpretación que a él, acordes a su prosa, le sugieren las eventualidades del personaje una vez pasadas por el tamiz de su imaginación.
Así, Baroja, que solo tenía dos abrigos, nos recibe en la intimidad de su casa con gato y frío, mucho frío castizo. Kafka nos lleva de paseo por la irrepetible Praga, con su inevitable sombrero y ese álbum fotográfico que a uno siempre le ha invitado a pensar que el checo es el escritor más fotografiado de la Historia: vivió tímidamente expuesto a los fogonazos de una cámara fotográfica. Pessoa recorre a la vista de todos La Baixa lisboeta, en efecto, con gafas y pajarita desarreglada, haciendo repetidos altos en A brasileira o en aquella vinatería donde se hizo la foto que más tarde le enviaría a Ofelia Queiroz con la siguiente nota escrita al dorso: «Fernando Pessoa en flagrante delitro». En el bolso de Blixen (a quien siempre hemos preferido llamar Isak Dinesen) parece que cupiera medio mundo, al menos Dinamarca y África, por eso lo lleva consigo, y lo protege, a una cena en Nueva York junto a Arthur Miller, Marilyn Monroe y Carson McCullers, donde ella, Dinesen, que en la foto se muestra algo ausente, parece estar pensando en la rosa que cada mañana llega a su casa, incluidos los viernes, el día en que allí los relojes se paran. Reencontrarse con Virginia Woolf en estas páginas es como visitar a la tía abuela que, pese a la frialdad de sus modales un tanto agrios, nos seduce con su parsimonia de reliquia inglesa en medio de la atmósfera adormecedora que irradia su habitación propia. En el retrato de Stefan Zweig llegamos hasta «el último domingo» para recrear, aupados por la imaginación, el final voluntariamente compartido de dos enamorados que se saben, perdidos en Petrópolis, fuera del inaceptable mundo que les tocó vivir, pero abrazados inertes sobre la cama, lo que hace que fijemos nuestra atención en la bondadosa Lotte quien, con su gesto de solidaridad, encarna más que nadie la exaltación de la fidelidad a que conduce el verdadero amor, siempre desinteresado. Ver a Delibes pasando en bicicleta por las anchuras de Castilla (como en un fotograma neorrealista en blanco y negro) nos provoca envidia sana, por cuanto intuimos a un hombre espigado y seguro de sí mismo que va resuelto en busca del amor, esa pasión que al principio le hizo firmar sus dibujos y caricaturas con el acrónimo MAX (M de Miguel, A de Ángeles y X de incógnita por el futuro que aguardaba a la feliz pareja). Fumar un Ducados tras otro con José Hierro, acompañados de una copa de anís y los versos que vayan saliendo, es entregarse a vicios pasados de moda (el tabaco, el anís, los versos…): «después de tanto, todo para nada». Si Emily Dickinson tuviera a bien recibirnos en el cuarto de la casa paterna donde permaneció aislada los últimos veinte años de su vida, solo le miraríamos a los ojos para, enmudecidos, gozar de ese escalofrío que provoca el acojonamiento deseado. Carmen, Ana María y otra vez Carmen configuran, bajo el epígrafe Tres amigas, un retrato cercano, acariciante y consanguíneo; las tres amigas fueron Laforet, Matute y Martín Gaite; o sea, la cumbre de la novela española hecha por mujeres que ha trascendido en compañía de las mejores prosas de la segunda mitad del siglo XX español. Onetti, ay, Onetti, cama y cigarrillo, Faulkner y arrabal, Santa María y las máscaras del fracaso… Por último —a lo mejor es por donde debería empezar todo—, nos acercamos a Monsieur Proust, cuyo rótulo me conduce al título de un libro entrañable y confesional firmado por Céleste Albaret, ama de llaves, amiga, confidente y enfermera de Marcel Proust
En fin, Retratos literarios es un libro hecho para hacerse fetiche.
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Autores: Jesús Marchamalo & Antonio Santos. Títulos: Retratos literarios. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.


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