Por mucho que hablemos de literatura, vayamos con la verdad por delante: reseñar al reseñista es un ejercicio de alto riesgo. ¿Qué podemos decir que no haya dicho él? ¿Hablamos de su libro o de los libros que trata?… Aun así, confieso que el reto suele proporcionarme tentadoras dosis de satisfacción, las cuales se multiplican cuando, una vez concluido el trabajo, me es dado ratificar, con franca modestia, que la osadía ha merecido la pena. Porque de un tiempo a esta parte la literatura que más me entretiene —leída o escrita— es la que gira sobre sí misma: literatura a partir de la literatura. Se diría que me siento atrapado en una espiral que empieza y acaba en el vaporoso infinito. También es posible que uno esté sacando provecho de la impunidad que generosamente nos brinda ejercer de tonto, ya que, a fin de cuentas, el tonto es la única figura irrefutable en el mundo de la novela (mucho me temo que también en la vida real).
Maugham dejó escrito en sus diarios: «Aquí hay materia para una novela, pero no la escribiré porque Jack London la ha escrito ya». Y uno se pregunta, ¿quién no convive junto a su particular Jack London?
Mas centrémonos en Diez grandes novelas y sus autores: Los secretos del arte narrativo, de William Somerset Maugham (Tusquets, 2026).
Todo comenzó, confiesa el autor, con el encargo que le hizo la revista norteamericana Redbook para que eligiera las diez mejores novelas. Desde luego, Maugham no arriesgó demasiado y escogió una decena de obras, con sus autores, sobradamente conocidas y, salvo una, pertenecientes al novelesco siglo XIX, acerca del cual el autor afirma que es la centuria que produjo las mejores novelas (no estamos de acuerdo con él). No obstante, el seleccionador admite que pudieron ser otras; pero el caso es que se quedó con las siguientes: Tom Jones (Fielding), Orgullo y prejuicio (Jane Austen), Rojo y negro (Stendhal), Papá Goriot (Balzac), David Copperfield (Dickens), Madame Bovary (Flaubert), Moby Dick (Melville), Cumbres Borrascosas (Emily Brontë), Los hermanos Karamazov (Dostoievski) y Guerra y paz (Tolstoi)
A esta relación hay que añadir, y agradecer, una jugosa y muy sincera introducción sobre «los secretos del arte narrativo» y un texto a modo de conclusión y con formato de relato, ambos firmados por el propio autor.
En la introducción, que lleva por título “El arte de la ficción”, se dan cabida a interesantes opiniones acerca del trabajo de la escritura de novelas, pareceres que en algunos casos pueden resultar aparentemente superficiales. Aun así, son de una clarividencia y franqueza sobresalientes, pues se apoyan en la inhabitual sinceridad con que los escritores y lectores de novelas acostumbran a hablarnos de su experiencia. Valga como ejemplo el descubrimiento de un método de lectura seguramente más usual de lo que nadie se atreve a confesar, teniendo presente que en la elaboración de aquellas novelas decimonónicas y demasiado extensas, si bien por exigencias editoriales (la mayoría fue editada por entregas), el autor solía añadir a su obra un buen número de páginas que cabe considerar de relleno. Hablamos del método que consiste, pues, en la lectura a saltos (Maugham lo llama «saltarse el texto»). A su vez, nos descubre al «lector corriente», aquel que solo lee por placer, porque ¿a cuántos de nosotros no nos irrita en silencio (la corrección política y esas cosas), lo mismo que le sucedía a H. G. Wells, la idea de que la novela sea «un simple medio de esparcimiento»? ¿Acaso un juguete?
Por otra parte, Maugham señala un fenómeno interesante acerca del cual no habíamos reflexionado hasta ahora. Esto es, que el lector sea más avispado que el personaje o incluso que el autor, por más que este se acomode en la omnisciencia. Cuando esto ocurre —el personaje previsible— la novela comienza a flaquear.
Permítaseme agregar, al respecto, la siguiente ponderación completamente personal: se me ocurre proponer que quien mejor ha de esquivar dicho desequilibrio entre el personaje y el lector es el personaje tonto (valga citar a unos pocos: desde Margites hasta Ignatius J Reilly, pasando por Gargantúa, Simplicissimus, Sancho, Bouvard, Pecuchet, Benji…; alguno incluso con estatua en su pueblo).
Llama la atención que las diez novelas elegidas —pensamos que de forma un tanto apresurada— ocupan un corto periodo de tiempo (una pertenece al siglo XVIII y el resto al XIX), descartando los grandes títulos contemporáneos para Maugham; es decir, la fructífera primera mitad del siglo XX. Está en su derecho. Además se protege al afirmar que sus diez novelas escogidas podrían ser sustituidas, en cualquier momento, por otras diez (personalmente, preferiríamos mayor presencia del siglo XVIII —origen, sin lugar a dudas, de la novela moderna (Swift, Sterne, Diderot, Jean Paul…)—, por no hablar del XX).
Demos un repaso acelerado por algunos de los capítulos del libro, si bien atendiendo a nuestras propias preferencias y simpatías dado que el espacio de un artículo tampoco da para mucho más y la coincidencia entre nuestros gustos y los de Somerset Maugham no coinciden plenamente.
En primer lugar nos detenemos en Tom Jones, de Henry Fielding. Como muchos otros novelistas, incluido el propio Maugham, Fielding comenzó probando suerte en el teatro, sin éxito —salvo en el caso de Samuel Beckett, cuyo triunfo incontestable en la escena (Esperando a Godot) tuvo lugar en 1953, un año antes de la edición del libro que comentamos, lo cual pudo haber evitado la afirmación que el inglés refleja en sus páginas acerca del fracaso de los novelistas en el campo de la dramaturgia. De la novela de Fielding, Maugham afirma que su protagonista, Tom Jones, acaba pareciéndose mucho al autor, lo que da pie a la tesis, bastante extendida, que sostiene la preponderancia del fenómeno psicológico de los personajes, en la novelística del XVIII, frente a la simple aventura que estos viven. Por supuesto admite que no solo Tom Jones, sino toda la novela inglesa (también irlandesa, hay que añadir) de ese siglo —origen de la novela moderna, como hemos dicho— bebe de las fuentes de la picaresca española, y dicha afirmación, unido al definitivo respaldo dado al Quijote en aquellas latitudes, nos hace preguntarnos por la causa que provocó que el género novelístico haya permanecido por completo ausente en nuestro país en ese mismo Siglo de las Luces, salvo algún modestísimo intento, tal es el caso de las Cartas marruecas, de José Cadalso; por cierto, claro seguidor de otra moda del momento: la novela epistolar (Richardson).
A Stendhal se le considera el padre de la novela psicológica (lo corrobora André Gide), y Maugham —quien apuesta por Rojo y negro— no hace sino alimentar la tesis. Al francés no le interesa la simple descripción de la acción dramática si no es como consecuencia de las emociones que afectan a sus personajes. En este sentido, Maugham destaca el personaje «logrado» de Madame de Rêchal —por encima incluso de Julien Sorel— dado el cúmulo de virtudes que la definen, difícil de plasmar en un ser de ficción.
En cuanto al autor de La comedia humana, tras admitir la «genialidad» de Balzac, Maugham reconoce sus defectos, y es en este sentido que justifica su elección de Papá Goriot, pues la considera libre de los defectos balzacianos, tales como sus habituales disertaciones sobre asuntos, si no intrascendentes, desde luego alejados de la trama en cuestión. Además, afirma Maugham, Vautrin es «una gran creación».
Con Dickens sucede algo parecido. La admiración que Somerset Maugham confiesa sobre este autor no queda exenta de cierta y comedida crítica adversa. Le gusta el humor dickensiano, pero su «patetismo» le deja —confiesa— indiferente. Defiende que David Copperfield es la mejor obra del inglés y, por encima de otras valoraciones, la considera una galería de personajes extraordinariamente perfilados; si bien alguno parece que estuviera diseñado para aquel teatro de los bajos fondos al que llamaban «melodrama transpontino». Sus personajes, añade el autor, puede que no sean reales, pero están muy vivos. Y eso no es poco.
En el capítulo dedicado a Gustav Flaubert y su Madame Bovary, la conexión entre biografía y obra alcanza un excelente nivel de fusión; es didáctico, perspicaz y entretenido. Por ahí vamos comprendiendo la adscripción del autor de Croisset tanto al Romanticismo como al Realismo, para llegar a la conclusión de que, en realidad, nos encontramos ante un escritor personal y alejado de modas cosmopolitas, escuelas o intereses mercantiles. Su retiro provinciano y su actitud existencial lo convierten en un huraño provinciano cuya única misión en esta vida no parece ser otra que crear la «gran obra de arte». De ahí que lo primordial, en su caso, sea la búsqueda de un estilo depurado y casi obsesivo con la palabra (le mot juste). Un estilo con el que el escritor pretende disimular la «vulgaridad» de sus personajes. A tal extremo llegó su voluntario retiro casi monacal que, amén de una salud poco fiable, ni el éxito ni el amor fueron capaces de distraerlo (con Louise Colet mantuvo una laxa relación que duró dos años, durante los cuales solo se vieron en persona seis veces: algo similar al caso de Kafka y Milena).
Maugham hace hincapié en la pretensión flaubertiana de permanecer, en tanto autor, fuera de su obra, pretendiendo con ello crear una atmósfera de objetividad y, quién sabe, de plena autonomía por parte de los personajes. Pero sucede que «es imposible alcanzar la impersonalidad total». Asimismo, el inglés, que parece no tenerlas todas consigo respecto a Flaubert, denuncia que el final de Madame Bovary resulta «apresurado y arbitrario».
Finalmente nos entregamos a estas palabras del autor francés: «Cuando encuentro una asonancia o una repetición en mis frases, sé que estoy atrapado en una falsedad».
Pues resulta que en esa misteriosa falsedad nos adentra William Somerset Maugham con oficio y pasión.
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Autor: William Somerset Maugham. Título: Diez grandes novelas y sus autores. Traducción: Fabián Chueca. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.


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