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Esas sombras que atan

Hubo tres mujeres de la misma época (Camille Claudel, Jeanne Hébuterne y Milena Jesenská) que dibujaron —apartadas en el pie de página de la Historia de la cultura moderna— la paradoja de formar tres presencias casi espectrales entre lo más exquisito del arte y la literatura modernas (Auguste Rodin, Amedeo Modigliani y Franz Kafka). Tres mujeres que, atrapadas en la incomprensión, se nos presentan como echadas a un lado, tanto por la sociedad en que les tocó vivir como por la pasión desenfrenada y autodestructiva con que cada una de ellas se entregó a su artista amado, sacrificando la razón y hasta la vida misma (casos de Camille Claudel y Jeanne Hébuterne) o la idealización amorosa a partir del contacto epistolar, donde solo median las silenciosas palabras que alimentan el deseo y la ensoñación. Es el caso de Milena Jesenská.

Las tres, aunque en mayor medida las dos primeras, Camille y Jeanne, pagaron un alto precio, desde luego, pero también obtuvieron el beneficio de la profana y civil canonización en el santoral de la cultura.

El silencio alecciona. La mejor literatura —a partir de la piedra, la acuarela o la palabra— es la que no ha llegado a ser nombrada aún al anunciarse iluminada por la esperanza. ¿Acaso no existe un objeto, una persona o una idea por permanecer ocultos a nuestra mirada o conocimiento? Tal vez sea suficiente el simple hecho de haberse asomado a la existencia al socaire de una desbordada pasión. Eso les sucedió a las tres heroínas del hermoso libro, firmado por Jordi Sierra i Fabra, titulado Más que amantes y que ha publicado, con encomiable belleza, la editorial barcelonesa Boldletters, en su colección Vivencias narradas.

"Para siempre perdida Camille; extraviada como lo estuvo en vida, como muchas de sus esculturas destruidas por ella misma, como el amor, al que acabó convirtiendo en despechada belleza material, cuando no en venganza"

Aunque sepamos que Camille, loca y despechada, la emprendió a martillazos con sus esculturas, negándoles la posteridad, ello no nos impide afirmar que su arte existe —no solo el que ha llegado hasta nuestros días—, ya sea al elevado precio de la locura, la superstición o el olvido o, peor aún, al simple coste de la soledad, primero en el sanatorio de Ville-Evrard y finalmente —los últimos treinta años de su vida— en el manicomio de Montdevergues, donde permaneció todos esos años sin recibir visitas, salvo las siete —sí, siete en treinta años— que le hizo su hermano Paul Claudel y, por supuesto, sin contar con el menor afecto y mucho menos comprensión, una vez fallecido su querido padre, el único que la defendía y apoyaba frente a los reproches de su hermano, el gran poeta —a quien cabría definir, yo lo hago ahora, como el poeta cuyos versos semejan la reliquia de un zafiro—, la inflexibilidad de su madre, el juicio de la gente y la displicencia de Rodin. En tales condiciones solo cabe esperar un destino: la tumba sin nombre y distinguida tan solo con un número cualquiera, pongamos el 392. Años después, la tumba número 392 del pequeño cementerio de Montdevergues también desaparecerá. Para siempre perdida Camille; extraviada como lo estuvo en vida, como muchas de sus esculturas destruidas por ella misma, como el amor (l’amour fou), al que acabó convirtiendo en despechada belleza material, cuando no en venganza (La edad madura). Pero ella, al destruir a martillazos gran parte de su obra, lo que en el fondo buscaba era acabar con un hombre todopoderoso, un artista incuestionable, el gran Auguste Rodin, quien con una piedra era capaz de hacer tangible cualquier tipo de sentimiento humano, como solo los grandes poetas logran hacer con las intangibles palabras. Eso es. Acabar con un hombre, con un sistema o con ella misma. Lo cual significaba, por aquel entonces, estar loca.

"Ella fue consciente de las ataduras que la unían a la sombra del genio. Pero a su modo vivió feliz. Nada que objetar. Feliz hasta el extremo trágico de decidir su propia muerte"

Aunque sepamos que Jeanne Hébuterne era muy joven, que estaba a punto de dar a luz por segunda vez y, sin duda, que poseía un gran talento como pintora, tras la muerte de su amado Amedeo también buscó acabar con todo cuando, dos días después de fallecer Modigliani, dio el salto al vacío desde la ventana de su antiguo cuarto en la casa paterna de París. Iba embarazada de nueve meses. ¿Qué podemos pedirle a una muchacha que solo fue capaz de vivir veintiún años?… Aun así, hizo hermosos cuadros, como modelo perdura para la eternidad en los trabajos de aquel ángel guapo y abrasivo llamado Amedeo Modigliani (Modi para sus amigos, por aquello de maudit) y fue fiel a sus circunstancias alternativas y demoledoras. Con Modigliani vivió tres años que rebasan su breve biografía, porque la conjunción creada entre estos dos disipados no dio para más. Así se las gasta esa broma inesperada llamada vida. Primero se murió él y a los dos días ella echó a volar hacia la nada desde un quinto piso. Solo fueron tres años, pero vaya trienio… Abrazaron el prodigio, la pobreza, la enfermedad y la bella improvisación, además del desorden y la locura que exige la libertad menoscabada por tantas ataduras de la vida, y lo hicieron aun a costa de la transitoriedad. Modi era guapo y culto, atraía a las mujeres y las disfrutó sin reparo. Luego las retrataba desnudas («las desnudaba para pintarlas y las pintaba para desnudarlas»), pero a Jeanne, a la que también inmortalizó con sus pinceles, jamás la retrató desnuda y, además, a ella le colocó los ojos completos y vivos («cuando conozca tu alma retrataré tus ojos»), no como a las otras. En el libro se añade una fotografía de la acuarela de Jeanne titulada La suicida, en cuya contemplación nos paralizan las tremendas impresiones que nos aporta el cuadro. Ella fue consciente de las ataduras que la unían a la sombra del genio. Pero a su modo vivió feliz. Nada que objetar. Feliz hasta el extremo trágico de decidir su propia muerte. Pero, ay, se encontraba en el noveno mes de embarazo… Modi y Jeanne ya tenían una hija, Jeanne Modigliani. Y finalmente descansan juntos en el Père-Lachaise.

Incluso aunque sepamos que el de Milena Jesenská es un caso distinto al de las dos anteriores, Sierra i Fabra la ha elegido como tercera muestra de mujer sentimentalmente atrapada entre los complejos entresijos de un genio, por más difíciles de asimilar que resulten. Ahora toca Franz Kafka. A nuestro entender se podría haber optado igualmente por Felice Bauer o incluso Dora Diamant, principales mujeres en la vida sentimental del checo.

"Sabido es que Kafka, el raro Kafka, prefería relacionarse con fantasmas, de ahí su afición al trato epistolar con las mujeres que se asomaron a su vida"

Milena era una periodista y traductora de relativo éxito, casada con Ernst Polak, escritor asimismo escasamente reconocido. Ella era joven, notoriamente culta y dueña de estimables relaciones sociales, si bien su vida junto a Polak no resultaba en absoluto fácil ni feliz. Milena y Franz apenas se vieron en persona un par de veces, y su relación se circunscribió al contacto epistolar (Cartas a Milena), aunque solo conozcamos las escritas por él. Se conocieron en el café Arco de Praga, donde revoloteaban tertulias de intelectuales y artistas locales, lo cual da muestras de la personalidad de Milena, una personalidad que la salvaguardó de la dependencia intelectual del escritor. Lo admiraba, sí, y en parte lo compadecía, hasta el extremo de vivir confundida respecto a las verdaderas intenciones sentimentales de ambos. Ella, por ocultar lo referente a su persona, amputó una parte significativa de los diarios de su espiritualizado pretendiente en la distancia (1920-1921). Sabido es que Kafka, el raro Kafka, prefería relacionarse con fantasmas, de ahí su afición al trato epistolar con las mujeres que se asomaron a su vida. Milena escribió sobre él: «Era demasiado sabio para vivir y demasiado débil para luchar». El drama de Milena fue pasar a formar parte del complejo atrezo fantasmagórico que acompañó la breve y afligida vida de Kafka. Este capítulo de Más que amantes nos llega en forma de diálogo novelado —con pequeños fragmentos intercalados tomados de las cartas— entre Milena y su gran amiga Margarete Buber-Neumann, que fueron compañeras y confidentes en el campo nazi de Ravensbrück, donde Milena moriría de enfermedad el 17 de Mayo de 1944. En el epílogo se incluye el artículo necrológico escrito por Milena sobre Franz Kafka y publicado el 6 de junio de 1924, es decir, tres días después de la muerte de aquél. El texto es la más inteligente aproximación a la persona de Kafka que hayamos podido leer hasta ahora.

Tres mujeres. Dos de ellas (Camille y Jeanne) dando tumbos existenciales en torno a los límites de lo humanamente soportable. Llegamos, pues, a la locura (Camille), la pasión enceguecida (Jeanne) y la secreta espera pequeño burguesa (Milena).

Más que amantes retrata a las tres, junto a sus partenaires, cuando el espectáculo del amor se vuelve estrafalario. Sierra i Fabra radiografía a sus heroínas, las reivindica y las reinventa.

El autor estructura la obra en tres apartados que definen la peculiaridad de cada protagonista y su aventura existencial al margen de toda convención. Estos apartados son: Tormento Camille, Solo Jeanne e Impetuosa Milena. Ya en el prólogo se nos advierte que se trata de tres mujeres que amaron «al límite», y cada historia ofrece el atractivo de ser enfocada desde un estilo diferente a los otros (ensayo, entrevista y novela), lo que certifica el oficio del autor, prolífico escritor capaz de tocar cualquier tema (ficción o ensayo) sin dejar de asombrarnos por su fecundidad y, sobre todo, la calidad de su escritura. De Sierra i Fabra bien podría decirse que respira literatura, como si su trabajo respondiera a una indispensable escritura branquial.

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Autor: Jordi Sierra i Fabra. Título: Más que amantes. Editorial: Boldletters. Venta: Todos tus libros.

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