La mejor filosofía deportiva pasa siempre por un credo compartido y asimilado por amateurs, consagrados, estrellas del firmamento olímpico y benjamines en ciernes de emprender el arduo camino del esfuerzo, la nobleza y el orgullo: lo importante es perder. Eso también se entrena. En su defecto, el sueño de la grandeza genera monstruos difíciles de domesticar. Es en la doma de la pérdida donde se libra la gran batalla de la supervivencia y es cuando avanzamos instalados en aquella perspectiva obligada desde donde se viven las inmensas alegrías que depara la victoria, siempre mejor cuanto más trabajada. Y sí, lo importante es participar. Pero qué difícil resulta ceñirse a ese lema, incluso si uno lleva al Betis en el corazón, manque pierda. Dificilísimo, porque aquí no sobra el superlativo. Ya lo decía Carlos Mestres Ruiz, el narrador venido a menos (o tal vez a más) de la primera novela de Manuel Pérez Subirana, Lo importante es perder (2003). Perder en su caso es recobrarse, y la derrota trae consigo el sabor de los duraznos recolectados durante el momento óptimo de maduración. En aquella historia inaugural, el uomo qualunque en el que acaba convertido el protagonista no puede por menos que constatar que “encontraba maravilloso que esa nueva vida estuviera hecha de nada”. Un regodeo que derrama voluptuosidad por el puro placer de ser un don nadie, uno de tantos. Es la ligereza, hermano.
JOMO lleva por subtítulo El gusto de perder y, en efecto, de su placentera lectura se desprende que sí, que existe una alegría en la renuncia. Ante la ilusión de la abarcabilidad del mundo, la constatación de su imposibilidad. La idea no es nueva, ahí están los libros Joy of Missing Out: Finding Balance in a Wired World, de Christiana Cook (2014) o La alegría de perderse cosas (Koan, 2019), de Svend Brinkmann. Pero este fenómeno rebelde que tarde o temprano iba a surgir como respuesta a la sobreestimulación y el consiguiente estrés producido por ese no-querer-perderse-nada ha encontrado en la figura del joven filósofo formado en Barcelona un valedor locuaz y directo, que aparece en el momento idóneo y ha convertido el centenar de páginas de su tratado (no por breve menos importante) en una suerte de guía para perderse a conciencia. Un aviso bien trabado a navegantes que intuyeron que en el no estar, no posar, no consumir, y en el sí holgazanear, sí divagar, sí improvisar se encuentra el tesoro que nos ancla a la vida. Vivir es decir no. La renuncia trae consigo serenidad, una actitud muy parecida a la que muestra el limpiador de urinarios Hirayama, al que da vida Koji Yakusho en Perfect Days (2023), de Wim Wenders. En la película transparenta una oda a la belleza de lo mundano y al lema acuñado por Mies van der Rohe que reza “menos es más”, o lo que es lo mismo, la eliminación de lo superfluo para que brille lo esencial.
Triunfa JOMO en su sencillez y en su obviedad. Con pararnos ya se advierte que la artificiosidad de la vida zombificada a la que pretenden abocarnos las tecnologías—siempre con cabeza humanas pensantes detrás— conlleva el precio de la autoexplotación, el burnout y la depresión. Si a ello le añadimos la constatación de que en las nuevas generaciones no permea como antes el cuento del “trabajo soñado”, ni de la buena vida imaginada como resultado de la carrera meritocrática de la falsa clase media, el castillo de naipes no es que caiga, es que salta por los aires y sólo resta recomponer con verdadera desilusión y orgullosa clarividencia los restos del constructo que la fantasía capitalista nos había hecho imaginar. Hoy sabemos que el sueño, por ser sueño adoptado, impuesto, no propio, es irrealizable. Nadie dijo que fuera fácil dejarse caer del burro (desde luego aquello no aceptaría el símil del caballo), pero qué alegría tratar de reinventarse desde la sencillez. Huelga decir que se respira mejor, y tal vez con el ahorro del dinero gastado en estupefacientes y terapias se puede montar un rinconcillo para darse, de tanto en tanto, sin demasiados cargos de conciencia, el gusto de una paella con amigos frente al mar, ese agua y esos ratos que todo lo curan.
Junto al recién aparecido Gran manual del fracaso: Desmontar el éxito, la identidad y el amor, de Juanpe Sánchez López (Anagrama, 2026), ambos cuadernos forman una obligada parada reconstituyente que persigue la reinvención tras la demostrada adversidad circundante. Puede que parezca que se trata simplemente de caer en la socorrida expresión de hacer de la capa un sayo, que también. No es el regodeo del perdedor. Al contrario, diríase que estos ensayos entroncan con la nueva filosofía rehumanizadora que podría caber sin demasiado esfuerzo en lo que yo llamaría Filosofías del alivio. Buena falta hacía. Con JOMO, Juan Evaristo Valls Boix explica los síntomas y ofrece algún remedio que puede ayudar a paliar el dolor que provoca la toma de conciencia. Pero la decisión de escoger entre la pastilla roja del despertar o persistir con la azul en el engaño ya le pertenece a cada cual. Ánimo, y mucha suerte.
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Autor: Juan Evaristo Valls Boix. Título: JOMO: El gusto de perder. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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