Cuando Charles Dickens (Landport, 1812 – Gads Hill Place, 1870) inicia la aventura que da pie a la reconstrucción biográfica que ha emprendido Philippe Delerm (Auvers-sur-Oise, 1950), lleva veintidós años casado con Catherine Hogarth, con quien ha tenido diez hijos. Le quedan por escribir Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas, Nuestro amigo común y la inconclusa El misterio de Edwin Droop. A la sazón pueden advertirse dos cosas: la primera, es el escritor más leído del mundo; la segunda, necesita ser el foco de la idolatría que le profesan sus lectores, a uno y otro lado del océano.
Desde muy temprano, Charles Dickens sintió la necesidad de ser aplaudido. Diríase que ésa es la base de su carácter y la marca personal desde su primera infancia. Unos padres más distantes que ausentes pueden marcar una disposición casi natural a buscar subir a un escenario, a representar vidas ajenas con una soltura que siempre propicia tandas de vítores y aplausos. O, como escribe Delerm, “querer que las páginas inventen otra forma de ser amado, en el escenario.” La pasión recuperada por Dickens en la última década de su vida se convierte en el motor que le obliga a dejarse la salud en el empeño, hasta la extenuación y la muerte acaecida aquel fatídico 9 de junio de 1870, debido a una apoplejía, o lo que hoy llamaríamos un accidente cerebrovascular, que lo encuentra en la mesa de trabajo mientras daba forma a El misterio de Edwin Droop. Y sí, podríamos convenir con el biógrafo que “Toda vida es un suicidio deliberado”, pero habrá que añadir que en el caso de Charles Dickens nos encontramos ante un suicidio obtusamente intencionado. A todos nos pasa que la sobrecarga adrenalínica que llevamos diluida en nuestros días oculta a menudo síntomas o debilidades que aparecen en el momento en que dejamos espacio para permitirnos un relajo en la intensidad del vivir. Es ahí cuando enfermamos, poniendo en marcha un mecanismo de defensa que no busca otra cosa que hacernos frenar. Dar espacio para que el cuerpo y el alma se reconstruyan para seguir afrontando el curso de la existencia. Él no lo hizo y sus ojos gris-azulados se cerraron para siempre.
Charles Dickens no se permitió un descanso en la década prodigiosa que va de finales de 1858 a mediados de 1870, por muchas señales que el cuerpo le mandase, la dolorosa cojera, los desfallecimientos inoportunos, ese malestar persistente. Nada pudo frenar la exaltación que lo condujo al suicidio debido al ritmo impuesto para mantener los compromisos adquiridos con sus miles de lecturas públicas. Hizo caso omiso a las señales, enzarzado en amasar una fortuna (añadiéndola a la que ya tenía) con la lectura en Estados Unidos —ya había estado en el país en 1842—, el Reino Unido y Europa de sus pasajes más reconocibles, los que conciernen al temprano Pickwick con su caricatura bufonesca de las costumbres judiciales, al dramático Oliver Twist y el retrato lacerante de la miseria londinense, para acabar con el paseo por las historias navideñas, en particular la más perfecta y singular Canción de Navidad, con ese misterio concentrado en la aridez del corazón del viejo Scrooge, austero y avaro hasta decir basta. Desde muy pronto los inmediatamente contemporáneos del autor sintieron la necesidad de decir hasta hoy mismo que llega diciembre y uno se ve obligado a pensar en Dickens. Tal era la correlación entre las ficciones del escritor y el espíritu navideño.
No sólo la Navidad está impregnada del aroma dickensiano. Como bien dice Philippe Delerm, “se piensa en “una atmosfera a lo Dickens” aun cuando no se le lea. Ha entrado en la piel del mundo”. El autor que se hizo célebre con El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida no necesita más de dos líneas para dar con las claves de comprensión del fenómeno. A veces, línea y media: “Ninguno de sus diez hijos le habrá sido tan querido como los hijos de sus novelas”. O incluso una: “La idea de Londres pertenece a Charles Dickens”. Con una poderosa capacidad sincrética, Delerm va al centro del meollo, desbroza lo accesorio y se queda con lo sustancial para dar forma a su cometido. Amparado en un selecto e incuestionable aparato bibliográfico, Delerm logra explicar las motivaciones biográficas, psicológicas y morales de un gigante de la novela que siempre quiso ser actor, en una época en la que ser novelista ya era la aspiración de cualquier deseoso de fama con las letras. Si la posteridad se mide en reediciones y la eternidad se gana con aplausos sostenidos en el tiempo, la preocupación de Charles Dickens por pasar a la historia no tiene razón de ser.
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Autor: Philippe Delerm. Título: El suicidio exaltado de Charles Dickens. Traducción: José Ramón Monreal. Editorial: Navona. Venta: Todos tus libros.


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