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Un reservorio para la intuición

Un reservorio para la intuición

La atomización contemporánea conlleva que la trastienda editorial ande revuelta. Lo que antes suponía una anomalía (casi todo vuelve si se le da tiempo) se convierte en una medida dosificación del conocimiento encuadernado. Hoy el mamotreto tiene mala fama, a no ser que un famoso lo afame, pero eso cada vez ocurre con menos frecuencia, puesto que la lectura no es un placer de babilla, sino que requiere un esfuerzo que no siempre se desea emprender, aunque las recompensas se vislumbren magníficas en el mejor de los casos. La descarga inmediata de dopamina casa mal con la paciencia, y eso de postergar la ganancia ya no se entiende, porque a menudo la ganancia se encuentra en el camino, y hoy todo son atajos y veredas. Dado que todo tiene sus riesgos, desembocar en un cul de sac es a veces el destino ante tanto afán inminente por acortar la carrera. No obstante, alguna ventaja trae consigo la pérdida de atención y la lectura accidental a salto de mata. Una de las más interesantes es la proliferación de colecciones de libros en pequeño formato, sin llegar a los excesos del crisolín de antaño ni al maltrato del posible lector con tamaños de letra que lo abocarían a uno a una tortura anunciada.

A la sombra de los míticos y gauchedivinescos Cuadernos Ínfimos de Tusquets y los Cuadernos Anagrama han proliferado otras aventuras editoriales que recogen el testigo de las editoriales pioneras barcelonesas y ponen al día la oferta a la luz del nuevo signo de los tiempos. Acantilado, Siruela, Debate, Minúscula y muchas otras guardan parte de la producción para acoger brevedades que hacen las delicias de un público diverso y, a la heterogeneidad de propuestas, añaden la ampliación de nuevos autores en catálogos a menudo excesivamente herméticos. Sin olvidar la tarea divulgativa que trajo consigo el mejor ensayismo de la colección Austral de Espasa-Calpe o la labor de Alianza Editorial en el estertor del franquismo, lo cierto es que parece que los breviarios han resurgido para quedarse. Todo vale si la dicha es buena.

"El tiempo y la electricidad han alterado sustancialmente el manto sonoro que conduce al rapto pseudomístico, no así la esencia que abre las puertas de la percepción, aplaca demonios o ritmifica la existencia"

El escritor mexicano de origen catalán Jordi Soler (La Portuguesa, Veracruz, 1963) ha apostado por aprovechar la oportunidad que le brinda el formato para proponer dos volúmenes, aparecidos con escasas semanas de diferencia entre ambos. En Ámala locamente, el primero en el que nos fijamos, hace lo que promete el subtítulo: desmigaja trece canciones y las abre en canal para disfrute de curiosos y fanáticos de la composición musical más rockera (se abre con la famosa cita de los Rolling Stones “I know, it’s only rock’n’roll, but I like it…”) y le sigue otro epígrafe de John Cage, el mago de los silencios que no lo eran. Cage definió el propósito de la música no como la autoexpresión emocional o la búsqueda de traer orden al caos, sino como una forma de despertarnos a la vida que estamos viviendo. Creía que la música debía ser un “juego sin propósito” que permitiera a todos los sonidos —ya fueran deliberados o accidentales— simplemente existir. Pero aquí se centra en plantear que “el propósito de la música es el de serenar y aquietar la mente, haciéndola así receptiva a las influencias divinas”, como observó en el ensayo Experimental Music (1957). El tiempo y la electricidad han alterado sustancialmente el manto sonoro que conduce al rapto pseudomístico, no así la esencia que abre las puertas de la percepción, aplaca demonios o ritmifica la existencia. Por ahí van los tiros de la selección de Jordi Soler: The Rolling Stones, The Doors (a los que afana el título para el libro), Led Zeppelin, Pink Floyd, Janis Joplin, Cream, The Who, Leonard Cohen, Talking Heads y, sorpresa, Soda Stereo (la biografía también juega en la selección).

En la gran mayoría de estas composiciones, la mujer tiene un papel relevante, a pesar de que el mundo del rock no fuera proclive en sus inicios a incluir intérpretes femeninas, como aclara el escritor a modo de descarga en su introducción. Rescata a una grande, Janis Joplin, aunque lo hace más por afinidad con el tiempo de los descubrimientos musicales que por cumplir con la cuota de género. “Love Her Madly”, cantaban The Doors, de quienes también aparece la letanía lisérgica “Riders On the Storm”. En todas ellas está la perla, esa iluminación accidental que alumbra lo cotidiano para convertirlo en extraordinario: “es imprescindible escuchar con mucha atención y reflexionar sin prisa sobre lo que estos versos, además de lo que dicen, quieren decirnos”, nos recuerda Soler. Canciones casi como mensajes venidos desde el más allá, puertas que se abren para que nuestra percepción se amplíe y disipe la bruma que suele envolver este tiempo de prisas y desconexión comatosa que rige la vida tecnológica. El gesto es simple. Disponernos a escuchar, palabra a palabra, nota a nota, lo que las canciones nos cuentan, como se sentaban nuestros ancestros alrededor de la hoguera. El fuego siempre es elocuente, y además, aviva y tonifica. La cuestión es tratar de fabricar tiempo, esto es, invertir parte del que tenemos en poner atención a estos oráculos musicales que tanto advierten y tanto solazan.

"Svalbard es el otro tomo en que el escritor ha convocado a las musas para ofrecer una respuesta a las ofensas de la contemporaneidad, en particular las relacionadas con el universo digital"

Por las páginas del opúsculo andan las enseñanzas de Vicente Huidobro, Juan José Arreola, Juan Carlos Onetti, Aldous Huxley, William Shakespeare, Alejo Carpentier, Dylan Thomas, Cesare Pavese, André Breton, Harold Bloom, Franz Kafka, Carlos Castaneda, Octavio Paz, San Juan de la Cruz, T. S. Eliot, Lao Tse, Platón, Sócrates, Heráclito o la Biblia. Ilustran una suerte de autobiografía lectora que casa sin esfuerzo con la exégesis de las composiciones escogidas por Soler para su recorrido musical (1967-1990). La recompensa a esa escucha consciente alrededor del fuego sónico viene en forma de canción al rescate, la que siempre acaba susurrándonos que todo saldrá bien si nos dejamos salvar por el amor que insiste en tomarnos de la mano. The Doors hablan de una mujer, pero sabemos que vale también para la copla, para la música. El mandato está claro: Ámala locamente. Algo parecido hicieron antecesores de la talla de Nick Hornby en 31 canciones (Anagrama, 2004), Alex Ross en El ruido eterno (Seix Barral, 2009), Kiko Amat con sus Mil violines (Random House, 2011), Jaime Urrutia desde Canciones para enmarcar (Larousse, 2014), Bob Dylan y su Filosofía de la canción moderna (Anagrama, 2022) o Jorge Decarlini al seleccionar para la eternidad 20 canciones (Libros del K.O., 2023). A ellos se une ahora la atenta lectura de Jordi Soler, que entona y no desafina lo más mínimo.

Svalbard es el otro tomo en que el escritor ha convocado a las musas para ofrecer una respuesta a las ofensas de la contemporaneidad, en particular las relacionadas con el universo digital, pues da la falsa impresión de que nos libera del cuerpo para pronto revelar el espejismo, momento en el que se impone la dimensión mágica de la vida: lo orgánico es insustituible, el instinto el mejor radar y el mito la respuesta más acertada a los conflictos de la existencia. De nuevo la clave está en la atención con la que se nos pide que escrutemos la realidad, la mirada despierta, siempre predispuestos al hallazgo: el que mira, ve, ya se ha dicho otras veces.

"La cosa pinta seria, por eso Jordi Soler ha montado el libro con la idea central de permanecer anclados a la materia, en contraposición con la existencia virtual"

El libro lleva por subtítulo “De las cosas que van a servirnos cuando llegue el fin del mundo”. Y claro, el móvil no va a ser; ni las criptomonedas, desde luego; tampoco el acopio de creatina; ni, ya puestos, los likes de Instagram o el asiento preferente en una nave de Space X. El asunto se resolverá como suelen resolverse las crisis sistémicas, con un regreso al origen. Si te extravías, vuelve al principio. Es ahí donde cobra sentido Svalbard, que si recuerdan es el nombre que recibe la bóveda subterránea convertida en reservorio mundial de semillas, a mil trescientos kilómetros del Polo Norte. Para regocijo de muchos, y con Soler ya con el libro en circulación, esa especie de Arca de Noé vegetal situada en el Ártico noruego acaba de ser galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional, al reconocer en este banco subterráneo un modelo de multilateralismo eficaz para salvaguardar la biodiversidad de los cultivos y garantizar la seguridad alimentaria de la humanidad frente a desastres y conflictos. Un golpe de suerte para el archipiélago Svalbard y para el tomito Svalbard. Sin tratar de resultar agoreros, mejor será que el fin del mundo nos pille dispuestos a la cooperación y entrenados en lo que André Bretón llamaba “lo sagrado laico”, aquel reservorio ancestral de conocimiento intuitivo que se trasmite de generación en generación, salvando lo presente. A este respecto habrá que recordar que todo pende de un hilo, un hilo finísimo. Los estudios neurocientíficos más recientes revelan una tendencia histórica: las nuevas generaciones —como la Generación Z— son las primeras en registrar niveles de coeficiente intelectual más bajos que sus predecesores, rompiendo con el aumento constante conocido como el Efecto Flynn.

"Como el criptestésico Cavafis supo ver en Ítaca, también Svalbard es más camino que destino. Asumir que una semilla nos puede salvar la vida no es poca enseñanza"

La cosa pinta seria, por eso Jordi Soler ha montado el libro con la idea central de permanecer anclados a la materia, en contraposición con la existencia virtual. Sabemos que parte de los peligros provienen de la sobreexposición digital, el sedentarismo mental y la externalización de la memoria. La atención no puede fallar, ni tampoco su estimulación. De ahí que uno de los apartados del volumen trate sobre la criptestesia, ese estado de percepción extrasensorial mediante el cual una persona es capaz de captar estímulos, información o sucesos que escapan a los sentidos ordinarios. Si en origen estaba cerca de la telepatía, ahora tiene más que ver con la clarividencia, con el “ver claro”, sin brumas que distraigan. En cuanto a la “Presbicia”, otro de los apartados del libro, ésta se corrige siempre que esté uno dispuesto a asumirla sin dramas desde la perspectiva biológica. Estirar los brazos hasta lo que den para leer la sección “Woolf” no es la mejor idea. La alternativa es plantarse sin complejos unas buenas lentes bifocales y regresar de nuevo a “Svalbard”, la primera y última de las cinco secciones que abren y cierran el libro.

Como el criptestésico Cavafis supo ver en Ítaca, también Svalbard es más camino que destino. Asumir que una semilla nos puede salvar la vida no es poca enseñanza. Mejor será memorizarlo y no recurrir al bloc de notas del móvil, por lo que pueda pasar. Y aquí seguimos, sin esperanza, pero con convencimiento. No queda otra, que diría el poeta. Si por lo que fuere, al final el arte no nos salva, tal vez lo haga una semilla acertadamente almacenada para la posteridad. En cualquier caso, habrá que estar atentos a las perlas que surjan en el camino. De momento, aquí van dos cuadernillos que atesoran algunas de las buenas.

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Autor: Jordi Soler. Título: Ámala locamente / Svalbard. Editorial: Debate / Siruela. Venta: Todos tus libros.

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