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Elogio del improperio

Elogio del improperio

Mis hijos lucen un tatuaje del Capitán Haddock. Lo llevan en el brazo no solo como un tributo al genial y colérico marinero de Hergé sino como un homenaje explícito y directo a su padre. Eso me dijeron, al menos, porque sostienen que su malhablado progenitor tiene mucho del personaje que servía de contrapeso al idealista Tintín. No lograron con esa artimaña que les financiara el trabajo del tatuador pero ahora puedo confesar que no estaba mal tirado. Cuando entro en ebullición, soy capaz de proferir tantos insultos como de crearlos sobre la marcha. Algunos de ellos, de hecho, han alcanzado cierta celebridad endogámica entre mi grupo de amigos; nos los dedicamos cíclicamente, por el puro placer del folclore y para recordarnos, de paso, que la carne, además de ser mortal, cubre la osamenta de más de un gilipollas.

El insulto, la palabra malsonante y el exabrupto a tiempo se han posado en más de una ocasión en mis columnas de periódico. De ahí me he llevado, como es natural, algún que otro pescozón digital de quienes tienen la enorme deferencia y la infinita paciencia de leerme. Les reconozco que, a ratos, me asalta un leve arrepentimiento por razón del cargo y esa cosa de no emborronar 125 años de historia de ABC con mis sandeces malsonantes. Pero me dura poco. Las más de las veces me reafirmo en el uso y disfrute del taco. Básicamente, porque creo que es una de las más bellas, imaginativas y demoledoras aportaciones de nuestra lengua al mundo.

"Lo nuestro, el castellano, es otra cosa. Es un navajazo léxico que te abre de arriba abajo"

Vivimos asfixiados por un orden global dominado por la sosería anglosajona. Esa cultura rácana y corta en el insulto —que no sale del monocorde fuck y el insulso bitch— que obliga, tampoco está mal, a tirar más del cinismo, la ironía y el sarcasmo. Lo nuestro, el castellano, es otra cosa. Es un navajazo léxico que te abre de arriba abajo. Tenemos el idioma tan dominado, tan incrustado en el tuétano, que una misma palabra es capaz de encerrar el desprecio más absoluto o desbocar la admiración más rendida. Porque en el tono, en la pausa y en la mala baba del momento exacto reside el verdadero arte del improperio.

Nuestra tradición es rica en estas lides. No inventamos nada. Ya Francisco de Quevedo, que manejaba la pluma como un estilete de Toledo, desollaba a sus enemigos —Góngora mediante— llamándolos «sayón y escriba» o acusándolos de tener una nariz «superlativa», que en el siglo XVII escocía más que una bofetada. O Camilo José Cela, que elevó el exabrupto a la categoría de Bellas Artes y nos regaló un tratado implícito sobre el insulto carpetovetónico, recordándonos que el taco no es suciedad, sino músculo idiomático.

"La palabrota en español es variada, lírica y torrencial. Hay tanto donde escoger que, a menudo, me abrigo con ella cuando salgo ahí fuera"

La palabrota en español es variada, lírica y torrencial. Hay tanto donde escoger que, a menudo, me abrigo con ella cuando salgo ahí fuera; a ese simulacro exterior donde todo es «saber estar» y postureo, donde cotiza al alza el no ser. A mí, qué quieren que les diga, me parece que hay más verdad, más luz y más catarsis en un cabezabuque tronado en el momento preciso y con la fonética adecuada, que en todo ese galaneo almibarado con el que nos intercambiamos saludos de cortesía. Como si la vida fuera un minué versallesco y no lo que verdaderamente es: una pugna hermosa, ruidosa y a pecho descubierto.

Ahora que se nos avecina un periodo electoral ruego a nuestros próceres un poco de esfuerzo. Sí, ya sé que va a ser la campaña más sucia de la historia pero al menos que también lo sea en el desprecio, la caricatura y la burla de altura del rival. Desde San Millán hasta la corrala madrileña de hoy, nuestro maravilloso idioma nos ha regalado mil formas de sajar verbalmente al duelista. Sean pues todo lo inmisericordes que la ocasión merezca pero sean también gente ducha para que lo que es tajo de sirla más parezca punzada de estilete. El objeto de nuestras invectivas bien merece que no le despachemos con un insulso “tú eres bobo” si podemos dedicarle un botarate, apollargao, sinsorgo, gaznápiro o chorlito. Lo que ganaría la política patria.

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