Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 18 de octubre de 1936: Los marinos de Kronstadt
MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA, SECCIÓN DE PROPAGANDA.
En Gran Vía no había quien pasara, ni a pie ni en coche. Entre la nutrida muchedumbre varias decenas de automóviles avanzaban penosamente, a ritmo de peatón, entre postes de farolas llenos de carteles: “DEFIENDE MADRID”. “LA HISTORIA OS AYUDARÁ A VENCER”. “MADRID SERÁ LA TUMBA DEL FASCISMO”. De vez en cuando, la orquesta tocaba unos compases y los aplausos anunciaban que la comitiva oficial se acercaba por Callao. La muchedumbre miliciana se apartó para dejar pasar a los líderes políticos.
—¡Viva Azaña! ¡Viva Giral! ¡Viva Largo Caballero! ¡Viva Prieto! ¡Viva la Pasionaria! ¡Viva José Díaz! ¡Viva Rusia!
La comitiva, mitad republicana, mitad comunista, escenificaba las nuevas relaciones de poder. La ayuda rusa disparaba la importancia comunista; cada vez se afiliaba más gente. También era comunista el joven ministro de Instrucción pública que, en calidad de anfitrión y sin renunciar a su atuendo de miliciano, los recibió en el vestíbulo. Tras los políticos, entraron en el cine los demás. Entre ellos, Ángel Navarrete, dirigente de la CNT, y Pepe Mañas, que lo acompañaba.
—Largo Caballero se empeña últimamente en invitarnos a todo —explicó Navarrete—. Quiere que los anarquistas sirvamos de contrapeso a los comunistas. No le queda otra.
La sala de butacas estaba abarrotada. A los milicianos se les pidió en vano que dejasen las armas en el vestíbulo: muchos seguían con pistola o fusil en sus asientos. Al principio hablaban, pero se fueron callando a medida que los comunistas los chistaron. Desde su asiento, Mañas pudo ver cómo en un vestíbulo pequeño, tras el palco de honor, Azaña conversaba con Giral y con Manuel de Irujo, ministro vasco del PNV.
A Azaña se le veía envejecido. Su faz redonda, blanda, apenas sonrió cuando recibió la ovación del público. Se sabía que marchaba a Barcelona: nadie se lo echaba en cara. Ángel Navarrete hizo un comentario, pero mañas seguía sumido en sus pensamientos. Desde la muerte de su padre tenía querencia por el silencio.
—Esto está infestado de comunistas —le dijo Navarrete al oído.
Otra vez se ovacionó al presidente Azaña y a los ministros. A continuación se apagó la luz. La orquesta en el foso tocó un preludio. La cortina se abrió. El ministerio de Instrucción Pública dedicó la película soviética, que narraba un episodio ocurrido en plena guerra civil rusa, a los marinos españoles caídos en defensa de la República.
En la primera escena, una lancha motora transportaba a un hombre maduro en medio de los vientos del Báltico y bandadas de aves que levantaban el vuelo a su paso. El protagonista era un comisario del Partido Comunista enviado por dirigentes soviéticos para ponerse al frente de la defensa de la fortaleza de Kronstadt, donde permanecían sitiados los marinos soviéticos.
El comisario conseguía entrar en la fortaleza, unirse a los marinos. Los zaristas los cercaban y Mañas empezó a interesarse por la película, cuando de repente vio que alguien miraba hacia el palco de honor: habían salido Largo Caballero y los comunistas.
En la oscuridad, los milicianos murmuraron.
Un vecino se levantó de su butaca, salió de la sala. Solo habían pasado unos minutos cuando volvió agitado y se inclinó para susurrar algo al oído de Ángel Navarrete.
—Malas noticias —explicó Ángel—. Ha caído Illescas. Las tropas leales siguen retrocediendo… Los moros de Franco están a las puertas de Madrid.


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