Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 18 de julio de 1936: Día del alzamiento
¿Tú cómo te llamas?
—Basilio Sánchez.
De todos los cuarteles de Madrid, el más importante era La Montaña, junto a la plaza de España. El nombre se debía a que se alzaba sobre la montaña del Príncipe Pío, allí donde las tropas francesas de Napoleón fusilaron a los sublevados de 1808. Era un sólido edificio de ladrillo y granito, de planta rectangular, con dos patios y capacidad para acoger a tres mil soldados. Una rampa pronunciada describía una curva, con piso de tierra orillada por losetas de hormigón, dando acceso a la puerta principal. Por ella subían los primeros falangistas. En la calurosa tarde, sus zapatos levantaban el polvo. Sus pasos resonaron por un zaguán donde pendían en las paredes cornetas y tambores.
—¿De dónde vienes?
—De la calle de la Sal.
—¿Eres de alguna centuria?
—No. Acabo de afiliarme.
La identificación era sencilla, poco formal. Los voluntarios daban nombre de pila y profesión. La consigna era acudir por separado, no en grupo. Mirando alrededor, Basilio se dio cuenta de que había mucho joven de buena familia, pero también obreros y empleados, aprendices de ebanistas, conductores de taxi. Algunos se reconocían: «Tú eres de mi centuria», y se preguntaban por el jefe de escuadra. Era el fruto de una labor organizativa de meses.
—Id pasando todos, por favor.
En el patio había jóvenes uniformados. De los 145.000 soldados de la guarnición de Madrid, era difícil saber cuántos estaban respondiendo a la orden de acuartelamiento. Ya se corría la voz de que el Ejército de África se sublevaba, y en La Montaña a los sargentos, cabos, brigadas y soldados más izquierdistas, los licenciaban. Ahora mismo, los más conocidos por sus ideas republicanas permanecían encerrados en los sótanos. Los mandos llamaban a decenas de oficiales de la reserva: oficiales cadetes a quienes las noticias de lo de África cogía de permiso en Madrid, falangistas, requetés, guardias civiles de uniforme, militares retirados.
En medio del bullicio del patio, Basilio, que nunca había empuñado un arma, procuró tranquilizarse. El calor pesaba físicamente. No lejos, la cúpula de los carmelitas reflejó los últimos destellos del sol de la tarde. Del paseo de Rosales llegó el campanilleo de los tranvías que pasaban medio vacíos. Al anochecer, los músicos del regimiento descolgaron los instrumentos y el sonido de las cornetas se elevó en el aire.
—¡Retreta y parte! —gritaron los cuarteleros.
Los civiles seguían sin saber qué hacer, entre las arcadas del patio. Las ventanas de la sala de banderas permanecían abiertas. Dentro, algunos oficiales trataban de captar las radios de Burgos o Melilla, cuando de pronto se oyó a un locutor:
—Aquí la estación EAJ-43, Radio Club Tenerife, al servicio de España y la causa que acaudilla el general Franco…
Y todos se acercaron a escuchar.


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