Los días de Keith Moon fueron los días de Brian Jones, Jimi Hendrix y Janis Joplin. Cuando la música —léase “el rock”— enardecía las almas de los jóvenes. Pero el legendario batería de The Who —la banda de rhythm and blues más famosa del mundo, que se anunciaría el cuarteto londinense con el correr del tiempo, en las cajas de sus viejos álbumes, ya en CD y en ediciones para coleccionistas— se pasó de frenada por partida doble. La primera con su afán de regeneración: el siete de septiembre de 1978 le mató una sobredosis de clometiazol, un sedante hipnótico que se recetaba para tratar el insomnio y el síndrome de abstinencia que abrumaba a los alcohólicos resueltos a dejar de serlo; la segunda, paradójicamente, fue la demora de la Parca. Se lo llevó cinco años más tarde, con lo que las necrológicas del rock no le incluyen en el club de los 27 —Jones, Hendrix, Joplin, Jim Morrison…— que es la nómina de los cadáveres bonitos, de muertos a esa edad, aún sin tiempo para el envejecimiento. Moon tenía 32 cuando llegó su hora, con lo que no suele contar entre los ausentes egregios.
Alumno aventajado en estos dramatismos finales, Hendrix los puso en marcha por primera vez en el festival de Monterrey de 1967. Cuenta la leyenda que Moon, celoso de estos efectismos, puso en marcha una sorpresa para el final de una aparición de la banda en el espacio televisivo The Smothers Brothers Comedy Hour. En aquellas retransmisiones, The Who aún eran tan bromistas como el resto de los conjuntos de “música joven”, que les llamaban con cierta socarronería los comentaristas televisivos. En aquella ocasión, la broma consistió en colocar un potente explosivo en uno de los tambores de su batería. Pero a Moon la detonación se le fue de las manos: a Townshend le quemó el pelo y a él mismo se le incrustó un platillo en un antebrazo.
Una de las cosas que más le gustaban, ya andando en sus delirios, era detonar explosivos por los inodoros y tirar los muebles por las ventanas. Se gastó una auténtica fortuna en pagar los destrozos que causaba en los hoteles.
Al cabo, estos dramatismos no son más que accesorios. Keith Moon fue genial por su energía desbordante, su estilo caótico y su creatividad única. No solo marcaba el ritmo, sino que lo transformaba en un verdadero espectáculo. Sus solos impredecibles, la forma en que tocaba su instrumento y su tremendo carisma lo convirtieron en una leyenda del rock. Además, influyó profundamente en algunos baterías surgidos con posterioridad. Recordemos, por ejemplo, a Dave Grohl de Nirvana y Foo Fighters.
No entendía a razones andando en sus ebriedades. Pero hoy conmemoramos a Keith Moon en su momento estelar, el 21 de octubre de 1976 en el Maple Leaf Gardens de Toronto. Las versiones de “Baba O’Riley” y “Won’t Get Fooled Again” fueron demoledoras. Sin olvidar piezas como “Can’t Explain”, “Substitute”, o “My Generation”. Esa noche, Townshend destrozó su guitarra tras una interpretación de “Won’t Get Fooled Again” de antología.
Aquella velada supuso el cierre de un intenso tour norteamericano para presentar su álbum The Who by Numbers (1975). Tras años de extensas giras conceptuales dominadas por la complejidad de óperas rock como Tommy (1969) y Quadrophenia (1973), la banda había optado en esta etapa por un repertorio de rock directo y contundente. Ni ellos ni su público —en torno a dieciséis mil fanáticos ha llegado a cifrarse aquella parroquia— podían saber que aquel era el final del legendario batería con la banda que había integrado desde sus comienzos, en 1964. Los días felices de los años 60, The Kids Are Alright (1965), Pictures o Lily (1967), y The Who Sell Out, aquel álbum del 67. Aún sin demasiadas excentricidades, sin apenas excesos.
Roger Daltrey, Pete Townshend, John Entwistle y el gran Keith habrían de volver a reunirse en un par de sesiones para tocar juntos, en falsos directos, durante el rodaje de The Kids Are Alright (Jeff Stein, 1979). Pero la sintonía entre los viejos compañeros había acabado. Los excesos y las excentricidades debilitaban a Moon. Ya no hacía aquellos malabarismos con las baquetas, su genialidad se resentía y sus compañeros acabaron por cansarse. Con todo, grabaron un último álbum con su legendario baterista —que se dice ahora—: Who Are You? (1978).
El tiempo de The Who fue el de ese epígrafe que la Historia del rock estudia como “la invasión británica”. Cuando murió Keith, la banda que integró empezó a obedecer a otra dinámica. Ahora bien, cuando en aquellos primeros The Clash de 1978 ya se podían notar reminiscencias de The Who —la energía arrolladora, esa actitud de ruptura con lo establecido— los de “My Generation” (1965) ya eran unos clásicos. Así se escribe la Historia.


Buenos días:
Efectivamente, “baterista”. Como guitarrista, bajista, pianista, organista, violinista, flautista, etc.
Por otra parte, algo más que completos e informados esos perfiles que publica. Evocadores y vivos. Un gran trabajo.
Gracias.
A mí me da la risa cuando ves a estos angelitos interpretando ‘The kids are alright’, el himno nacional de los mods. Con esos flequillos, esas voces melosas y esa pinta de buenos chicos… ¿A quién queréis engañar? Y sin embargo, esa época y aún antes, cuando aún ni eran The Who, sino los High Numbers, me sigue pareciendo la mejor, sin desmerecer a las demás. Una delicatessen tan fresca como ‘Zoot suit’ ya la hubieran querido los Beatles; y un paseo por el Tamesis en un vapor de rueda como ‘I’m the face’ no lo han tenido los Stones, así que a mamarla, chicos. Eran unos gamberros, y eso se notaba en la música… Y esa extraña supuración que fue la peli y el disco de McVicar, con ese ‘Free me’, otro de sus pepinazos que pasaron desapercibidos. Ellos y los Sonics era mucho más punks que todos esos macarras drogatas del 77.