A veces ocurre, una mañana la belleza me cortó el paso. En realidad suele estar ahí, rotunda y evidente, pero nosotros no siempre estamos. Venía de un edificio feo que yo ignoraba a diario en el camino: el sol prendió en una ventana y disparó a mi frente, acariciando y saludando a mi nariz. Un triángulo de luz inesperado, me eché a llorar. Nos encontramos en un semáforo que duró lo habitual. Un rayo retorcido por las calles vulgares donde escuchar las evocaciones de ¿la felicidad?; un trueno donde hubiera querido quedarme (me pregunté, como ahora, si la belleza es fugaz).
Como un concierto de hormigón, la música que brota de la mente de Campo sostiene el lugar donde sucede lo ingrávido y encuentra un soporte para lo que parecía imposible traer hasta nosotros. El artista traduce la belleza. Nos permite entrar y salir del edificio; cuesta más conseguir que el edificio salga de nosotros.
Este año lo vi recibir el doctorado honoris causa en Bucarest. Otra vez buscando (la belleza) la tierra prometida, cuya atracción es inmanejable. Javier Callejas, su fotógrafo, traduce esa traducción para que vuele donde sea necesaria. Entre el arquitecto y el fotógrafo existe la alquimia de los que se quieren.
Me reconozco en la obra del Maestro y su escozor por eso que existe con independencia de nuestra capacidad para reconocerlo. La belleza no es un atributo de nuestra percepción, sino al revés: nosotros, como todo lo que existe, pertenecemos a ella, lo sepamos o no. Los artistas vienen a democratizarla, a descifrarla a los ojos cansados y los oídos torpes. Todos podemos entrar en El Cubo o cualquier otro edificio y sentir algo distinto. Nuestra discrepancia modificará la conversación, la belleza persistirá, ajena a tu desdén o a mi entusiasmo, sin necesidad de que acertemos a explicarla.
El artista consigue que la belleza se nos revele. Transcribe lo inmenso; lo acerca a nuestro tamaño, a este cuerpo mortal que cruza las calles cuando lo dicta el semáforo.
El Cubo no es bonito. Bonita es cualquier cosa completa según los cánones pasajeros, sin nada que añadirle ni quitarle. La bonitura es servicial, como las casas de decorador, los paisajes de postal, los niños educados y los matrimonios bien avenidos. El pecado de toda armonía es ser limitada. Lo bonito nos deja satisfechos. Lo bello nos suspende en un cable que acaba cinco minutos antes de que termine; y ese trocito que falta abre una ventana al infinito.
¿Es fugaz la belleza? Nos vamos a morir. Los fugaces somos nosotros, no podemos durar en esa estancia. Entre la Belleza y la muerte existe un vínculo a la vez sutil y firme. Tenemos el Arte para equilibrarnos hasta el instante de la caída. La Belleza es inquietante, me digo entonces, y yo misma no soy otra cosa que esa inquietud.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: