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La masacre de las kales, Beatrix y el conejo Perico

La masacre de las kales, Beatrix y el conejo Perico

Ayer me dirigí al huerto en busca de una col rizada (de esas que ahora todo el mundo llama kales) y me encontré con que, entre las filas apretadas que conformaban una especie de mar permanentado como las cabezas de las señoras en una peluquería de los años 80, sus huestes habían sufrido varias bajas. Algo había segado las hojas: más aún, las había decapitado por el tallo y solo había dejado los palitos desnudos en medio de sus exuberantes congéneres. Primero abrí un poco la boca por la sorpresa inicial, después pasé a la irritación recordando lo que me costó preparar la tierra y poner los plantones y, finalmente, maldije un rato.

Me puse a pensar que, si cada noche tres nuevas kales desaparecían, pronto toda la plantación sería cosa del pasado. Ya me podía ir despidiendo de un rico revuelto con col rizada y calabaza al horno, o de un risotto meloso acompañado de unas setas, o de recoger las hojas de la albahaca para preparar un pesto. Mi gozo en un pozo.

Tocaba sacar la lupa de detective al más puro estilo Sherlock Holmes y tomar medidas antes de que fuera tarde. Primero observé si había algún tipo de pista que me condujera al perpetrador de la matanza verde, y enseguida comprendí que me enfrentaba a algo mucho mayor que una plaga de babosas o caracoles. Ningún gasterópodo —aunque fuera plaga— podría ser capaz de pimplarse tres kales grandes en una noche sin dejar nada más que el tallo pelado. Además, las cebollas, los puerros y el romero estaban intactos. Ni se les habían acercado.

Y entonces lo vi: semiocultas bajo la hoja de un calabacín, tres pequeñas cagarrutas del tamaño de un guisante. ¡Conejos!

"Mientras pienso en todo esto, no puedo evitar recordar a una de mis autoras más admiradas: Beatrix Potter"

El ataque de esos pequeños zapadores peludos a mi huerto no debería ser una sorpresa, ya que toda mi casa está rodeada de bosque. Hablando con propiedad, la invasora soy yo, no ellos, de modo que mi enfado solo estaba justificado en parte (y quizás en una parte muy pequeña). Así que, para no enfadarme de nuevo, dirigí mis energías a conseguir que la próxima vez que quisieran darse un banquete a mi costa no les resultara tan fácil. Tocaba reparar la cerca si había algún agujero, subirla si se quedaba demasiado baja y plantar más especies de olores poco agradables para ellos. Ahora que ya se pasa el tiempo de las caléndulas y albahacas, el romero, la lavanda y el ajo los pueden mantener a raya. O eso espero.

Mientras pienso en todo esto, no puedo evitar recordar a una de mis autoras más admiradas: Beatrix Potter. No solo por su capacidad para crear mundos de fantasía habitados por criaturas antropomorfas con los que los más pequeños pueden seguir soñando muchas décadas después, sino por su faceta como naturalista y conservacionista, mujer emprendedora y alma libre. Una mujer muy adelantada a su época —en el contexto victoriano esta frase tan manida cobra plena pertinencia— que se ponía el mundo por montera para vivir como le daba la gana cuando le daba la gana.

Para muchos Beatrix Potter es simplemente la escritora e ilustradora de The Tale of Peter Rabitt (El cuento de Perico, el conejo travieso), ni más ni menos, como si solo esto no fuera ya un hito. Pero lo cierto es que la autora fue mucho más: fue capaz de crear un mundo vivo a la vista, de inventar nuevos formatos de edición, de imaginar técnicas de marketing y merchandising cuando estas estrategias aún estaban en pañales, y sobre todo, de proteger el paisaje rural de su patria para que no se perdiera con el tiempo.

Si ella no hubiera existido, el mapa geográfico, ecológico y cultural del norte de Inglaterra sería radicalmente diferente hoy en día. Sin el dinero de sus libros y su determinación para comprar tierras, el paisaje del Distrito de los Lagos habría sufrido una enorme degradación. Los especuladores y promotores de la época victoriana e industrial planeaban construir chalets de veraneo, fábricas (como una planta de hidroaviones en el lago Windermere) y expandir líneas de ferrocarril. Siempre han abundado hombres deseosos de ganar dinero sin importarles el costo real de las tierras (y las vidas) que fueran a explotar.

"Su regalo blindó legalmente la protección de la naturaleza en el Reino Unido y sirvió de modelo para futuros filántropos ambientales"

Lo que no abundan son personas con una determinación tan fuerte como la de Beatrix, quien compró más de 14 granjas (un total de más de 4.000 acres de tierra) que a su muerte legó en su testamento al National Trust con una condición: que las tierras siguieran funcionando estrictamente como granjas tradicionales de pastoreo. Sin ella, el conocimiento agrícola ancestral de la región se habría perdido y los pastizales habrían quedado abandonados.

Fue la donación privada más grande de la historia de la institución hasta ese momento. Su regalo blindó legalmente la protección de la naturaleza en el Reino Unido y sirvió de modelo para futuros filántropos ambientales. Incluso se llegó a enfrentar al mismísimo Winston Churchill para blindar las orillas del lago Windermere como zona de construcción industrial. Entendió muy pronto que los parajes hermosos no se protegen solos y que se deben mantener económicamente activos a través de la tradición. Con ello consiguió salvar también una raza de ovejas autóctona, las Herdwick, y proteger el trabajo de los ganaderos y criadores de la zona.

Puede que fuera ninguneada por el simple hecho de ser mujer por la Linnean Society de Londres, la institución científica más importante de la época en historia natural, o que la comunidad de los Royal Botanic Gardens, Kew también la rechazara, pero ella estuvo a la vanguardia de la ciencia de su época. Lejos de amilanarse, en 1897 intentó presentar su trabajo científico titulado «Sobre la germinación de las esporas de las Agaricineae», un estudio sobre los hongos y los líquenes en el que apoyaba una controvertida teoría. No le hicieron ni caso, aunque estaba en el lado correcto de la historia.

Además, diseñó y pintó unas 350 láminas sumamente precisas que mostraban cómo interactuaban las esporas de los hongos y las algas bajo el microscopio. Sus acuarelas eran tan perfectas que los micólogos modernos todavía las utilizan hoy en día para identificar especies.

Sin embargo, el rechazo de la misógina comunidad científica de la época fue lo que la llevó a centrarse en la literatura infantil y a construir su propio mundo. Un mundo que la llevaría a tener el dinero suficiente para proteger un pequeño gran trocito de nuestra realidad. Y que, casi 135 años después, hace que cada vez que vea un conejo, piense en ella.

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