Al desembarcar en el puerto de Ermúpoli lo que más llama la atención son sus elegantes edificios neoclásicos, que trepan como enredaderas por las dos colinas que dominan la ciudad. En la occidental se alza la iglesia católica de San Jorge, mientras que la oriental está coronada por la iglesia ortodoxa de la Resurrección.
Ermúpoli nació casi al mismo tiempo que el Estado griego moderno. Desde sus orígenes, la ciudad fue pionera en casi todo: allí se fundaron el primer hospital público de Grecia, el primer centro de educación pública, la primera cámara de comercio, y en sus astilleros se fabricó el primer barco de vapor del país. La Odisea describe Siros, patria de Eumeo, como una tierra fértil, que no conoce ni el hambre ni la enfermedad, y cuyos habitantes, cuando les llega la hora de morir, recibían las flechas de Apolo y Artemisa.
La ausencia de grandes playas de arena ha contribuido a mantener Siros al margen de la masificación turística típica de otras islas del archipiélago de las Cícladas y por eso ha mantenido su carácter y urbanismo inalterable. En el centro histórico siguen abiertas tiendas de toda la vida, y en el mercado al aire libre de la calle Quíos las fruterías, los ultramarinos y los pequeños comercios marcan la actividad comercial de la ciudad.
Su posición geográfica estratégica, en el corazón del Egeo, la convirtió durante siglos en objeto de disputas entre distintas potencias. Tras la IV Cruzada y la caída de Constantinopla en 1204, Siros pasó a manos de los venecianos y quedó bajo el dominio del Ducado de Naxos. Los ataques piratas empujaron a sus habitantes a buscar refugio en las colinas. Así nació Ano Siros (‘Ανω Σύρος), un entramado de callejuelas estrechas y murallas que se convirtió durante siglos en el principal asentamiento de la isla, con una población mayoritariamente católica. En 1537, el almirante otomano Barbarroja conquistó la isla y la incorporó al Imperio otomano, aunque Siros mantuvo cierto grado de autonomía durante todo el dominio otomano.
El exilio que levantó una ciudad
La Guerra de la Independencia griega en el siglo XIX supuso un antes y un después para el mapa humano de la isla. Mientras las islas vecinas se veían arrasadas por la guerra, Siros permaneció neutral, bajo la protección francesa, y se convirtió en refugio para miles de desplazados que llegaron en 1820 de Esmirna y Cidonia (Asia Menor), así como de Quíos, Psará, Kasos y Creta. Estas gentes trajeron consigo su extensa experiencia comercial y una larga tradición marítima. La mayoría se estableció junto al puerto, donde fundaron una nueva ciudad que creció a pasos acelerados y que acabaría transformando el puerto de Ermúpoli en uno de los motores económicos de la Grecia moderna. En 1826 la ciudad recibió el nombre de Ermúpoli en honor a Hermes, dios griego del comercio, y en referencia a la intensa actividad mercantil que comenzaba a desarrollarse. En apenas cuatro décadas, aquel asentamiento nacido del exilio se transformó en uno de los principales centros marítimos del Mediterráneo oriental.
El florecimiento comercial quedó reflejado en las calles de Ermúpoli. En esa época se llevó a cabo el primer plan urbanístico, con 124 calles y 11 plazas, y comenzaron a levantarse los primeros edificios públicos. Entre ellos destacan el Ayuntamiento y el teatro Apolo.
Sin embargo, la prosperidad no duró para siempre; la apertura del Canal de Corinto en 1893, abrió nuevas rutas marítimas y contribuyó a desplazar progresivamente buena parte del tráfico comercial y marítimo hacia El Pireo. Aunque el puerto de Ermúpoli perdió su protagonismo, sus gentes demostraron su capacidad de adaptación a la nueva realidad; la industria textil abrió una nueva etapa económica y transformó de nuevo la estructura social de la isla con el nacimiento de una clase trabajadora y nuevas oportunidades laborales.
El siglo XX trajo nuevos desafíos: en 1922, tras la Catástrofe de Asia Menor, Siros volvió a acoger refugiados. La ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial desencadenó la mayor hambruna de la historia de la isla y dejó más de mil quinientos fallecidos. Después llegó el éxodo de la población, la escasez de mano de obra y el cierre de fábricas. A pesar de las dificultades, la isla volvió a demostrar su resiliencia. En la década de los setenta, en los astilleros de Ermúpoli comenzó la producción del Enfield 8000, un pequeño coche eléctrico que destacaba por su tecnología y su innovador diseño. A pesar de que solo se fabricaron 123 ejemplares, este proyecto situó a Siros en el mapa mundial del diseño industrial.
De los astilleros a los festivales
Poco queda de aquella frenética actividad industrial que durante décadas marcó el pulso de Siros. Tras el declive de los astilleros y el cierre de las fábricas, la isla ha encontrado en la cultura y la creación una nueva forma de reinventarse. Hoy, Ermúpoli acoge importantes festivales internacionales que atraen creadores y visitantes de todo el mundo.
Cuando hace dos décadas se celebró la primera edición del Animasyros, los isleños acogieron la iniciativa con los brazos abiertos. Lo que comenzó como un festival de dos días se ha convertido en una de las principales citas europeas del cine de animación, con cerca de 300 películas de creadores procedentes de medio centenar de países. Estos días de otoño la animación está por todas partes; se cuela en la imponente sede de la Cámara de Comercio, donde el cineasta Coke Riobóo enseña a los más pequeños a crear sus propias películas, y en las elegantes salas del centro cultural, donde algunos de los nombres más destacados de la animación internacional —entre ellos el español Jose Luis Ágreda— intercambian ideas sobre plastianimación, stop motion y 3D. Animasyros contará próximamente con un nuevo espacio destinado a acoger actividades culturales durante todo el año y residencias para creadores de todo el mundo.
A esta efervescencia cultural se suma la llegada de nómadas digitales, atraídos por el carácter cosmopolita de la isla, sus conexiones frecuentes por mar y aire con Atenas y su intensa actividad cultural. En Ermúpoli los viejos talleres se han convertido en espacios de coworking y las cafeterías se han adaptado al teletrabajo. Aquí, donde antes se construían barcos, hoy se crea cultura.





Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: