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Aún no ha oscurecido

Aún no ha oscurecido

El colofón de esta suerte de biografía esquiva sobre el esquivo Bob Dylan aprovecha el espacio privilegiado del paratexto para arrojar una última pista a las pesquisas que Eduardo Jordá emprende en Número cero a propósito del Bardo de Duluth, nacido Robert Allen Zimmermann (Minnesota, 1941): “Pero si la flecha va recta / y la punta es afilada / podrá atravesar el polvo más denso. / Así resistiré / y seguiré siendo quien soy. / Y diré adiós y me importará un cuerno.” (“But if the arrow is straight / And the point is slick / It can pierce through dust no matter how thick / So I’ll make my stand / And remain as I am / And bid farewell and not give a damn”). “Seguiré siendo quien soy”. Tantas cosas ha sido nuestro hombre invisible que apenas queda espacio para la conjetura. Y sin embargo, cuando parecía que ya estaba todo dicho, llega Eduardo Jordá y aporta su particular piedra de Sísifo a la extensísima bibliografía sobre el Nobel excéntrico y fugaz que consiguió que Philip Roth mesara su cabellera con la furia descorazonadora de los que ya lo dan todo por perdido, como a la postre así acabó siendo.

"El cero como la energía total del universo y como lo universal contenido en una elíptica vertical que conduce al centro mismo del enigma"

¿Quién ha sido, y quién sigue siendo Bob Dylan? ¿Quién es para sí? Y lo más inquietante, ¿quién es él para nosotros? Un bufón, un predicador, un tahúr, un ladrón, un cantante protestón, un huraño hombre de los bosques, un bluesman renacido de sus cenizas, un psicodélico airado, un déspota engreído que gestiona los silencios en las entrevistas con la soberbia de los ungidos, el poeta de una revolución todavía en marcha, el cantante de country que reverencia el papado o el artista que deja en ridículo las leyendas del Ave Fénix y Rimbaud juntas. ¿Acaso no es eso y algo más, lo inefable de cualquier genialidad que se precie? La trayectoria de Dylan recuerda muy de cerca a aquella irónica fábula monterrosina en la que se narraban las vicisitudes de un “camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse”. Enigmático como todo camaleón que se precie, desgarbado en lo motriz, de lengua ágil y, claro, versátil en el disfraz, Bob Dylan lleva jugando al despiste desde mucho antes de firmar la letra de la canción (“Restless Farewell”, 1964), un mejunje acrisolado de muchas fuentes —entre ellas la canción folk de raigambre irlandesa-escocesa “The Parting Glass”— que aparece en su influyente álbum The Times They Are a-Changin’. Puestos a recordar casos de camuflajes ficcionales, no le quedan tampoco nada lejos las poliédricas mutaciones del Zelig (1983) de Woody Allen. También lo son sus canciones, siempre las mismas, siempre distintas.

Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956), dilanista, dilaniano y dilanófilo confeso, logra vertebrar una pieza que conjuga la sabiduría acumulada por los años de escucha con las pesquisas biográficas, que se pueden contar por miles cuando se trata de retratar a este hombre invisible. El escritor mallorquín, que ya se había acercado a la figura de otros músicos como Van Morrison, Hank Williams o Nick Drake, viaja en esta ocasión a la médula de Bob Dylan con las armas de la poesía, esto es, buscando las mejores palabras en el mejor orden posible. Y da con la imagen del cero: del todo y la nada, de lo que no se puede contar pero con el que todo se cuenta. El cero como la energía total del universo y como lo universal contenido en una elíptica vertical que conduce al centro mismo del enigma. Dylan es el todopoderoso que alumbra el poema “Dios hizo” (2001) del mismo Jordá: sin él, sin Dios, sin Dylan, “a nadie se podría dar las gracias, / y a nadie se podría maldecir”.

"Eduardo Jordá busca el misterio y da con una fórmula para apresar algo de la esencia dylaniana, a sabiendas de que es algo más que humo lo que queda tras la caza"

Número cero no es una biografía al uso, es un ejercicio de estilo, en cuanto que el estilo está en el hombre que trata de apresar el mito. Conoce bien la dificultad que entraña ir en busca del cantante —muchos otros antes que él lo intentaron—, y sabe que otros supieron antes que él. El anecdotario es infinito. Pero Jordá hace algo mejor que alimentar a la bestia bibliográfica con datos en cascada. Se alía con la anáfora, con la metáfora pura para dar consistencia real a lo inaprensible del enigma perpetuo sobre el que el propio Dylan ha alimentado su biografía. Mirar, mirar y no parar de mirar. Sólo así tal vez, imagina Jordá, sea posible decir algo que se acerque al hombre que supura bajo la piel del artista que fluye. “Chaval, vas muy deprisa”, le soltó el bueno de Sonny Boy Williamson al acelerado Bobby Zimmerman allá por 1961, cuando ya era conocido con el sobrenombre de Bob Dylan y hacía sonar esa jukebox andante que jamás ha dejado de acompañarle como un perpetuo hilo musical para dar rienda suelta a su creación artística. Por lo conseguido le dieron el Nobel, y todavía Philip Roth se retuerce en su tumba. Aun así, el creador de El lamento de Portnoy sabía en su fuero interno que esta vez la Academia sueca había acertado.

Eduardo Jordá busca el misterio y da con una fórmula para apresar algo de la esencia dylaniana, a sabiendas de que es algo más que humo lo que queda tras la caza. Cuando se disipan los doce breves capítulos de su tratado persiste un aroma. El aroma de la buena literatura. La de Bob Dylan. La de Eduardo Jordá. Perra envidia.

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Autor: Eduardo Jordá. Título: Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.

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