No siempre es fácil contestar a las preguntas de un hijo y ¿cómo lo haríamos para explicarle qué es la RAE, su propósito y funcionamiento durante sus más de trescientos años? ¿Cómo hacerle entender que «Limpia, fija y da esplendor» no se refiere a un producto de limpieza sino al lema surgido de once propuestas para que la lengua española no perdiera brillo?
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—Eres historiadora, escritora, columnista, editora… ¿Cómo empieza tu carrera?
—Empieza, como casi todas las cosas importantes de mi vida, con los libros. Yo estudié Historia del Arte en Sevilla y después hice el doctorado en Bellas Artes. He tenido la suerte de moverme por distintos territorios de la cultura. Durante diez años trabajé en la Real Academia Española, una experiencia que marcó profundamente mi manera de entender la literatura y nuestra lengua. Después llegaron Zenda, los libros, las columnas en ABC y muchas otras aventuras. En realidad, no creo haber cambiado nunca de oficio. Siempre he hecho lo mismo: buscar historias interesantes y encontrar una manera de contarlas.
—Un día entras a trabajar en la RAE. ¿Qué hacías exactamente?
—Entré en la Academia para trabajar en proyectos culturales, editoriales y de comunicación. Participé en proyectos vinculados a la historia de la institución, en las actividades del tercer centenario, en iniciativas relacionadas con el patrimonio literario y en la organización de encuentros y programas culturales. La Academia es una institución extraordinaria porque tiene dos vidas paralelas. Una es la que todo el mundo conoce: los académicos reunidos los jueves, los diccionarios, la ortografía, la gramática… La otra es mucho menos visible: sus archivos, bibliotecas, colecciones patrimoniales, proyectos de investigación y las personas que trabajan diariamente para que todo eso funcione.
—¿El libro nace cuando intentas explicarle a tu hijo qué es la RAE?
—Exactamente. Y además nace de un pequeño fracaso maternal. Cuando mi hijo tenía diez años lo llevé a visitar la Academia. Yo estaba entusiasmada. Le enseñé los salones, las bibliotecas, las vidrieras, los retratos y los rincones que a mí me parecían extraordinarios. Él escuchaba, hacía fotografías y parecía bastante interesado. Unos años después, cuando ya tenía trece y había entrado en esa edad maravillosa en la que los hijos empiezan a considerar que sus madres no saben absolutamente nada, me hizo una pregunta demoledora. Me dijo que entendía que me gustase trabajar en aquel edificio tan bonito, pero que le parecía una especie de museo lleno de señores mayores. Y añadió: «¿Para qué sirve exactamente la RAE?». Aquello me dejó desarmada. Porque una cosa es saber qué hace una institución y otra muy distinta explicárselo a un adolescente sin que se duerma a los tres minutos. Entonces comprendí que tenía que contarle la Academia de otra manera. No mediante una sucesión de fechas, directores y publicaciones, sino a través de sus historias: los académicos que se peleaban, las mujeres a las que no dejaron entrar, los libros que desaparecieron, las rivalidades, los falsos retratos, las anécdotas y los personajes extravagantes. Así nació este libro. Y en cierto modo, es también un libro sobre la maternidad. Sobre esa obligación que tenemos las madres de encontrar palabras nuevas para explicar un mundo que nuestros hijos están empezando a descubrir.
—¿Cómo y cuándo nace la Academia Española? ¿Cómo se convierte en Real?
—La Academia nació en una biblioteca, que es un lugar estupendo para empezar cualquier historia. Estamos en Madrid, en junio de 1713. Un aristócrata ilustrado, don Juan Manuel Fernández Pacheco, octavo marqués de Villena, decide reunir en la biblioteca de su palacio de la plaza de las Descalzas a once caballeros interesados por la lengua y la cultura. El marqués era un personaje fascinante. Tenía una biblioteca extraordinaria, mapas, globos terráqueos, instrumentos científicos y una curiosidad intelectual muy poco común. Había observado lo que ocurría en Francia y en Italia. Los franceses tenían su Academia, protegida por Richelieu, y los italianos una institución con un nombre deliciosamente absurdo: la Academia del Salvado, cuya misión era separar, metafóricamente, la harina buena de las impurezas de la lengua. El marqués quiso hacer algo semejante en España. Aquellos once señores comenzaron reuniéndose en su casa, pero pronto comprendieron que necesitaban protección real. Se dirigieron a Felipe V y, unos meses después, el rey aceptó respaldar el proyecto, que obtuvo su reconocimiento oficial en 1714. Lo más divertido es la elección del emblema. Hubo once propuestas y una de las favoritas era una abeja revoloteando entre flores con el lema «Aprueba y reprueba». Finalmente, eligieron el crisol y el famoso «Limpia, fija y da esplendor». A mí siempre me ha gustado esa imagen del crisol, porque expresa una idea muy hermosa: las palabras, como los metales, necesitan trabajo, fuego y paciencia para conservar su brillo. Aunque tres siglos después todavía seguimos discutiendo sobre quién tiene derecho a encender el fuego.
—¿Cuándo se establece la actual sede y cómo se financia? ¿Qué ha pasado con el urbanismo ilustrado?
—La sede actual se inauguró el 1 de abril de 1894, con la reina regente María Cristina y el pequeño Alfonso XIII, que tenía ocho años. Hasta entonces los académicos habían llevado una existencia casi nómada. Se reunían en palacios particulares, dependencias reales y edificios que iban quedándose pequeños. Finalmente se decidió construir una sede definitiva junto al Museo del Prado. La Corona cedió el terreno y la Academia asumió la construcción, que costó aproximadamente dos millones de pesetas, una verdadera fortuna. El arquitecto, Miguel Aguado de la Sierra, diseñó un edificio de inspiración clásica que parece esconder un templo griego dentro de una gran caja de ladrillo. Pero lo verdaderamente interesante es dónde se levantó. El Paseo del Prado era un proyecto cultural de la Ilustración. Allí estaban el Gabinete de Historia Natural, el Jardín Botánico y el Observatorio Astronómico. Es decir, la naturaleza, la ciencia, el conocimiento. La Academia llegaba para completar aquel paisaje con la lengua y la literatura. A mí me fascina esa idea de ciudad. Un urbanismo que no se limita a colocar edificios, sino que expresa una manera de entender el mundo. ¿Cuándo dejamos de pensar así? No sabría señalar una fecha, pero sí una diferencia: aquellos gobernantes querían que la arquitectura representase el conocimiento. Hoy demasiadas veces parece que lo importante es que represente una operación inmobiliaria. Y no es exactamente lo mismo.
—¿Es real la división entre filólogos y escritores?
—Existe, naturalmente, una diferencia de formación y de sensibilidad, aunque yo no hablaría de dos bandos irreconciliables. Un filólogo observa la lengua como un objeto de estudio. Analiza su historia, sus estructuras, sus transformaciones. Un escritor la utiliza como materia prima para crear un mundo. Uno estudia el instrumento y el otro lo toca. Pero ambos se necesitan. El filólogo puede explicar por qué una palabra significa lo que significa. El novelista puede conseguir que esa misma palabra haga llorar a un lector. Y hay escritores con una preparación filológica extraordinaria y filólogos que escriben maravillosamente. Otra cosa son las discusiones. La Academia, como cualquier institución formada por personalidades intelectuales fuertes, tiene debates, discrepancias y pequeñas rivalidades. Pero eso no me parece malo. Al contrario. Una institución dedicada a las palabras sería bastante sospechosa si sus miembros no discutieran. Lo preocupante sería que todos estuvieran siempre de acuerdo.
—El objeto número uno del inventario patrimonial: un fragmento del cráneo del Cid Campeador.
—Esta es una de esas historias que justifican por sí solas la existencia de un libro. Porque uno imagina que el primer objeto inventariado en la Real Academia Española será un diccionario, una pluma de Cervantes o algún manuscrito de Lope de Vega. Pues no. Es un hueso. Concretamente, un fragmento de cráneo atribuido a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Y eso nos lleva a una historia extraordinaria, porque los restos del Cid han tenido una existencia póstuma bastante más agitada de lo que uno desearía para un héroe nacional. Muerto en Valencia en 1099, sus restos fueron trasladados a San Pedro de Cardeña. Siglos después, durante la ocupación napoleónica, su sepultura sufrió las consecuencias de la guerra y los restos acabaron dispersándose. Parte de esa historia está relacionada con la circulación de reliquias y recuerdos históricos, que durante el siglo XIX se convirtieron en objetos de colección. A mí me interesa especialmente la paradoja: una institución fundada para custodiar el patrimonio inmaterial de nuestra lengua conserva, como objeto número uno, algo tan material como un hueso. Y además, el hueso de un personaje cuya inmortalidad no se debe tanto a sus hazañas militares como a la literatura. Porque el Cid histórico murió hace casi mil años. Pero el Cid literario sigue cabalgando.
—Los grandes tesoros de la biblioteca: códices, manuscritos e incunables
—La biblioteca es, para mí, el verdadero corazón de la Academia. Allí están sus grandes tesoros. Y cuando digo tesoros no hablo metafóricamente: algunos de esos libros tienen un valor histórico y económico extraordinario. Los códices, manuscritos autógrafos, incunables, ediciones príncipe… Lo emocionante es que esos libros no son simplemente objetos antiguos. Son supervivientes. Han atravesado guerras, incendios, mudanzas, revoluciones y siglos enteros para llegar hasta nosotros. Y siguen ahí, esperando que alguien los abra.
—Las mujeres tenían prohibida la entrada en la Biblioteca Nacional. ¿Qué ocurrió?
—Esta es una de las historias que más me gusta contar porque demuestra que a veces una revolución empieza con una carta. Estamos en 1837. Una mujer llamada Antonia Gutiérrez Bueno quiere entrar en la Biblioteca Nacional para documentarse. Está trabajando en un diccionario histórico y biográfico de mujeres célebres, de manera que necesita consultar libros y documentos. Pero se encuentra con un pequeño inconveniente: las mujeres no pueden entrar. Y ella, que debía de tener bastante carácter, decide que aquello es intolerable. Después de intentar resolverlo por las vías habituales, escribe directamente a la reina regente María Cristina. La respuesta de la reina es magnífica. Ordena que se permita la entrada no solamente a Antonia, sino a todas las mujeres que deseen acudir a la Biblioteca. A mí me parece una escena extraordinaria. Una mujer quiere escribir sobre otras mujeres y descubre que no puede consultar los libros necesarios porque es mujer. Es difícil encontrar una contradicción más perfecta. Y lo más hermoso es que aquella decisión abrió una puerta que ya no volvería a cerrarse de la misma manera. Aunque, naturalmente, quedaban muchas otras puertas por abrir.
—María Moliner, la mujer que escribió un diccionario, pero no pudo entrar en la RAE…
—Su historia es una de las grandes hazañas intelectuales individuales de nuestra cultura. María Moliner era bibliotecaria, filóloga por vocación y una mujer de una inteligencia extraordinaria. Un día decidió empezar a escribir un diccionario. Pensó que tardaría unos seis meses. Terminó dedicándole alrededor de quince años. Me parece maravilloso imaginarla trabajando en su casa, rodeada de fichas, papeles y libros, mientras iba construyendo una obra gigantesca: el Diccionario de uso del español, publicado en 1966 y 1967. Y lo hizo prácticamente sola. En 1972 fue presentada como candidata a la Academia, avalada por tres académicos. Pero no salió elegida. El sillón fue para el filólogo Emilio Alarcos. A veces la historia tiene un sentido del humor bastante cruel. Y María Moliner, sin necesidad de sillón académico, consiguió algo mucho más difícil: que su nombre quedara unido para siempre a la lengua española.
—Los odiadores de la Academia. ¿Qué ocurre entre la RAE y el Instituto Cervantes?
—He dedicado el último capítulo del libro a los odiadores de la Academia porque me parece una historia fascinante. La RAE ha tenido enemigos desde prácticamente el día de su fundación. Y algunos eran verdaderamente ingeniosos. En el siglo XVIII se publicaban sátiras contra los académicos, burlas sobre sus trabajos y hasta una obra titulada Memorias de la insigne Academia Asnal. Imagínate. Los académicos todavía estaban intentando organizar el idioma y ya había quien los trataba de burros. Pero eso tiene una explicación. La lengua es un territorio extraordinariamente sensible porque todos nos sentimos propietarios de ella. Y en cierto modo lo somos. Los conflictos más recientes entre la RAE y el Instituto Cervantes responden a otra cuestión: el papel que corresponde a cada institución en la proyección internacional del español. Yo siempre lo explico de una manera muy sencilla. La RAE es el laboratorio de la lengua. El Instituto Cervantes es su departamento de exportación. La Academia estudia, describe, investiga y establece criterios lingüísticos en colaboración con las academias americanas. El Cervantes se ocupa fundamentalmente de enseñar y difundir el español y nuestra cultura por el mundo. Hay algo que no debemos olvidar: el español ya no pertenece únicamente a España. Su presente y buena parte de su futuro están en América. De manera que lo razonable sería que quienes se ocupan de cuidarlo y difundirlo colaborasen estrechamente. Aunque comprendo que, después de trescientos años de discusiones académicas, renunciar a una buena polémica debe de resultar bastante difícil.
—Para terminar, recomiéndanos un clásico español, uno extranjero y una escritora actual
—Esta pregunta es una pequeña crueldad. Pedirle a alguien que lleva toda la vida rodeada de libros que elija solamente tres es como pedirle a una madre que decida cuál de sus hijos le cae mejor. Pero voy a intentarlo.
—Un clásico español.
—Voy a recomendar una novela que acabamos de recuperar en Zenda-Edhasa y que me parece una pequeña maravilla: La dama errante, de Pío Baroja, publicada en 1908. Es una novela de aventuras, pero también una historia sobre la libertad de las mujeres, algo bastante insólito en la literatura española de comienzos del siglo XX. Baroja convierte el viaje en una educación sentimental y moral. Y lo hace con esa prosa suya, seca, rápida, aparentemente descuidada, que tiene una capacidad extraordinaria para retratar un país entero en cuatro pinceladas.
—Un clásico extranjero.
—Es una escritora que probablemente muchos lectores no conocen, aunque estoy segura de que conocen sus historias. Se llamaba Dorothy M. Johnson, nació en 1905 y fue una de las grandes narradoras del Oeste americano. Una mujer que vivió buena parte de su vida en Montana y que escribió algunos de los relatos más extraordinarios del género. ¿Les suenan El hombre que mató a Liberty Valance, Un hombre llamado Caballo o El árbol del ahorcado? Pues las tres películas nacieron de relatos suyos. La primera la convirtió John Ford en una obra maestra protagonizada por John Wayne y James Stewart; las otras llegaron también al cine, con Richard Harris y Gary Cooper. Y sin embargo, ¿cuántos espectadores recuerdan el nombre de Dorothy Johnson? A mí me fascina porque desmonta todos los tópicos.
—Dos escritoras contemporáneas.
—La primera, Karina Sainz Borgo, es una de las voces más poderosas de la narrativa actual en español. Sus personajes femeninos no son heroínas convencionales. Son mujeres heridas, contradictorias, a veces feroces, que intentan conservar la dignidad cuando todo se derrumba a su alrededor. Y eso me interesa muchísimo. Porque la buena literatura no consiste en presentar personajes ejemplares, sino personajes verdaderos. Mi segunda recomendación es Paloma González Rubio, una escritora a la que admiro especialmente por su sensibilidad narrativa y por su trabajo en un territorio literario que todavía no valoramos suficientemente: la literatura juvenil. Paloma tiene la capacidad de abordar asuntos complejos sin paternalismo y sin simplificaciones. Sus novelas respetan la inteligencia de los jóvenes. Y eso, para mí, es fundamental.
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VÍDEO: “La RAE para lectores curiosos”, Fundación 16 de 24
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Autor: María José Solano. Título: La RAE para lectores curiosos. Editorial: Almuzara. Venta: Web de la editorial.
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Fotos de la entrevista: Laborda.estudio @gonlaborda








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