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El testamento de Anselmo el Publicano

El monaguillo Juanito llegó a casa de Anselmo el Publicano a las cinco en punto de la tarde. Vestía tan aseado y elegante que más bien parecía el padrino de una boda o el invitado de honor a una cena de ministros. Llevaba debajo del brazo un cartapacio y un bolígrafo.

Tocó la puerta.

—¿Quién es?

—Soy el hijo de Juan el Castrense, el monaguillo de Almalasa.

Anselmo abrió la puerta. Llevaba una botella de vino aferrada a su mano derecha. Miró su reloj.

—Las cinco en punto de la tarde; bastante puntual, sí señor.

—Soy un hombre de palabra —aseguró el crío—. Bueno, ¿empezamos ya o qué?

Anselmo sacó un par de sillas desvencijadas y las colocó en la calle, a ambos lados de la puerta.

—Pues venga —dijo una vez sentado—. Pon primero «Testamento de Anselmo García».

Juanito abrió el cartapacio. Escribió el título con letras grandes y se lo enseñó a su compañero, que en aquellos momentos bebía un trago de vino directamente de la botella.

—¿Así te parece bien?

Anselmo se limpió la boca con la mano. Miró el título.

—Bueno está. Para empezar, quiero que pongas una jota navarra que aprendí segando trigo por esos campos de mi juventud.

Comenzó a cantar a voz en grito, modulando la voz y alargando las vocales:

Adiós que me voy del mundo
Porque la tierra me llama
Y dejo en el testamento
Que me entierren en Almalasa.

La Pura, que escuchó aquella jota desde su casa, se acercó rápidamente a la ventana.

—En cuanto vea a la Dorotea ya se lo estoy contando todo —pensó.

Debido a las modulaciones de voz, el monaguillo no pudo plasmar toda la letra, por lo que pidió que volviese a recitarla más despacio.

—Tú escucha atento —dijo el Publicano—, que esta jota más que canción es alma.

Volvió a entonarla.

El niño, que había apuntado la letra en un borrador para pasarla después a limpio, levantó la cabeza.

—¿«Llama» cómo se pone, con i griega o con elle?

—Voy a cantarla otra vez y así sales de dudas a escape.

La Pura seguía apegada a la ventana. Estuvo por abandonarla, pues aquella canción empezaba a parecerle más cercana a la majadería que a un sereno juicio. No obstante, permaneció allí por comprobar si cambiaba aquello.

Una vez Anselmo hubo cantado la jota por tercera vez, entraron ya en pormenores.

—A ver, las tierras que tienes, ¿para quién van a ser? —preguntó Juanito.

El Publicano se rascó la nuca y levantó la ceja derecha, buscando una respuesta. Volvió a beber.

—Tengo dos bancales —dijo al fin—. El bancal de los Herreros para ella, y el otro que tengo en el pico Juncalejo, pues para ella también.

Como era soltero, y el monaguillo lo sabía, le preguntó quién era «ella».

—¿Que no te acuerdas de la María, la novia que tuve hace treinta y tres años?

Juanito, que contaba solo con once primaveras, hizo un terrible esfuerzo mental. Incluso se levantó de la silla y dio unas cuantas vueltas alrededor, pero terminó por rendirse.

—Así como si quisiera acordarme, pero ahora mismo no hay manera.

Al oír el nombre de aquella mujer, la Pura casi se echó las manos a la cabeza.

—Dios mío —pensó—, si la pobre María murió hace ya más de quince años.

El monaguillo volvió a sentarse.

—¿Algo más?

—Espera, hostia —refunfuñó Anselmo—, ¿habrá que beber también o qué?

Entró en la casa y salió a los pocos segundos con una nueva botella de vino completamente llena.

—¿Por dónde íbamos? —preguntó descorchándola.

—Hemos terminado con las tierras y ahora vamos con los edificios.

—Espera que me eche un trago.

Continuó Juanito.

—A ver, las casas, ¿cuántas tienes?

Anselmo dejó la botella más o menos por la mitad de su contenido y respondió señalando con el dedo pulgar hacia su morada.

—Esta que ves aquí. Se la doy a ella también, para ella toda.

—¿Para María, qué más?

—María… —dijo mirando al cielo—. Pon María de momento.

El niño apuntó el nombre en su cartapacio.

—¿Algo más?

—Sí, los aparejos que tengo dentro para ella también; las dos tinajas para ella; las sartenes, los pucheros, las sillas, todo para ella…

Aunque el monaguillo no conseguía plasmarlo todo en el papel, omitía taimadamente este aspecto.

—¿Qué más?

—Las cazuelas, la mesa… para ella; el colchón en el que duermo, para ella también…

—O sea, todo lo que hay dentro para ella —interrumpió Juanito.

—Eso mismo.

—¿Algo más?

—Un momento —dijo Anselmo, imprimiendo a su rostro un aspecto solemne—. Escribe en hoja aparte: al pueblo todo de Almalasa.

Juanito cogió un nuevo papel.

—Al pue-blo to-do de Al-ma-la-sa —repetía mientras escribía.

—Queridos almalasientes: por la presente os quiero decir… que no soy digno de vosotros, pues soy pecador de pensamiento…

—Pues soy pe-ca-dor de pen-sa-mien-to —repitió Juanito.

—De pensamiento.

—Eso ya lo he puesto, ¿qué más?

—Espera que me eche un trago a ver si me concentro.

Anselmo bebió con verdadera angurria, terminándose el vino que quedaba en la botella.

—¿Por dónde me he quedado?

—¿Por dónde va a ser?, pues por «pecador de pensamiento».

La Pura, que parecía haber tenido bastante con lo que ya había visto y oído, abandonó la ventana y salió poco después por la puerta. Se alejó de ellos tratando de no llamar la atención.

—No me encuentro muy católico —dijo el Publicano.

Cayó de la silla al suelo, sujetándose a cuatro patas. Por su boca comenzó a salir el vino entre violentas sacudidas que hicieron pensar al monaguillo que se moría.

—Pero, hombre —refunfuñó—, antes de morirte espera por lo menos a que acabemos el testamento.

Anselmo estuvo varios minutos regurgitando sobre el suelo. Un pequeño reguero de vino descendía la cuesta abriéndose paso entre los guijarros.

Finalmente se sentó en tierra, apoyando la espalda en la pared de su casa. Tenía la mirada perdida.

—Soy pecador de pensamiento…

—Soy pecador de pensamiento, ¿y qué más?, ya llevamos así una hora —protestó Juanito.

—De pensamiento… —balbuceó el Publicano.

—¡Eso está claro: eres pecador de pensamiento!

—De pensamiento… y de obra también…

—Menos mal, ya arrancas.

—Y de obra también… porque el otro día no había comida… y me dije: «Si no como me muero… pero no me dio nadie comida… Nadie, pero nadie…».

—Na-die pe-ro na-die —repetía Juanito.

Siguió apuntando con campanudos ademanes todo aquello que, con mente turbia y confusa, le balbuceaba el Publicano. Llevaba más de media hora inmerso en su cometido cuando sintió que alguien lo cogía violentamente de la oreja impeliéndolo hacia arriba.

—¡Aaaaah! —gritaba—, ¡no estires más, que me la rompes!

—¿Se puede saber qué haces aquí, crío del demonio?

Era su padre, Juan el Castrense, que había subido avisado por la Pura. Lo acompañaban esta y su amiga Dorotea.

Era tal la cólera del Castrense que la pupila de su ojo bizco se movía con sorprendente paroxismo. Soltó finalmente la oreja del muchacho y le propinó tantos porrazos en el trasero, entre no pocos denuestos y baldones, que ya no le quedaron ganas a Juanito de volver a sentarse.

El Publicano seguía apoyado contra la pared, desencajado, sin ánimo ni fuerzas para levantarse.

—¿No te da vergüenza —le dijo la Dorotea— aprovecharte de la inocencia de un niño? ¿Es que no tienes corazón?

No obtuvo más respuesta de Anselmo que una nueva regurgitación. El vino que fluía de su boca iba después extendiéndose a través de su cuello hacia el tronco, empapándole todo el ropaje.

—¡Ay, yo no sé lo que hubiera pasado con el niño si no llego a avisar al Castrense! —exclamó la Pura.

—Cualquier cosa menos buena —afirmó la Dorotea.

Juan el Castrense amarró nuevamente a su hijo de la oreja para bajárselo hacia su casa.

—Me lo llevo a casa, y gracias por todo, señoras.

—No hay de qué, para eso estamos —respondió la Dorotea.

Juanito tuvo que andar ladeado toda la cuesta abajo, impelido por la mano de su disgustado progenitor. Llevaba en una mano el cartapacio con los papeles del inacabado testamento.

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Este relato pertenece a la novela El zarzal (editorial Sekotia, Madrid, 2003), de Blas Valentín Moreno.

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