Llegó el momento más esperado de nuestro concurso, ya sabemos cuáles son los relatos escogidos por el jurado de esta primera edición de #mentesana Ha sido difícil elegir entre todas vuestras historias sobre la importancia de tener una mente sana, acerca de los retos de la salud mental en nuestra sociedad o de las barreras que tienen que superar quienes padecen una enfermedad de este tipo.
La ganadora del concurso de relatos #mentesana, organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola, es Elena Blázquez Villar, premiada con 1.000 euros. Los dos finalistas del certamen, en el que han participado más de cuatrocientos relatos, son Andrés Weiss y Leonardo Echeverz, que recibirán por su parte 500 euros cada uno. El jurado ha valorado la calidad literaria y la originalidad de los textos presentados.
El jurado ha estado formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez.
A continuación reproducimos los tres relatos premiados. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.
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GANADOR
LOS TRENES
ELENA BLÁZQUEZ VILLAR
La madre lo despertó, como cada mañana. En el edredón de dinosaurios, un amasijo de rizos remoloneaba y no se quería levantar. Asomaba una manita que amenazaba con dar zarpazos. Le costaba infinito volver al mundo cada mañana. Su madre, a veces, creía que el niño pertenecía más al otro que a éste. Su sueño era una sima por la que el niño descarrilaba cada noche con toda suerte de sueños vívidos que le tenían a ratos en constante movimiento y, por ende, a su madre, que siempre tenía que acudir en mitad de la noche.
La madre le pasó los dedos por la espalda y un suave mugido le indicó que ya estaba volviendo de su planeta nocturno, aunque no de buen humor.
—¿Cereales con leche? ¿O prefieres una tostada con miel? No juegues con el mantel, que se va a caer la leche. Hoy, mejor fruta para el recreo. Dime, ¿prefieres plátano o manzana? Hoy llevas el babi recién lavado, no te manches, por favor. ¿Es que no sabéis jugar sin poneros perdidos?
Ella le intentó pasar un cepillo por el amasijo de rizos sin mucho éxito, porque los rizos, igual que el niño, eran bastante indomables.
—Marcos, ¿dónde has puesto tus botas? ¿Las has vuelto a guardar en la despensa? Haz memoria, anda, no puedes ir descalzo al colegio, ¿qué te va a decir la seño Elvira? Ayúdame a buscarlas, ¿es que les has buscado un escondite nuevo?
Cuando por fin suben al coche, el sol ya ha subido por la loma que hay frente a la casa y una luz rosada que despunta promete un día azul y frío.
Como cada mañana, al sacar el coche del garaje, presencian el estrépito de pajarillos que salen volando en todas direcciones cuando el coche pasa por delante del abeto. La madre, como siempre, le dice un minuto antes:
—¡Atento! Que van a salir en estampida los mirlos y los gorriones. Qué acurrucados están, míralos, pobres, ¡qué sustos se llevan! Mira, hoy hay un herrerillo, ¡qué raro!, es pronto para ver uno en marzo. ¿Le ves las plumitas azules y amarillas? Por cierto, ¿les dejaste un poco de pan en el comedero de fuera? Te lo recordé cuando llegábamos a casa ayer. Si no les ponemos algo de comida cada día, no sobreviven a estos inviernos tan fríos.
El trayecto al colegio pasa en silencio, la madre va pendiente de un tráfico denso y a la vez como ausente; en la radio hablan de que la Audiencia Nacional ha condenado a Trashorras a 34.715 años como autor por cooperar en los atentados del 11M. Un señor desde un Volvo les pita por invadir un poco el carril y la saca de su ensimismamiento.
Cuando llegan al colegio, la madre saluda a las otras madres, que ya esperan a la puerta.
—Abrígate bien, sube la cremallera, a ver, que te sueno los mocos que ya se están cayendo. ¡Ponte la mochila, vamos! Sí, el gorro también, póntelo, venga, con esta helada se congelan hasta las ideas, cariño. Mira, ¡ahí está Martín! Y Carlitos también ha llegado, qué caritas de sueño. Poneos a la fila todos, la seño Elvira ya está abriendo la puerta.
Las madres se miran entre sí. Nunca saben si seguirle el hilo y optan por quedarse calladas. Un día más.
—Esto tiene que terminar.
—¿Pero no hay nadie que cuide de esta mujer? ¿No tiene familia que pueda ocuparse de ella?
—Cualquier día vamos a tener un disgusto. Si, al final, puede desvariar del todo y llevarse a uno de nuestros niños. Es una pena, sí, pero yo ya empiezo a estar preocupada. Deberíamos hablar con la policía, ¿no creéis? Los niños también lo pasan mal. Verla aquí cada mañana también les recuerda lo de Marcos. Mi hija me preguntó ayer: ¿por qué la mamá de Marcos sigue viniendo al cole si Marcos está en el cielo?
La madre se aleja con su monólogo incesante de cuidados y advertencias hacia el niño y lo último que se la oye decir es: “Que no se me pase, mañana es día 11, tengo que llevar el coche al taller, así que nos toca coger el cercanías para venir al colegio”.
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FINALISTAS
MIS MANOS
ANDRÉS WEISS
Era la primera vez que tenía una sensación similar. Esto era real. Recuerdo haber sentido un dolor en el pecho y haber pensado que un infarto me estaba matando. El cardiólogo me indicó, algunos días después, que el corazón no duele. Nadie pasa dos días en su casa infartado y después asiste a una clínica cuando consigue un turno médico.
Permanecí dos días completos casi sin moverme, con tal de no forzar a ese infarto que tenía atravesado en el pecho. «Debe ser muscular», dijo mientras sonreía.
Tampoco se compara con la sentencia de mi neurólogo: «Usted debe estar estresado». Estoy convencido de haber sufrido un accidente cerebrovascular, aunque ellos no puedan detectar nada en sus estudios. Fueron varios días en los cuales solicité distintas opiniones y todas parecían estar equivocadas.
Esto era distinto, porque lo otro no podía verlo, como tampoco podía ver la causa de aquellas otras puntadas en el pecho que mejor no recordar… El cáncer de pulmón ya se había llevado a mi madre y, esa vez, estaba tras de mí.
No, ahora lo podía ver, lo podía palpar. ¡Y claro que lo podía palpar si lo tenía al alcance de mi mano! Esa mano, la izquierda, que tantas alegrías me había dado escribiendo poemas o dibujando casas al pie de la ladera de una montaña.
Era más grande que la mano derecha. Por algún motivo, que aún estoy intentando descubrir, había sufrido una mutación. Las veía una al lado de la otra y las hacía tocarse entre sí. Las enfrenté palma con palma y la izquierda sobresalía.
No sabía determinar con exactitud en qué momento una mano se había vuelto más grande que la otra. Elucubré muchas posibilidades. Una de ellas, la que terminó por convencerme, era que se debía a la ejercitación de la escritura. Lo relacioné con los deportes. Por ejemplo, en las etapas de desarrollo, los basquetbolistas, al saltar constantemente, logran crecer algunos centímetros extras. Si eso podía pasar con ellos… ¿cómo no se me podía agrandar la mano a mí?
Ya la consideraba una deformación. Cuando compraba en el supermercado, mantenía mi mano izquierda dentro del bolsillo de un buzo o de un pantalón. Nunca la apoyaba sobre un mostrador, ni en el banco ni en los comercios.
Me costó mucho tiempo decidirme a ver a un especialista. Conocía muchos traumatólogos o cirujanos especialistas en pie, tobillo y rodilla, pero ¿y los especialistas en manos? Seguramente, si preguntaba, me dirían en broma que acudiera a una manicura. Esos graciosos nunca suelen faltar.
Gracias a Dios, los saludos se hacían con la mano derecha. De lo contrario, podría haber quedado en evidencia en todo momento. No recuerdo bien cuánto tiempo pasó desde mi descubrimiento hasta que me decidí a consultar con una médica traumatóloga. Es posible que hayan sido meses. Quizás ese problema fuera causado por un trauma, y evidentemente no era un trauma mental sino físico. Solicité un turno de forma telefónica: cuanto menos quedara expuesto, mejor. Al preguntarme el motivo de la consulta, simplemente dije: «Me duele un poco la mano».
Muchas noches estuve pensando en los motivos de mi desdicha. Nunca pude saber desde cuándo lo padecía y hasta llegué a pensar que podía ser una malformación de nacimiento. Pero, si era así, ¿mis padres, amigos y seres queridos me habían ocultado mi problema?
Recuerdo muy bien aquel día en el que me dirigía hacia la clínica. Por suerte, no sería observado por alguien de la guardia, sino por alguien que ya conocía muchas manos y muchas afecciones de estas. Los cuidados en mi traslado eran bastante extremos. Por un momento, llegué a trastabillar en el colectivo tras una brusca frenada. Mi mano derecha aún no estaba lo suficientemente ejercitada como para soportar el peso de todo el cuerpo.
Unas cuadras antes de llegar a la clínica, quise pasar por una farmacia para comprar algún miorrelajante. Me sentía tan nervioso que me hubiese tomado el tranquilizante más fuerte que tuviesen. Mis nervios me jugaron una mala pasada: las monedas que tenía en el bolsillo para pagar parecieron saltar de mi mano derecha y comenzaron a rodar por todos lados. Mi búsqueda desesperada se hizo lenta bajo la mirada juzgadora del farmacéutico. Quizás pensaba: «¿Por qué este hombre no usa las dos manos?». Claro, pero él no sabía toda mi historia ni mi problema.
Cuando pude salir de allí, un poco transpirado, tomé una de las pastillas que había comprado y seguí caminando unas cuadras. En la esquina había una casa de venta de muebles. En su vidriera se encontraba colgado un gran espejo que parecía haber sido fabricado para gigantes.
No pude evitar la tentación. Primero miré hacia todos lados y, cuando comprobé que no había nadie circulando por la calle, saqué mi mano izquierda del bolsillo. Me puse derecho, con el torso firme, mirando en dirección al espejo. Los brazos y las manos pegados al cuerpo.
Mis ojos experimentaron algo revelador. Mi mano derecha era considerablemente más chica que la izquierda. Eso me hizo pensar en qué momento mi mano derecha se había encogido. Me bajó un poco la presión e instintivamente puse mis dos manos en los bolsillos. Di media vuelta y regresé a mi casa pensando en cómo podría subirme al colectivo y pagar sin usar ninguna de las dos manos.
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BRINDIS
LEONARDO ECHEVERZ
Los viernes Luisa sale un poco antes. Deja preparada la cena y el remedio de la noche. Antes de irse, la señora le pregunta si el lunes va a venir. Luisa le dice que sí, que siempre viene los lunes. Se dan un beso. En el ascensor piensa que a veces la señora se olvida de las cosas, pero nunca de preguntarle si va a volver.
Instintivamente toca la bolsa con la mano. Hace un chequeo rápido para comprobar que no se olvidó de nada: llaves, billetera, los chocolates importados que recibe como premio de la señora, a escondidas.
Cuando sale a la calle la golpea el calor húmedo. Camina hasta la parada con la bolsa apretada contra el pecho. A esa hora la gente vuelve apurada. Luisa no tanto. Hace muchos años que nadie la espera en casa.
Su colectivo tarda. Ve cómo en la parada se va renovando la gente. Unos suben, otros esperan. Cuando llega el 86, Luisa sube despacio y un hombre joven le cede el asiento junto a la ventanilla. Apoya la bolsa sobre las piernas. Guarda los lentes en el estuche. Saca uno de los chocolates y lo mira. El envoltorio tiene letras doradas y un nombre que parece alemán. Tiene hambre. Todavía conserva esa manía de no comer frente a los demás. Como si fuera algo íntimo. Piensa en abrirlo, pero lo guarda otra vez. En casa va a estar más rico.
Viaja mirando por la ventanilla. Le gustan los balcones de los departamentos. Pensar cómo sería vivir allí. El colectivo se demora en un semáforo y Luisa hace foco en cada balcón. En algunos hay movimiento. Una mujer riega las plantas, un hombre fuma apoyado en la baranda con el teléfono en la mano. En otro, un nene de rulos come algo sentado en su triciclo.
En un balcón del tercer piso cuelgan unas sábanas blancas. Se inflan con el viento y por un momento tapan toda la ventana. Luisa piensa que ese departamento le gustaría. No sabe por qué. Quizá por las sábanas.
Reconoce las calles sin prestarles demasiada atención. Algunos negocios ya bajaron las persianas y otros se preparan para la noche.
Se baja dos paradas antes, como siempre. Prefiere caminar ese tramo. Tiene que hacer ejercicio. Mucho tiempo sentada.
En la esquina espera a que cambie el semáforo. Un hombre duerme sobre unos cartones junto a la persiana de una farmacia. Esquiva con cuidado las vallas blancas y rojas de la obra. Rodea los escombros del pavimento para no tropezar. Nunca terminan de romper.
Finalmente llega al edificio. Busca las llaves antes de detenerse frente a la puerta. Entra y cierra enseguida.
El hall conserva algo de lo que fue: el piso de granito, las molduras del techo. Aunque las paredes ya se acostumbraron a la humedad. El vecino de la planta baja llenó los pasillos de macetas de plástico y latas con suculentas.
Toma el viejo ascensor y sube hasta el segundo piso. En el pasillo hay una sola luz encendida. Luisa abre la puerta de su departamento, deja la bolsa sobre una silla y se saca los zapatos.
Mueve los dedos de los pies y siente el alivio. Entra al comedor y se observa en el enorme espejo, desdibujado en las uniones. Se mira la panza y las tetas que alguna vez causaron deseo en los hombres.
Se levanta un poco la remera. Mete la barriga. La suelta. Vuelve a meterla. Hace un pequeño desfile, poniendo las muñecas hacia afuera e irguiendo la espalda como le enseñó su madre, esta vez sin el libro sobre la cabeza. Se ríe. Hay cosas que una sigue haciendo aunque no haya nadie mirando.
Busca la emisora de siempre. Los viernes, a esa hora, pasan zarzuelas y hablan poco. Luisa reconoce algunas antes de que el locutor diga el nombre. Otras no. Sube un poco el volumen y va hasta la cocina a tomar un vaso de agua. Necesita llegar a la marca de un litro por día que le recomendó el médico. Agarra el limpiador y la franela del mueblecito blanco del lavadero.
Hoy le toca el bayout, ese mueble que guarda todos sus tesoros.
Hay que tirar de la manija de bronce con cuidadosa firmeza. Al abrirse las puertas, una lamparita ilumina el interior. El movimiento produce una ligera vibración que hace tintinar las copas entre sí, nunca más de dos segundos.
Del bayout sale un olor especial, amasado con el tiempo, pero que tiene algo fresco y extrañamente nuevo. Una mezcla de todas las cosas que guarda. La suma de los olores de los tesoros.
Extrae la vajilla de ocasiones especiales, los perritos de porcelana, los souvenirs de fiestas. Pone cada objeto con cuidado sobre la mesa hasta vaciar el mueble. Le pasa la franela al interior y limpia cada pieza antes de volver a guardarla.
Afuera persisten la suciedad, el olor a pis de gato, el smog de la avenida que estalla sin pausa.
Adentro, Luisa se acuerda del chocolate y lo deja sobre un platito.
Saca la botella de la caja y la mira a la luz.
Llena una copita con brandy de Jerez, regalo de la señora, traído de España. Quizá el gusto le viene de su padre, inmigrante español. Sabe que no habrá otra botella: cada gota importa. Sirve lo justo, saborea sin prisa.
Al segundo sorbo siente el calor en la garganta. Después en el pecho. Luisa sonríe.
El bayout reluce y la tarde se vuelve otra.


Me gustan los 3. Estan bien escritos! Se saborean, el delirio, el dolor, la neurosis y la pequeñas aliadas en una vida simple dentro de un mundo negado.
Es como la reconstrucción de un libro que lees, una preciosidad, pero no son originales.