Podríamos remontarnos hasta las sombras chinescas, que solazaban las veladas del epicentro oriental de la Ruta de la Seda cuando la dinastía Han, dos siglos antes de nuestra era. Más lejos incluso, podríamos llegar hasta esas pinturas rupestres en las que se aprecian secuencias de figuras en distintas posiciones, como si narraran una historia o mostraran un movimiento. Todo un precedente del cómic y del cine. En cierto sentido, son precursoras tanto de la viñeta como del plano. Porque, desde la noche de los tiempos, la humanidad ha tenido la necesidad de contar historias en secuencia.
Atendiendo a aquel antiguo anhelo de nuestra especie de contar historias en secuencia, y valiéndose de esa capacidad del ojo humano de retener una imagen por una fracción de segundo después de que desaparece, así como de ese mecanismo del cerebro que aporta la ilusión de movimiento cuando la sucesión de imágenes fijas es lo suficientemente rápida —veinticuatro por segundo, huelga decir— los juguetes ópticos animaron las veladas de los salones del XIX con inventos como el fenaquistiscopio, el zoótropo o el praxinoscopio.
Llegados a este punto cumple dar noticia de Émile Reynaud, inventor del praxinoscopio. De los numerosos destinos desgraciados que jalonan los albores del cine, el suyo cuenta entre los más desdichados. Aunque basada en el zoótropo, fue la suya una de esas creaciones, aplaudidas con fervor por los aficionados decimonónicos, tan estrechamente ligadas a los albores del cine de animación, que en ella tienen su origen tanto aquellas entrañables Fantasías animadas de ayer y de hoy, inolvidable producción de Leon Schlesinger que la Warner distribuyó entre 1931 y 1969, para deleite de las infancias de todas las generaciones occidentales, como la polaca Loving Vincent (DK Welchman, Hugh Welchman, 2017), una animación de largometraje realizada en su totalidad con pinturas al óleo, la técnica más utilizada por Van Gogh, el Vincent a quien rinde tributo esta obra maestra de la animación para adultos.
El gran hallazgo de Reynaud consistió en la sustitución del obturador por un tambor poligonal recubierto de espejos que era contemplado desde un plano alzado. A diferencia del obturador, que llegaba a obstruir hasta nueve partes de la luz que llegaba al espectador, los espejos del praxinoscopio ofrecían una serie de reflejos sin que se perdiera un ápice de luz. Fue así como, en las veladas decimonónicas, los amantes de las ilusiones ópticas creyeron ver a un niño desayunando, a un mono tocando el violonchelo y a un funámbulo avanzando por la cuerda floja entre las distintas tiras de imágenes que el mismo Reynaud creaba.
Pero la última suerte de este pionero de la que habría de ser la manifestación cultural más importante del siglo XX —repito una vez más— no fue la que cabía esperar a tenor de sus primeros aplausos. Dotado de una gran inventiva desde niño, patentó el praxinoscopio en 1877, cuando contaba treinta y tres años. Desde el primer momento, su ingenio gozó de un gran éxito como juguete. Tanto fue así que en 1879 abrió el Praxinoscopio-Teatro, donde sus animaciones evolucionaban en un escenario.
En 1892 había perfeccionado su invento hasta el punto de que fue reclamado por la sala Grévin, un museo de cera tan dado a las artes oscuras que unos años después albergaría las primeras proyecciones de Méliès. En dicha sala, el 28 de octubre de 1892 —hace hoy ciento treinta y cuatro años—, Reynaud llevó a cabo la primera exhibición de sus Pantomimas luminosas. Integraron la sesión tres piezas. La primera de ellas databa de 1888. Bajo el título de Un bon bock, era un sainete sobre un hombre sentado en un café al que le roban su consumición una y otra vez mientras él se pelea con los transeúntes; Clown et ses chiens estaba fechada en 1890 y era una simpática farsa sobre un payaso con sus perros; y Pauvre Pierrot, la última y más reciente de aquellas tres delicias, estaba realizada en 1891 y se trataba de una variación del clásico tema de Arlequín, Colombina y Pierrot.
Este mismo programa se mantuvo en el Grévin hasta 1894. Aunque los dos años de exhibiciones certifican su éxito, Reynaud era consciente de que habría de realizar nuevas piezas para que el espectáculo pudiera continuar. A la postre, como todos los creadores de las artes de las sombras, sus invenciones sólo eran capaces de ofrecer una misma acción, pero si cabe, el trabajo de Reynaud para sus breves pantomimas era más laborioso que el de sus predecesores. Cada una de sus pequeñas ficciones requería un mínimo de setecientos dibujos, y todos ellos estaban hechos a mano por el propio Reynaud. Relegar su trabajo en colaboradores hubiera sido tan peligroso como dejar el funcionamiento de su invención en manos de terceras personas. Todo era demasiado delicado para ser manejado por extraños.
Aunque cargó con la realización de los dibujos de dos nuevas historias, a la vez que daba doce representaciones diarias de las ya conocidas siete días a la semana en el Grévin, su suerte estaba echada. El 28 de diciembre de 1895, los hermanos Lumière presentaban el cine, tal y como hoy lo conocemos, en el Salón Indio del Gran Café del número 14 del bulevar de los Capuchinos de París. Y como es sabido, esa fue la sesión inaugural de la que habría de ser la manifestación cultural más importante del siglo XX. “Se ha capturado la vida —sostiene la prensa—. El mundo se mueve ante una tela blanca”.
Expirado su contrato con el Grévin con el nuevo siglo, Reynaud, que había ofrecido en los ocho años que estuvo en cartel unas 12.000 exhibiciones de sus pantomimas, no había hecho fortuna. Tras invertir infructuosamente lo poco que había ganado en nuevos experimentos, desesperó. Enajenado por el dolor de ver su obra y sus esfuerzos desplazados, destrozó las filigranas de su teatro óptico antes de venderlas como chatarra. Los miles de dibujos que integraron sus pantomimas fueron arrojados al Sena. Murió en la más absoluta pobreza, enajenado, interno en un manicomio en 1918. Ese mismo año, se escribía la Historia al otro lado del Atlántico: David W. Griffith estrenaba Corazones del mundo y hacía furor el slapstick.


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