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La huella del avestruz

La verdadera suerte de un escritor, las posibilidades de que su escritura se desarrolle, no se encuentra en los premios literarios, ni en la partida de falsa notoriedad que se juega en los medios de comunicación, sino en encontrar a un editor que crea en su escritura, en el valor de su incipiente obra, aunque entonces resulte imperceptible para los demás. Los caminos del arte son azarosos, pero la magia que desprenden los libros no surge solamente en la mesa de trabajo del escritor, de su capacidad creativa, sino que sus páginas se revitalizan y se esclarecen durante el proceso de edición.

El mundo editorial, la industria del libro, ha cambiado mucho —y no solo en Italia— desde los años treinta del siglo pasado, cuando comenzó a extenderse desde Turín, Roma y Milán el sello del avestruz, la editorial Einaudi, dirigida por el intuitivo Giulio Einaudi, con algunas de las ediciones que marcarían el rumbo cultural de buena parte de Europa. Basta citar, a modo de ejemplo, algunos de los libros publicados en 1963: El aprendizaje del dolor, de Gadda; La jornada de un escrutador, de Calvino; El consejo de Egipto, de Sciascia; El chal andaluz, de Elsa Morante; Léxico familiar, de Natalia Ginzburg; Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; y La historia de la República de Saló, de Deakin.

Hoy en día las empresas editoriales se pierden en sus organigramas y departamentos, muchas veces dirigidas por profesionales que tienen un contacto bastante epidérmico con el mundo cultural, y cuya función se centra sobre todo en rentabilizar cada producto —ya no libro— editorial. Es por ello que ahora los autores buscan el amparo de un agente literario para gestionar sus relaciones con las empresas editoriales y sortear sus cercos restrictivos de selección.

"Italo Calvino elevó a categoría de género literario, como solo Jorge Luis Borges pudo hacer con los prólogos, las humildes solapas y contraportadas de los libros"

Pero la relación entre el editor y el escritor sigue siendo la ideal, y la más idealizada por cualquier escritor, siempre necesitado de estímulo y apoyo. De hecho, se produce una curiosa relación que tal vez se conserve en las editoriales más pequeñas, y es que muchos escritores acaban ganándose su sustento trabajando para una editorial, enriqueciendo con sus saberes la dimensión cultural de su proyecto: «la pasión civil por cambiar el mundo» (25). Este es el caso de la editorial Einaudi. Basta solo contemplar la larga lista de quienes luego serían grandes nombres de la literatura italiana y europea —Cesare Pavese, Italo Calvino, Primo Levi, etc.— que conformaron un grupo humano que con el paso del tiempo no deja de asombrarnos y de hacernos entender la magia oculta que a veces desprenden ciertos libros.

Por eso resulta tan conmovedor el retrato que Ernesto Ferrero realiza de Italo Calvino, que elevó a categoría de género literario, como solo Jorge Luis Borges pudo hacer con los prólogos, las humildes solapas y contraportadas de los libros. Un género en el que Calvino siempre sobresalió, hasta convertirse en un maestro insuperable, lo que seguramente le llevó a consolidar su poética narrativa, recogida ulteriormente en sus Seis propuestas para el próximo milenio.

Son muchas las anécdotas de Calvino que salpimientan el texto de Ferrero, al ser uno de los personajes más recurrentes en su evocación de La tribu de Einaudi; pero quizá una de las más significativas, y que mejor refleja la personalidad de Calvino, se encuentre en el explícito capítulo titulado «Lo he reconocido por su silencio», donde narra su encuentro en Sevilla con Borges:

«Jorge Luis Borges, ciego desde hace tiempo, se halla reunido en un hotel de la ciudad con unos amigos. Chiquita conversa amablemente con su compatriota, Italo, como siempre, se mantiene apartado. Tanto es así que ella considera oportuno avisar: Borges, también está Italo…».

Apoyado en su bastón, Borges levanta la barbilla y dice sin inmutarse: «Lo he             reconocido por su silencio» (64).

Otro de los acercamientos más emotivos y personales de los sucesivos retratos —pequeñas semblanzas— que Ernesto Ferrero dedica a los miembros históricos de la tribu de Einaudi es el que dedica a Primo Levi, el químico turinés cuyo manuscrito de La tregua leyó con la convicción de que se encontraba ante el texto de un gran escritor: «Hasta un aprendiz de tendero podía ver que el libro, todavía en hojas volantes, tenía el timbre y la sustancia de un “clásico”». Si bien hacía años que «Pavese» o tal vez «¿Natalia?» le habían devuelto, con la amabilidad que caracteriza a las editoriales, el manuscrito de Si esto es un hombre.

"Primo Levi nunca salió del campo de concentración de su depresión, a cuya celda regresaba con recaídas cada vez más alarmantes, agravadas por la paralizante enfermedad de su madre"

La editorial Einaudi tuvo grandes aciertos, pero también notables errores de percepción. Por ejemplo, desechó El Gatopardo, Doctor Zhivago y El tambor de hojalata. Entre sus damnificados se encuentran también autores tan emblemáticos del sello del avestruz como el propio Italo Calvino, a quien rechazaron su primer libro de cuentos, Pazzo io o pazzi gli altri, o el citado Primo Levi, del que Ferrero señala que durante años «fueron pocos lo que entendieron que el prisionero que había salido desde Fossoli en uno de aquellos trenes [que conducían a Auschwitz] era, más que un químico, un escritor».

Primo Levi nunca salió del campo de concentración de su depresión, a cuya celda regresaba con recaídas cada vez más alarmantes, agravadas por la paralizante enfermedad de su madre: «Pasaba horas delante del ordenador, sin escribir, o con la madre, que lo llamaba y lo quería permanentemente a su lado. Esperaba la noche, la liberación del sueño.  A muchos les repetía: “Es peor que en Auschwitz”».

Son muchas las semblanzas de escritores y colaboradores que Ferrero realiza con técnica de miniaturista. Algunas, a través de breves rasgos expresionistas, no dejan de sorprender. Entre ellas, las evocaciones de Cesare Pavese, cuya sombra no dejó de pesar sobre toda la editorial y, especialmente, sobre el despacho que daba a la oficina de Re Umberto, donde durante diez años trabajó Ferrero. No en vano, Pavese había sentado las bases de la editorial: «su mentalidad y ese estilo áspero, arisco y ávaro de palabras».

O el retrato más pintoresco que hace de Guido Ceronetti, del que señala que, al pasar, «dejaba un olor ácido, como a sopa de verdura». O el más convencional de Elsa Morante, cuya verdadera familia, según Ferrero, eran sus lectores: «sobre todo los más jóvenes».

"Son muchas las historias y los libros, las reuniones y los encuentros que Ferrero entrevera en ordenados capítulos con los que trata de reordenar su memoria simultánea"

Pero quizá el más rocambolesco, el más propio de un relato policiaco, sea el esbozo que hace de Malcolm Skey, quien arrastraba un halo de misterio, ya que dejaba entrever que trabajaba para los servicios de inteligencia ingleses. Políglota, tenía una gran facilidad para aprender idiomas: le bastaron quince días para familiarizarse con el húngaro y el polaco. Era capaz de viajar a París por una fruslería, maniático de la limpieza —«Nunca le parecía haberse duchado lo suficiente»—, estaba también aquejado de una dromomanía que le hacía conocer los horarios de todos los trenes y aviones del país, así como sus tarifas. El «agente especial Malcolm Skey» simulaba una vida de novela y así murió, como un personaje de novela negra.

En fin, son muchas las historias y los libros, las reuniones y los encuentros que Ferrero entrevera en ordenados capítulos con los que trata de reordenar su memoria simultánea. Curiosa para los españoles es la mención que se hace —y que Ferrero pone en labios de Italo Calvino— de Camilo José Cela: «Este Camilo José Cela quiere que lo traten como a un Dios Todopoderoso. Vaya aires se da. Es una de las personas más vacías e insoportables de la literatura internacional»; así como la más encomiable de Carlos Barral como editor europeo y de José María Castellet como crítico literario, tras el traslado del Prix International de Littérature de la isla de Formentera a la isla de Corfú, debido a que el régimen había negado la entrada a Giulio Einaudi por ser responsable «de una publicación antifranquista de cantos populares».

La descripción que Ferrero hace de los dos letraheridos españoles es paradigmática de su estilo:

«El catalán José María Castellet, figura mística y alargada del santo predicador, del misionero, que parecía pintada por El Greco; y el editor Carlos Barral, barbudo, eléctrico, con una voz enronquecida por el humo, elegante como un pintor parisino coetáneo de Toulouse-Lautrec, un anarquista de buena familia y feliz de sentirse un revolucionario, de luchar contra el franquismo y de estar en el bando correcto. Años después, en Frankfurt, yo le envidiaría una maravillosa capa negra forrada de raso rojo que movía con la misma gracia muscular de un torero manejando su capote. Se fue cuando aún era joven. Espero que haya muerto así, con la esperanza de que la renovación estuviese a la vuelta de la esquina, de que los buenos libros cambiarían pronto España y el mundo, porque solo las acciones elegantes pueden de verdad hacerlo».

Pero, al margen de este rico imaginario cultural europeo, Ernesto Ferrero también señala algunas de las claves que caracterizaron la filosofía del sello del avestruz, cuya resistencia y oposición al fascismo marcan no solo su génesis editorial —«Pavese desterrado, Mila y Foa en la cárcel, Leone Ginzburg torturado hasta la muerte en la prisión de Regina Coeli, Giaime Pintor reventado por una mina»—, desde la ética del trabajo, sino también su proyecto humanista, transformador de la realidad. En la editorial, en la que cada uno parecía campar con absoluta libertad, había un binario sistema decantador: los libros del sí y los libros del no. Para Giulio Einaudi:

«Los primeros son los que te cambian por dentro, los que transforman tu percepción del mundo: son los libros necesarios. Los segundos son los que no viven más que unas pocas semanas, los que se tiran en grandes cantidades para ir al encuentro de los peores gustos del mercado».

Por ello conviene tener bien claro que «el trabajo editorial se hace, sobre todo, con los “no”». Si bien Giulio Einaudi siempre tuvo la inteligencia, estrategia muy seguida por las editoriales europeas, de publicar:

«cada año un número, aunque sea escaso, de libros con los que sabe que va a perder. Pongamos que cinco libros sobre un total de cien. Libros con un alto valor cultural y científico que sirven para arrojar un halo de prestigio sobre el resto de la producción, incluso sobre la más oscura y mezquinamente comercial».

Ernesto Ferrero hace una evocación bastante crítica de Giulio Einaudi, al que describe como una persona bastante superficial y frívola, fascinada por la permanente novedad e incluso poco leída, que solo parece humanizarse cuando pierde sus plenipotenciarios poderes al caer Einaudi bajo el imperio editorial de la enemiga Mondadori. El retrato, al margen de cierta admiración por la figura del Editor, tiene algo de ajuste de cuentas, sobre todo cuando lo contrapone con la austera y sustantiva figura del otro Giulio: Bollati.

La tribu de Einaudi, de Ernesto Ferrero, publicado eiunaudianamente por Trama Editorial y prologado por el crítico literario y cultural Manuel Rodríguez Rivero, es un libro cautivador que refleja la historia de una de las empresas editoriales que ha enriquecido el acervo europeo y en el que late la pasión por el libro y la vindicación de una ética de la escritura. Sí, los caminos del arte son azarosos: la magia que desprenden ciertos libros no surge solamente en la mesa de trabajo del escritor.

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Autor: Ernesto Ferrero. Título: La tribu Einaudi. Traducción: Chiara Giordano y Javier Echalecu. Editorial: Trama. Venta: Todos tus libros.

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