Parece que un motivo de fondo para que alguien odie La bola negra es que otro no la odie. Sucede con la maldad adolescente. Alguien, de jovencillo, prevé el apuro o incluso la desgracia en un compañero al que envidia, y espera ansiosamente la colleja que le van a dar, la regañina del profesor o la caída. Como estos percances no se producen, al final los provoca él. Alguien tiene que hacerlo, piensa, aunque él, en su miseria moral, no pensaba hacerlo en primera instancia.
Sólo entonces han empezado a aparecer críticas muy destructivas de la película. Son críticas, en rigor, a la falta de crítica, como si un vacío les obligara a dar un paso que esperaban que diera otro. Pero Soto Ivars ha hablado bien del filme de los Javis, y Carlos Boyero, y todo Twitter, y nadie realmente ha sentido ofensa o escarnio o panfleto o inquietud ante la historia trifásica, trifachita. Esto es muy grave, por supuesto, que no haya en España un fascismo como Dios manda, que vaya a los cines a interceptar accesos, a quemar las copias de La bola negra.
Una crítica primaveral de la cinta la hizo Carlos F. Heredero, que no sé muy bien quién es, pero es crítico de cine de siempre. Nos suena de páginas de Fotogramas, o de periódicos (¿El Mundo?); nos suena de las parrillas de estrellitas de la Guía del Ocio, años 90. Ahora dirige Caimán (sic), revista de cine.
Y ahí, en el Caimán, este señor ha dicho que La bola negra es muy mala. Un filme espantoso. Luego he visto otra reseña negativa en la revista Ctxt (¡Dios salve a las pequeñas revistas, que son al final las únicas que luchan contra el cine LGTBI!). Vicente Monroy firmaba una larga disertación sobre el fascismo subyacente en una cinta LGTBI que debía indignar a los fascistas. Como curiosidad, tanto Monroy como Heredero han insultado al que esto escribe, por esas cosas que tiene la vida, que es muy coherente.
Heredero, Carlos (F), declaró hace nada en El Confidencial que hay dos clases de crítica cinematográfica: una, la suya, y otra, la de Carlos Boyero, que “es amigo”. Esta última se denomina en los sitios donde denominan las nociones como “crítica de gusto”. Simplemente te gusta o no te gusta una obra, sin saber tú mismo siquiera, porque eres tonto o buey, por qué te gusta o no. A lo mejor te gusta porque eres tonto, o del fascio.
Heredero cree que la palabrería avala la opinión, de modo que poder expresar conceptos complejos e intelectualmente enraizados en otros conceptos complejos de la larga tradición del pensamiento perfumado convierte tu “me gusta” en un me gusta más importante. Ya no es “me gusta”, sino verdad académica.
En rigor, la crítica de Heredero (que tengo delante), elige adjetivos contra La bola negra que son a todas luces discutibles, muy fulanos. “Redundante”, “sonrojante”, “hiperbólica”. Sustantivos: “ampulosidad”, “grandilocuencia”. Más adjetivos: “barroco”, “alambicado”. Sobre la actuación de Alberto González: “limitada”, “patética”. Sobre la escena de Lorca lo mismo: “impostado”. La reseña acaba (creo) con la mini-reseña de otra película gay, The man I love, que sí que es buen cine gay. Heredero estaba en Cannes haciendo una reseña detrás de otra y, según él, los Javis tuvieron la mala suerte de que su película se proyectara el mismo día que una película mejor, pero más o menos igual de maricona. Es al revés: Heredero tuvo la suerte de poder comentar positivamente una película gay después de criticar una película gay, para abortar en el propio texto las sospechas inevitables de homofobia.
El caso es que la reseña profesional y académica de Carlos F. Heredero no se diferencia de la reseña que pueda hacer cualquier patán, Boyero mismo o el que esto escribe. La de Heredero es una opinión más, llena de bilis y prosa atropellada, a su vez redundante de adverbios, y motivado sin disimulo en un único hecho: que los fachas sean follables, y que el bando nacional en la cinta no obedezca a la caricatura que a él le parece buen cine. Ya saben que si sale un cura en una película, y no ha violado a un niño, es una película facha.
Toda la opinión o gusto de Heredero en su reseña coincide punto por punto con mi opinión y mi gusto, sólo que de manera invertida. Salvo el agujero negro actoral que supone Bernardeu, y la bobería del personaje de Glenn Close, pienso lo contrario que don Carlos en absolutamente todo. ¿Por qué mi opinión es, como creo, mejor que la de Heredero? Porque yo no la fundamento en prejuicios políticos. Yo veo, perdonen mi francés, la película en la película, no mi militancia en la película.
Luego el joven Vicente (Monroy) ha escrito una melopea reposada y muy extensa sobre por qué no debemos caer en la trampa de compartir butaca en el cine con fascistas. La bola negra es “un artefacto publicitario”, aunque antes de entrar en harina había que utilizar el verbo “desplazar”, de modo que “lo político se desplaza hacia lo psicológico” (por lo que sea). Parece que La península de las casas vacías, de David Uclés, también desplaza cosas. Según no sé quién (citada en el texto) “la magia sustituye a lo político”.
Qué coñazo es esta gente, ¿eh?
Como “catastrófico resultado” resume (resumo yo) Monroy lo de La bola negra. Han querido acrecentar un texto inacabado y apenas conocido de Lorca, y el resultado ha sido la catástrofe. Jolines.
Porque tiene “muchos y graves defectos”. Se habla de “la erotización del fascismo” (aunque sin considerarlo tan grave, eso sí), pues algo imperdonable de los Javis es que vean follables a los fachas. Fíjense que erotizar esvásticas no nos parece mal, si atendemos al sostenido prestigio de cintas como El portero de noche (1974), de Liliana Cavani. Con todo, lo más grave es esto: “Lo verdaderamente desagradable es su incapacidad para concebir al espectador como un sujeto mentalmente capacitado para trazar su propio camino entre las imágenes”. Y más: la película “denuncia la falta de libertad que sufren sus protagonistas mientras se la niega a quien la mira”.
¿Quién decide que una película da libertad a su propio espectador? ¿En qué consistiría esa libertad? ¿Quién, en un cine, quiere libertad de ningún tipo? Son preguntas humanas que apenas arañan en su capricho el planteamiento de nuestro crítico nefelibata.
Un cineasta como Abbas Kiarostami, por ejemplo, señalaba la falta de sitio para el espectador que él notaba en los guiones perfectos de Billy Wilder, y defendía la irregularidad y desequilibrio de sus propios guiones, que daban al espectador oportunidad de manifestarse. ¡Aquí todo el mundo tiene teorías muy chulas, amigos!
Sin embargo, diga lo que diga Abbas Kiarostami, Billy Wilder es un gran cineasta, y el propio director iraní también, así que lo que dice un creador sobre otro sólo significa una cosa: defiendo el cine que yo hago.
Sin embargo, que un crítico exija cosas tan raras como “libertad para el espectador” en una película no significa nada, porque él mismo no ha hecho una película donde muestre qué quiere decir con eso. Recurrir a grandes directores o grandes películas para tener razón resulta ridículo, como si yo pusiera a caldo una novela y mi principal argumento fuera: “No es Proust”. Proust no está de tu parte. Fassbinder no está de tu parte. No hables en su nombre.
De Heredero a Monroy, hay un gran esfuerzo intelectual en negar el acierto de una película llena de talento y estímulos simplemente porque no es la película que harían ellos si fueran capaces de hacer algo. En realidad, no saben qué película quieren ver, y sólo descubren que una película no es la que querían ver cuando la cinta termina. Esta exquisitez equilibrada en el vacío es lo que define a la crítica más inútil: son incapaces de ejercer de espectador y, por tanto, acogen la película como si habitaran una entidad distinta, nada vulgar, nada retiniana, nada universal, casi jurídica, casi paternal. Esa entidad no existe. Eres uno más en una sala de cine, y ni siquiera de los más honestos.




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