No somos famosos, pero a veces conseguimos la famita. La famita es el grado cero de la fama, un estadio tramposo de la celebridad, como el bebé bonitísimo que te ha venido y que te hace querer otro más, para acabar desquiciado. La famita es reconocimiento con cuentagotas, asaltos amables, vigilancia tierna. La gente te dice tu nombre, tú asientes, y se cruzan unas palabras de jerarquía favorable, que siempre suenan a confusión. Te han confundido con alguien que es importante para ellos, pero apenas nada para sí mismo.
El rostro de la fama es, señaladamente, un rostro aparte. Nadie es guapo ni feo si es famoso. La fama aclara el juicio inmediato hacia el desconocido, que sí puede ser guapo y sí puede ser feo, o algo entre los dos extremos. La cara que nos suena viene de un sueño, de un espectáculo, de un mundo paralelo, y eso nos maravilla y la juzgamos siempre desde la epifanía. Alguien que sólo estaba en el territorio simbólico comparte de pronto tu tiempo y tu espacio, y eso es gratificante. Quieres una foto; no ya una firma. Quieres una foto que pruebe que inhalaste un aire célebre.
Por esto que digo, ser famoso un poquito desconcierta. La gente se ha confundido, pero tampoco es culpa tuya. Ahora, cada vez que salgo a Madrid (o sea, cada vez que cruzo el río), alguien me saluda. Esto está muy bien organizado porque sólo es una persona cada día, pero es verdad que no hay día en Madrid en el que alguien no me pare y me malinterprete. Me trata como si me debiera algo. Le han gustado unos vídeos, unas declaraciones, una tonalidad política, un chiste, una compañía. A veces incluso unos artículos. Está todo eso acumulado en su forma de mirar a un servidor y en su forma de excusar el asalto. “¿Le puedo saludar?”, recuerdo que le dijo un amigo hace mil años en plena Gran Vía a Julio Anguita. “¿Le puedo saludar?”.
Yo nunca he saludado a nadie porque le conociera o admirara, hubiera leído sus libros o hubiera visto sus películas. Diría incluso que me parece una falta de respeto. Una persona está a sus cosas (muy habitualmente hablando con otra) y tú decides irrumpir en su vida, como quien quiere venderle algo o sacar algún provecho. Además, le dejas la sensación de espionaje, espionaje que ignora cuán largo ha sido. Quizá llevas mirándole media hora. Quizá le has seguido por la calle. Y peor: quizá mucha mas gente le sigue por la calle y le lleva mirando media hora.
Con la famita, eso piensas. Qué llevas puesto, qué has hecho (¿has tirado al suelo la colilla, el papel; has mirado el culo a una chica? Todo eso lo habrá visto el que te miraba antes de saludarte). Uno pasea las calles sin darse ninguna importancia, sin querer ser notado, y, de pronto, alguien te había tomado la matrícula. Eso es raro. No llevas puesta la cara de presentaciones, a lo mejor estás triste, feo, nostálgico, encabronado. Por eso, en la fama grande, rige lo que dijo Boris Izaguirre: “Siempre hay que actuar como si alguien te estuviera mirando”. Nunca sabes cuándo alguien te está mirando, si eres famoso grande. Todo el rato, en realidad.
El amable único desconocido que me saluda cada día que voy a Madrid siempre lo hace como fan o seguidor. “Soy seguidor”, dicen, muy modernos, muy confundidores. O, incluso, “te sigo”. No sé cuándo se ideó que el término “seguidor” valía para estas cosas, porque suena un poco sectario. El caso es que no me ha pasado nunca que alguien me diga mi nombre y luego se muestre disgustado con mi podcast o mi columna. Siempre se trata de asaltos a favor.
Diríamos aquí que quizá la simpatía da más coraje que el desafecto, que uno tiene el visado de ir a adular pero no la orden policial de ir a reprender. Sin embargo, uno imagina entonces que, lo mismo que ese señor se ha parado a saludarte porque le gusta lo que haces, habrá otro, o muchos otros, que no lo han hecho porque no les gusta lo que haces. Con nefasto pesimismo, imagina uno la contraparte antipática del seguidor, que está formada por ese otro caballero o damisela, señora o pimpollo, que también te ha reconocido y si no lo has notado es porque te detesta. Con la famita, además, si pillas a alguien mirándote ya no sabes por qué.
A veces voy con mis hijos y suceden estos avistamientos, y un señor me da la mano en el Mercadona, en la fila de la caja. Entonces mis hijos me miran y preguntan: “¿Quién era? ¿Por qué te habla?”. Esto da mucha satisfacción porque luego lo podrán contar de mayores, y quedará uno como Michael Jackson.
La mañana que entrevisté a Santiago Segura, fui luego con él varios cientos de metros por la calle. Le paraba una persona cada cinco metros. Le pedían un selfie. Segura se hacía selfies con todo el mundo, sin protestar. Esa fama desmandada es muy impresionante de ver. Es como el tipo que se tira en los conciertos sobre la muchedumbre y lo llevan en volandas de mano en mano y nunca toca el suelo.
Lo que más me intriga de la fama fuerte es el selfie. Ya nadie pide un autógrafo, ese garabato aduanero, tiene que ser una foto. En la foto, necesariamente, sale el seguidor junto al famoso, juntitos, quizá con el brazo de uno sobre el hombro del otro. Es un trofeo de caza mayor. Pero también es un punto de contacto entre dos mundos que no existen, pero todos pensamos que existen. El mundo de la gente normal y el mundo de los famosos. Son los mismos bares y las mismas calles y las mismas habitaciones de hospital, pero parecen separados por un cristal de rueda de reconocimiento: tú ves a los famosos y los famosos se ven a sí mismos. Entonces el selfie con alguien que admiras sirve para atravesar ese espejo, esa mampara, durante un brevísimo instante de subidón. Cuando enseñas la foto, o narras sin más el encuentro con Fulanito, tu valor social aumenta, debido al, sin duda, “aura farmeado”.
Lo que quizá no sabe el seguidor es que, en la famita, también lo cuentas luego, y tu autoestima se hincha durante el resto del día. Alguien se ha equivocado y te tiene aprecio. Se trabaja mejor sabiendo que alguien te tiene aprecio.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: