He visto varios partidos del Mundial y me acuerdo todavía de uno. Fue el peor. Se enfrentaban (elijo la piedad) un equipo de Europa y otro de América del Sur. La selección europea era favorita y presentaba una formación en 4-2-3-1. El plan de la selección americana era diferente: hacer trampas.
No eran futbolistas, sino simples matones. Tenían ese gen del delincuente de barrio, que sabe aprovechar cualquier ocasión para el hurto o la trastada. Era como si llevaran en mente hacer el mal todo el tiempo. Minuto a minuto se sucedían las agresiones, los teatros, los insultos, la picardía. Era estomagante de ver, no ya antiderportivo, sino anticivilizatorio. Daba pudor.
Me vinieron algunas ideas a la cabeza. Recordé, por ejemplo, un torneo de selecciones americanas que vi hace muchos años. En un partido, un jugador le metió o medio-metió el dedo por el ano a Luis Suárez, delantero de Uruguay. Recuerdo este lance porque fue en el que apagué la tele y decidí dejar de ver el torneo. Antes de la colonoscopia cavernícola, el fútbol que se había visto no era mucho más avanzado. Patadas salvajes (a Neymar lo lesionaron, de hecho, propinándole un rodillazo en la columna vertebral), fingimientos, faltas de respeto constantes.
Es difícil entender a quien juega al fútbol sin jugar al fútbol, lo que creo que se llama “el otro fútbol” o algo como “canchero”. Pensando en este fútbol sin talento, de ex-presidiario, me venían ideas cómicas a la cabeza, como que hubiera una academia de fútbol donde te enseñaran a dar las patadas más dolorosas y a teatralizar dolorosas patadas cuando nadie te había tocado. Una escuela de delincuencia futbolística. Por la tarde, sesión de trucos. Patear el punto de penalti, decirle al delantero que vas a violar a su hija, escupirle. Lo del dedo en el culo llegaría en el segundo curso.
“El fútbol es de listos”, dijo Luis Aragonés, muy celebradamente. Nunca he entendido a este entrenador ni su famoso discurso motivacional a los jugadores, cuando acabaron ganando no sé qué trofeo importante. En él, amén de señalar a los dueños listísimos del fútbol (listos: tramposos), decía cosas como estas (en paráfrasis): hay un alemán que parece muy volátil, de mecha corta, vayan e insúltenle, denle alguna patada, a ver si se cabrea y les da un puñetazo, y conseguimos, vía tarjeta roja, jugar contra diez alemanes nada más. ¿Eso es ser sabio en Hortaleza? ¿Eso nos llena de orgullo?
Sin mucho sentido, me vino también a la cabeza la famosa frase de Octavio Paz: “Lo primero que se corrompe en un país es su sintaxis”. Me costó entender qué tenía eso que ver con el fútbol. Pero conseguí seguirme la pista.
Si yendo hacia la ruina, es la pequeñez del lenguaje lo que avisa de ese camino de perdición, saliendo de ella, también podía haber algo pequeño, superficial, que elevara a una sociedad. Y entonces pensé que lo primero que progresa en un país es su manera de jugar al fútbol.
Contrariamente a lo que dijeron el propio entrenador del país que no cito, y a lo que dijo una diputada de allí, de nombre Celeste, que llamó “hijo de puta” a la estrella del equipo europeo, los americanos de su selección no debían jugar como era su país o su origen, no debían dar patadas porque no habían tenido padre, no debían mentir porque sus políticos mintieran sin cesar en un país degradado. Tenían que hacer justo lo contrario, decirles a sus conciudadanos “nuestro país es pobre, nuestros políticos, escoria, nuestro origen, la inclusa, pero aquí, con la pelota, ante el mundo entero y cien cámaras, les decimos que se puede ser honrado, digno, caballero en todo momento y en todo lugar, y queremos que ustedes también lo sean”.
No, prefirieron decir que su país era tramposo, descuidero, hampón, y que todos se engañan los unos a los otros y se roban y traicionan, y que eso es válido igualmente.
Después, mucho después de todo esto, sin más, me vino a la cabeza algo que había dicho Antonio Escohotado en uno de las decenas de vídeos cortos suyos que me han saltado en estos años, mayormente en Instagram. No lo recordaba, pero iba de países y riqueza, de algo que podía valerme.
Estas son sus palabras: “Me he dado cuenta, y parece mentira que no me haya dado cuenta yo antes e incluso que todavía siga esto poniéndose en duda, que un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo; un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas pasando por la calle, la acera es estrecha, y tú te bajas y dices “disculpe”. (…) Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico. O sea, en definitiva, la riqueza es conocimiento. Y sobre todo un conocimiento que le permite el respeto ilimitado por los demás”.
Volviendo a ver el vídeo, recordé que, en un primer visionado, la tesis de Escohotado me pareció una coquetería. Sólo viendo un partido de fútbol he llegado a darle la razón. De hecho, algunas semanas después, la selección española disputó un partido más y un jugador rival cayó al suelo, al parecer lesionado. En menos de dos segundos, un mediocampista español echó la pelota fuera del campo, para que el rival recibiera atención médica. Y escribí en Twitter: “No somos Tercer Mundo”.


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