Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 5 de noviembre de 1936: Los camiones de los brigadistas
Este conductor no sabe dónde va —dijo John Cornford—. Nos hemos perdido.
Las municiones llegaban en cajas de embalaje británicas un tanto viejas. A cada hombre se le repartieron dos cartucheras de tela, cincuenta cartuchos por cabeza. A más de ello, cada día les daban pan, sardinas, vino. Eso habían cenado antes de partir. Desde que estaban en el camión se dedicaban a entonar cantos típicos de tabernas inglesas como The old grey mare y She was poor but honest.
She was poor but she was honest
Victim of a rich man’s whim
First he loved her, then he left her
And she lost her honest name
El periplo era complicado. De Albacete, en tren, hasta Alcázar de San Juan. Allí, al salir de la estación encontraron una larga hilera de camiones. Los cuarenta ingleses se subieron rápidamente al suyo. Con ellos iba su equipo: cuarenta macutos, cuarenta fusiles, cuarenta mantas. El camión no era grande. Los fusiles de unos apuntaban a los ojos de otros. John Sommerfield, el más alto del grupo, se agazapaba en la parte trasera. Mientras cantaban de nuevo, no dejaba de mirar a sus compañeros. El portón trasero se le clavaba en la espalda.
La carretera estaba en pésimo estado. Cualquier carretera comarcal española era estrecha. A ratos desaparecían, se convertían en caminos de tierra con baches, curvas. Pese a todo, los camiones avanzaron con rapidez razonable, cargados de hombres apiñados, con frío. Unos se quejaban, otros aguantaban estoicos. Entre los británicos solo John Cornford, ejerciendo de líder, se rio cuando terminó la canción y empezaron las protestas.
—¿Qué pensabais que iba a ser la guerra, un lecho de rosas?
A Sommerfield le dolía el trasero. Se le dormían las piernas. Alrededor clareaba el alba. Comprobó que, efectivamente, se habían perdido. Hasta entonces, cada vez que tomaban una curva veían la caravana de camiones, de color verde oscuro, llenos de tropas, que los precedían. Los campos estaban cubiertos de olivares. La fila se había estirado a medida que avanzaba la noche y, antes del amanecer, acabaron por perderlos de vista.
El conductor detuvo el vehículo en un cruce de carreteras. Las señales indicaban ciudades. John Cornford bajó a discutir, antes de volverse a los demás, que ya estiraban las piernas.
—Toledo está bien, pero no queremos ir ahí —dijo—. Vamos hacia Madrid. Hacia Alcalá de Henares.
Los primeros rayos del sol acariciaron las caras rubicundas. Hubo bostezos. La luz deslumbró sus ojos, calentó ligeramente las mejillas. Mientras Cornford discutía con el conductor, John Sommerfield comprobó que el camión era ruso. El motor tenía algo escrito en alfabeto cirílico en los neumáticos y los tapacubos.
—Es un buen camión, duro y eficiente —observó Bernard Knox, acercándose.


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