Tony Hoagland fue un poeta y crítico nacido en Fuerte Bragg, Carolina del Norte, en 1953. Publicó los libros de poemas Sweet Ruin (1992, Brittingham Prize), Donkey Gospel (1998, James Laughlin Award), What Narcissism Means to Me (2003), que fue finalista del Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros, Rain (2005) y Unincorporated Persons in the Late Honda Dynasty (2010). También publicó el libro de ensayos sobre poesía Real Sofistakashun (2006). Murió en Santa Fe, Nuevo México, en 2018. Es uno de los críticos fundamentales para entender la poesía contemporánea estadounidense. Presentamos una selección de poemas con traducción de Gustavo Osorio, Hernán Bravo Varela y Berna Wang.
***
Jet
A veces desearía seguir allá afuera
en el pórtico trasero, tomando combustible de jet
con los muchachos, haciéndonos más y más ruidosos
mientras las latas vacías caen de nuestras zarpas
como cohetes a propulsión cayendo de regreso a la Tierra
y nosotros nos elevamos hacia las estrellas del verano.
Verano. El gran río estelar corre sobre nuestras cabezas,
llevando consigo asteroides y bruma, peces ciegos
y viejos trajes espaciales con esqueletos dentro.
En la Tierra, los hombres celebran su vellosidad,
y es bueno, una forma de dejar a la vida
salir de la caja, destapar la botella
para dejar que el borbotón de efervescencia
salga a través del angosto, usualmente constreñido cuello.
Y ahora los grillos conectan sus aparatos
al unísono, y después las luciérnagas destellan
en puntos y rallas en el pasto, como puntuación
para el laberinto, cuentos falsos de sexo
alguien está contando en la obscuridad, aunque
nadie en realidad escucha. Miramos fijamente en la noche
como recordando al brillante e intacto planeta
del cual alguna vez llegamos,
al cual nunca
se nos permitirá regresar.
Estamos sorprendidos por cuán lastimados estamos.
Daríamos cualquier cosa por aquello que tenemos.
***
La memoria como una prótesis auditiva
En algún lugar, alguien hace una pregunta,
y yo me levanto dando un vistazo al salón de clases
con una mano ahuecada detrás de mi oreja,
intentando encontrar de dónde viene esa voz.
Puede que sea ya un hombre viejo,
tratando de recordar la noche
en que su audición se perdió,
fila del frente, al centro, en la batalla de las bandas,
donde muchos músicos de segunda mano, vestidos en cuero,
amplificados a proporciones de dinosaurio,
hacían prueba de manejo de su equipo a través de nuestros oídos.
Cada vez que el tamborero lanzaba una rabieta,
el guitarrista daba vueltas y nos rociaba con riffs de ametralladora,
como si deseasen dejarnos en el piso
literalmente muertos.
A eso le llamábamos diversión en 1970,
cuando no estábamos seguros de que valiera la pena sobrevivir nuestras vidas.
Estoy aquí para decirles que sí lo valieron,
y muchos lo hicimos, a pesar de nosotros mismos,
a pesar de que el camino de aquí a allá
está pavimentado con células cerebrales muertas,
padres conmocionados hasta el silencio,
y coches patrulla pintando todo el vecindario
del tembloroso tono y textura de la gelatina roja.
Amigos, deberíamos de tener marcas en la frente
para mostrar dónde hemos estado;
deberíamos tener orejas puntiagudas, o piel con lunares
para mostrar aquello en que estábamos pensando
cuando hacíamos arrancones en el patio delantero de Dios,
y la Muerte permanecía pestañeando.
Pero aquí estoy, un hombre de aspecto promedio
mirando fijamente una recámara
donde alguien rubia y con trenzas
con una hermosa creencia en las respuestas
aún hace preguntas.
A través del silencio en mi oído muerto,
casi puedo escuchar al futuro susurrarle
al pasado: dice que esto no es un examen
y todos pasan.
***
Personal
No te lo tomes personal, dijeron;
pero lo hice, me lo tomé todo bastante personal –
la brisa y el río y el color de los campos;
el precio de la toronja y las estampas,
el húmedo cabello de las mujeres en la lluvia –
Y maldije lo que me lastimaba
y alabé aquello que me daba placer,
la más sencilla y llana de las posibles respuestas.
El gobierno me recordó a mi padre,
con su sordera y sus leyes,
y el clima me recordó a mi madre,
son sus tropicales chubascos.
Disfrútala mientras puedes, dijeron sobre la Felicidad
Piensa antes, dijeron sobre el Hablar
Supéralo, dijeron
en la Escuela de los Corazones Rotos
pero no pude y no lo hice y no
creo en una ruptura limpia;
creo en la fractura compuesta
servida con salsa de sucio arrepentimiento,
creo en decirlo todo
y de todo retractarme
y decirlo de nuevo para mantener el equilibrio
mientras el aire se llena de lo-sientos
como pájaros en parvada
y los árboles parecen mareados por el viento.
¡Oh vida! ¿Puedes culparme
por armar una escena?
Tú eras ese amarillo furgón, la luna
desapareciendo sobre un puente de nube.
Yo era el perro, encadenado en el traspatio de algún idiota;
ladrando y ladrando:
tratando de convencer a todo lo demás
de tomárselo personal también.
***
Cómo se va sumando
Está el día en que nadé en un río, un lago y un océano.
Y el día en que renuncié al trabajo que me había conseguido mi padre
Y el día en que me quedé parado afuera de una puerta,
y escuché a mi novia hacer el amor
con alguien, obviamente no yo, adentro,
y me sentí extraño porque no me importó.
Está la mañana en que nací,
y el año en que fui un perdedor,
y la noche en que fui el ganador del premio
por el cual la audiencia aplaudió.
Después está alguien más a quien conocí,
cuyo rostro y voz no puedo olvidar,
y el recuerdo de ella
es como una cárcel en donde estoy atrapado,
o quizás ellas es sólo algo que uso
para mantener a mi vida real a cierta distancia.
La felicidad, dice Joe, es una roja flor salvaje
arrancada de un río de lava
y sostenida en alto por una cuerda tensa
colgada entre dos escuálidos árboles
sobre un cañón
en una tormenta de viento maniaco-depresiva.
No la sueltes, No la sueltes, No la sueltes –,
Y cuando lo hagas, seguirás buscándola
en todas partes, por años,
mientras que detrás de ti,
las huellas que vas dejando
parecerán notas
de una loca canción.
***
No hay palabra
No hay una palabra para ese salir caminando de la tienda
con un garrafa de un galón de leche en una bolsa de plástico
que debería haber llevado doble bolsa
– para que así antes de salir por la puerta
no sintieras el peso de la garrafa jalando
la bolsa hacia abajo, estirando las delgadas
asas de plástico más y más
y sabes que sólo es cuestión de tiempo
para que el fondo súbitamente se separe.
No existe ninguna, irreprochable palabra
para aquella vaga sensación de que algo
se aleja de ti
mientras excede su capacidad elástica
– lo cual es muy malo, porque esa es la palabra
que me gustaría usar para describir el estar parado en la calle
platicando con un viejo amigo
mientras la certidumbre crece en mí de que él es
no más un amigo, sino sólo un conocido,
una persona con la que nunca hice el esfuerzo –
hasta este momento, cuando mientras nos decimos adiós
pienso que compartimos un sentimiento de alivio,
un reconocimiento de que hemos alcanzado
el fin de un fingimiento,
aunque para ser honestos
en lo que ya estoy pensando
es en mi gratitud con el lenguaje –
cómo se estirará justo lo suficiente y no más allá;
cómo existen algunos huecos que nunca podrá cubrir;
cómo se moverá, si no por dentro, entonces
alrededor de la circunferencia de casi cualquier cosa –
cómo, a lo largo de los años, me ha regresado
todas las horas y los días, todo el lento
amor y la pesada fe, todos
los malentendidos y los secretos
que voluntariamente le he vertido adentro.
***
La historia del padre
Esta es otra historia en la que pienso a veces:
en la historia del padre
después del funeral de su hijo, el suicida,
que llega a casa para quemar las fotos del muchacho ya muerto;
que se coloca junto al asador del patio
y arroja las imágenes al fuego; que mira levantarse
y desaparecer el humo pálido al interior del bochornoso cielo de Mississippi;
consciente de que está parado al borde de una inmensa frontera,
sin saber que acapara el dolor por completo.
Qué tranquilos se encuentran los suburbios en medio de una tarde
en la que un hombre está destruyendo evidencias,
aspirando la química de Polaroids quemadas,
observando los árboles a través de la cerca
desvencijada, cómo parecen levantarse y asentir en señal de reconocimiento.
Poco después, lo habrá de sorprender
la ira de los suyos:
la esposa que se cubre el rostro con los manos
y la hija insultándolo.
Pero él, por ahora, está seguro de lo que hace; ahora
parece como un hombre que destruyera alguna religión
o hachara las raíces de algún árbol.
Sin parar, he llegado justo a tiempo
para verlo tomar un alambre oxidado
y, con él, empujar la última foto
del muchacho a la parte naranja de la llama:
el rostro que se tiñe de café, el recuerdo que acaba en negativo.
No la bastarda lógica del padre,
no la piedad por una juventud truncada,
sino la inteligencia antigua del dolor,
es eso lo que admiro:
cómo se mueve en torno y dentro suyo, como el humo;
cómo sabe qué hacer exactamente con los seres humanos
y así permanecer en ellos para siempre.
***
Benevolencia
Cuando mi padre muera y regrese como un perro,
ya sé cuál será su sonido favorito:
la blanda, casi inaudible boqueada
de los labios de goma de la puerta de la nevera
al despegarse, seguida de esa exhalación
ártica de aire frío;
luego el chasquido de la bandeja de hielo sobre el fregadero
y el suave tintineo que hacen los cubitos
al caer en un vaso.
Incapaz de pronunciar el nombre de su bebida favorita o de expresar
su preferencia por el single malt,
con un ladrido áspero
apuntará la húmeda flecha negra de la nariz
imperiosamente hacia arriba
a la botella del anaquel,
luego se sentará ante mí,
temblando, expectante, el agua cayendo
de la larga rosada colgante lengua
mientras el recuerdo del placer de su vida anterior
le hace temblar como una cola.
Lo que recordaré cuando me alce sobre él,
sosteniendo un cubito chorreante con sabor a whiskey
sobre su boca abierta,
disfrutando del poder que corre por mis venas
igual que corrió por las suyas,
lo que recordaré cuando esté allí de pie
es el centenar de trucos
que me aprendí para complacerlo
y todo el tiempo que creí erróneamente
que era amor lo que escondía en la mano cerrada.


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