Soy eso que llaman boomer. Los boomers debemos la vida a la guerra, cruel paradoja, y si somos muchos es porque después de la guerra española del 36 y de la mundial del 39 había muchos huecos que llenar. Las parejas tenían tres o cuatro hijos y, a veces, más —cinco, siete y, en casos extremos, hasta doce o quince—. Cuando una pareja tenía tantos la sacaban en el No-Do: incluso en una época de excesos, semejante desmesura llamaba la atención.
Mi infancia está poblada por las sombras espectrales de aquellos cuya ausencia veníamos a cubrir y cuyo recuerdo llenaba de congoja el corazón de las personas mayores. También la pueblan muchos de los que habían sobrevivido —los caballeros mutilados—, cuya presencia en la vida diaria testimoniaba que la guerra no había sido ninguna broma y que los tebeos y las películas que la evocaban no eran más que una trola. En Madrid, un pipero manco sujetaba con extrema habilidad el cacharro de latón con el que medía las pipas de girasol que vendía a granel: una peseta de pipas, dos, etc. “¡Manco, deme dos de pipas!” Así le llamábamos —El Manco—, y nadie se escandalizaba. El Manco actuaba en el Retiro, el Rastro y la Bombi y, aunque le faltaba la mano izquierda, se valía del muñón para apretar contra la tripa la medida mientras la llenaba con la derecha. Los críos mirábamos obsesivamente el muñón, fascinados por la habilidad con la que lo manejaba. Todo era así de “normal”. El padre de Lardíes, un amigo del instituto, había perdido la vista combatiendo en el Ebro y vendía el cupón por las esquinas en el paseo de La Florida, la estación del Norte y la Virgen del Puerto; muchas veces al atardecer tocaba con la armónica el “Yo tenía un camarada” y, protegido por la penumbra, dejaba escapar una lágrima solitaria y que no compartía con nadie. En casa, mi madre recordaba a su propia madre, muerta literalmente de hambre en la postguerra y, mientras remendaba, tarareaba “A Virxe de Guadalupe” —ondiñas veñen e van—, como hoy los supporters del Celta C. F. En el Reino Unido abundaban las mujeres solas, así como los jóvenes huérfanos de padre: la guerra había laminado la parte masculina de la generación nacida con el advenimiento del siglo XX.
Ahora que, por edad, los boomers vamos cayendo no va a quedar en Europa nadie que haya convivido con las brutales consecuencias que deja una guerra. Una situación inédita en toda la historia y en todo el mundo, no sólo en Europa. En España, concretamente, tampoco va a quedar nadie capaz de recordar lo que es vivir bajo una dictadura boba, neurasténica y castrante. Este mes de noviembre que entra, los españoles cumplimos cincuenta y un años de alegre orfandad, una orfandad que nos ha traído la democracia y que ha sido lo más parecido a viajar en una montaña rusa.
Cincuenta años en los que he aprendido que la democracia no es un fin ni un objetivo, sino un medio —el mejor—, de conseguir cosas, una manera educada y protocolaria de convivir, así sea dando voces en vez de coces.
Don Alfonso Guerra, uno de Sevilla que fue super ministro, decía que lo más importante de un político es el culo. “Lo ha de tener duro, resistente, planchado y almidonado. O de cuero. O directamente de acero”. Lo decía porque lo que ha de hacer un político es sentarse a negociar durante horas sin desfallecer y, al final, sacar adelante algún acuerdo, aunque sea mínimo. Y eso, cada semana. Compartiendo cartones de tabaco y litros de café, incluso frío, con la parte contraria. Claro que hoy nadie fuma ni bebe ni toma café cargado ni va a los toros a aprender a torear ciñéndose el bicho con un par de cojones, que es como toreaba el Maestro de Galapagar. Cubriéndose de mierda antes que de gloria. Y así nos va. Hoy todo es limpio, blanco y aséptico, puro como el manto inmaculado de María. Alfonso Guerra, que dio mucha guerra con Gustav Mahler, llamaba “tahúr del Misisipí” a Adolfo Suárez, que se fumó media tabacalera con él y que hoy tiene nada menos que un aeropuerto internacional. Igual no era tan tahúr. O eso nos enseñó Javier Cercas en su Anatomía de un instante, que, como siempre, es mejor que la peli.
La vida —y la política— se resumen en transar. Y en ver menos la tele, ya que estamos. Y, de vez en cuando, leer, que desasna mucho.


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