Hay pocas mitologías modernas tan potentes y populares como la del Oeste americano. Basta evocar unas cuantas imágenes (o escenas) para que acuda a nuestra memoria todo un mundo fácilmente reconocible por todos: la calle polvorienta de un pueblo perdido, el saloon con sus puertas batientes, el sheriff que impone la ley con el revólver al cinto, el justiciero que llega de ninguna parte y desaparece después de ajustar cuentas con los malos… En el horizonte, las grandes praderas, los caballos al galope y un puñado de hombres hechos a sí mismos, dispuestos a conquistar un territorio donde todo parece posible. John Ford y otros directores de Hollywood nos enseñaron a mirar así el nacimiento de una nación. Hasta que uno se pregunta si aquello era exactamente como nos lo contaron o si el cine había puesto demasiado orden, épica y nobleza en una historia bastante más siniestra y un mundo no tan límpido.
En esa tarea se inscribe Los desesperados, de Éric Vuillard, que toma como hilo conductor a Billy el Niño para contarnos una historia bastante menos pintoresca que la usual en los wésterns. El célebre forajido aparece despojado de buena parte de su leyenda: un muchacho pobre, de origen irlandés, sin demasiadas oportunidades y metido en un mundo donde la violencia no era patrimonio exclusivo de los bandidos. Alrededor de Billy se mueve una sociedad en la que los robos de ganado, los negocios de los grandes propietarios y las relaciones con las autoridades forman un entramado difícil de reducir a la cómoda división entre buenos y malos. El pistolero mata y delinque, naturalmente; pero Vuillard nos invita a mirar también a quienes, sin empuñar un revólver, podían sacar mucho más provecho de aquella violencia. La pregunta incómoda es quién roba realmente a quién y por qué unos delitos terminan siendo leyenda mientras otros se convierten en fortuna.
El planteamiento resultará familiar para los lectores de Vuillard, que ha hecho de la revisión de los relatos oficiales una de sus señas de identidad. En El orden del día, premio Goncourt en 2017, examinaba la conducta de las élites económicas y políticas ante el ascenso de Hitler, poniendo en evidencia los amaños y componendas que la historia suele dejar en segundo plano. En 14 de julio volvía sobre la Revolución francesa desde la calle, y en La guerra de los pobres reconstruía la revuelta religiosa y social de Thomas Müntzer. En el conjunto de su obra, que ha recibido también el Premio Ernst Bloch, Vuillard exhibe una habilidad indiscutible para encontrar, detrás de los grandes acontecimientos, determinados personajes y circunstancias que permiten contemplarlos de otra manera. Su procedimiento consiste en retirar solemnidad a la historia para devolverle, si se permite la expresión, la impregnación a humanidad, aunque esa humanidad emita con frecuencia un olor bastante desagradable.
Los desesperados es un libro breve, construido con episodios y conexiones que van ensanchando progresivamente el campo de visión. Lo que empieza como una aproximación casi microscópica a Billy el Niño acaba convirtiéndose en una reflexión de más amplio espectro sobre los orígenes violentos de Estados Unidos, la acumulación de riqueza y las contradicciones de una sociedad abierta que proclamaba la libertad mientras toleraba la desposesión y la exclusión. El título español —el original francés es Les orphelins, o sea, Los huérfanos— apunta a los perdedores de aquella promesa americana, se fija en quienes quedaron fuera de la prosperidad o solo encontraron en la violencia una manera de sobrevivir. No estamos ante una biografía convencional ni ante una novela histórica al uso, sino ante un híbrido entre novela y ensayo, una narración apoyada en materiales históricos que los organiza e interpreta con una intención muy clara.
Resulta innegable que el enfoque de Vuillard es atractivo. El novelista francés posee además un fino olfato para los detalles significativos y sabe descubrir relaciones y entramados que una historia demasiado respetuosa ante los grandes hitos del pasado pasaría por alto. Su planteamiento resulta saludable cuando recuerda que el éxito económico no constituye un certificado de honradez y que las sociedades suelen ser indulgentes con quienes poseen suficiente poder para imponer su versión de los hechos. No incurre en el tópico de convertir a Billy en un héroe de la justicia social. Vuillard asume —y el lector se lo agradece— que no hace falta santificar al pistolero para transmitir la idea de que el mundo en el que vivió estaba lejos de ser un modelo de justicia y equidad.
Ahora bien, no es menos cierto que la aproximación del autor francés termina por generar ciertas sospechas. El narrador parece tener las conclusiones demasiado claras antes incluso de comenzar el relato. Los materiales históricos van encajando en una interpretación en la que los poderosos acumulan riqueza mediante la violencia, los desheredados pagan las consecuencias y las instituciones terminan legitimando el resultado. Que haya mucho de verdad en esta visión no significa que baste para explicar toda la complejidad de aquella sociedad. Una cosa es revelar las zonas oscuras del relato americano y otra convertirlas en la clave casi exclusiva de su historia. Entre ambas operaciones hay una distancia que el escritor no siempre se preocupa de salvar.
Se vislumbra, aunque casi siempre de modo implícito, una actitud moralizante un tanto esquemática y predeterminada como, por ejemplo, esa tendencia a convertir la posición social en atenuante moral para unos y agravante para otros. Por hacer un sencillo, pero significativo juego de palabras, Billy el Niño fue un muchacho pobre, pero no tanto un pobre muchacho, pues fue además —y sobre todo— un joven violento, un asesino, por expresarlo con cierta contundencia. Las circunstancias ayudan a entender sus actos, pero no los convierten automáticamente en inevitables ni, mucho menos, en legítimos. Del mismo modo, el hecho incuestionable de que los grandes propietarios se beneficiaran de un orden injusto no permite reducir todos sus comportamientos a una única explicación. La historia, incluso cuando uno tiene buenas razones para indignarse con ella, suele ser más complicada que las tesis que empleamos para ponerla en orden. Y la prosa de Vuillard, tan segura de sí misma, corre a veces el riesgo de que la brillantez de la interpretación sustituya al análisis más complejo.
Hay, además, una paradoja: Vuillard combate las simplificaciones de la leyenda americana mediante una narración que también simplifica, aunque en sentido contrario. Donde el wéstern clásico distribuía con generosidad las medallas de valor y heroísmo, él reparte responsabilidades y culpas con la severidad de un juez estricto que no siempre deja espacio para las sombras y contradicciones. El procedimiento tiene fuerza literaria y eficacia moral, pero no necesariamente produce una explicación histórica más completa. Uno termina echando de menos precisamente aquello que el libro pretende corregir: una mayor elaboración y profundidad (o incluso ambigüedad) en el reparto de papeles.
Con todo, Los desesperados merece una valoración positiva, aunque más por sus pretensiones que por sus resultados. Tiene el mérito de obligarnos a mirar de nuevo un paisaje que creíamos conocer y recordarnos que la historia oficial no es tanto lo que pudo suceder como la versión que ha conseguido imponerse. Reescribirla desde los márgenes permite recuperar voces olvidadas y desmontar prestigios inmerecidos. No debería consistir, empero, en cambiar unos héroes por otros, ni en sustituir una leyenda tranquilizadora por una contraleyenda igualmente cerrada. En el examen del pasado, sin renunciar a nuestras convicciones, sí conviene desconfiar de la facilidad de bosquejar los acontecimientos de manera que nos den siempre la razón. El Oeste real seguro que fue menos noble que el de John Ford, pero también bastante más complejo que el de Vuillard. Y acaso ahí, en esa incomodidad de no poder trazar explicaciones con tiralíneas y repartir limpiamente responsabilidades, puede hallarse la sucia realidad y empezar de verdad la historia.
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Autor: Éric Vuillard. Título: Los desesperados: Una historia de Billy el Niño. Traducción: Juan Manuel Salmerón Arjona. Editorial: Tusquets. Venta: Todos tus libros.


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