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La respuesta es que no hay respuesta

La respuesta es que no hay respuesta

Hay libros que consiguen un aura perturbadora de misterio. No digo que lo busquen expresamente. A lo mejor, si persiguen ese efecto, no lo consiguen. Como tantas otras cosas, es simplemente así: se tiene o no se tiene, como la gracia o la simpatía. Y no me refiero a que la narración penetre en el campo de lo misterioso, al menos si se entiende este último concepto al modo convencional. El misterio al que me refiero viene dado no por lo que se dice sino más bien por lo que no se dice. Por lo que se calla y se deja traslucir. En todo caso, por lo que se sugiere.

Esto es lo primero que me sale escribir ante un libro como el de Ernesto Carrión. Se titula Catálogo de aves muertas. Y casi antes de abrirlo el lector se malicia que ese título es el típico MacGuffin de las películas de Hitchcock. Un trampantojo que nos encandila, que nos lleva de la mano pero que de pronto nos abandona, cuando más lo necesitamos. Ni el libro es un catálogo, ni mucho menos trata de aves. O sí, trata de aves pero solo como prolegómeno para hablar de personas. Para comparar y hacer desconcertantes analogías. Para establecer un pequeño inventario de seres vivos que se precipitan al fin natural de todos los seres vivos: el abismo de la muerte.

"¿Es el relato, por lo menos, el relato concebido de forma tradicional, la forma más adecuada para plantear un compendio de tales preguntas?"

Es verdad que la portada acompaña y potencia muy bien los rasgos descritos. Tiene ese certero punto inquietante que suscitan las figuras humanas que se convierten en pájaros, ¿o son pájaros más bien, de los que emergen unas extremidades inferiores propiamente humanas? Al plantear esta pregunta, mera continuación de las vacilaciones anteriores, no estoy haciendo otra cosa que penetrar en la esencia de esta narración. No ha sido pues casual. Hasta tal punto que, terminado el libro, al lector bien pudiera ocurrírsele pensar en una pequeña corrección del título: Catálogo de preguntas sin respuestas.

¿Es el relato, por lo menos, el relato concebido de forma tradicional, la forma más adecuada para plantear un compendio de tales preguntas? Es sabido que la novela —y más, la novela actual— puede con todo. Su condición proteica parece ensancharse o extenderse de forma ilimitada. Aunque tenga que pagar por ello un fuerte peaje. Todo dependerá de los gustos o capacidad de asimilación del público. El libro de Ernesto Carrión participa del ensayo más que de la narrativa clásica. No lo digo como desdoro, por lo menos en mi caso. Hay pocas peripecias y las pocas que hay se subsumen en una reflexión que constituye el verdadero hilo conductor de la trama. Ya es hora de que desvele por mi parte en qué cosniste ese hilo.

"¿Y si el ser humano no fuera el único que se acoge al atajo de privarse voluntariamente de la vida? Este es el punto de partida del libro de Ernesto Carrión"

Dije antes, al modo del clásico de Jorge Manrique que nuestra vida, la de los seres humanos, desemboca —como en el resto de los seres vivos— en el insondable mar de la muerte. Pero al decirlo así enuncié una verdad a medias, pues lo más importante y lo que distingue y caracteriza a los humanos en el conjunto del reino animal es la consciencia de la muerte. Lo sabemos desde que tenemos uso de razón. Y, en buena medida, es esta sentencia inapelable la que conduce a muchas personas, atenazadas por el dolor, el sufrimiento o la desesperanza, a poner fin a sus días de modo prematuro y voluntario.

Pero… ¿y si resultara que esta especificidad humana no fuera tal? ¿Y si de un modo más o menos confuso también determinados animales atisbaran la proximidad o presencia de la muerte? Más aún, ¿y si el ser humano no fuera el único que se acoge al atajo de privarse voluntariamente de la vida? Este es el punto de partida del libro de Ernesto Carrión. Y toma como referencia o desencadenante un caso concreto del reino animal, el de los cuvivíes, unas aves migratorias que se precipitan en masa cada año hacia la muerte en las lagunas de Ozogoche, un remoto rincón de la provincia de Chimborazo, en Ecuador.

"Signo y síntoma de nuestro tiempo, el foco se desplaza así del suicida a los sobrevivientes, de la muerte en sí a la ausencia. El duelo adopta ante todo la forma de combate contra el olvido"

La protagonista de esta historia podría ser Elisa, una bióloga que investiga el misterioso fenómeno de los cuvivíes. Pero no lo es porque Elisa ya está muerta desde el inicio de la narración. Casada con Leónidas y con un hijo, Lautaro, de nueve años, un buen día (un día aciago, mejor dicho), Elisa estrella su automóvil de una manera en apariencia voluntaria, causándose la muerte. No hay más. No hay nota. No hay explicación. Solo preguntas que Leónidas y Lautaro, estupefactos, se plantean y tratan de responder. No incurren por tanto las líneas anteriores en spoiler ninguno. Esto que acabo de señalar está en el comienzo mismo del libro, en las páginas iniciales. Todo lo que sigue no es más que un intento por parte de padre e hijo de hallar una respuesta.

No es solo eso, claro. El relato, como un río caudaloso y profundo que discurre por terreno accidentado, tiene meandros y se nutre de otras fuentes: hay otros (posibles) suicidios, como el de un muchacho, Pablo García, que perece ahogado, y algunos otros personajes —como Lucrecia, una confidente-amiga—, pero siempre secundarios, que funcionan como interlocutores de las inquietudes que expresa el narrador. Y en la parte final se abre a otra dimensión más perturbadora si cabe, la intromisión de la inteligencia artificial como instrumento para revivir a los muertos en forma de avatares. Con consecuencias estremecedoras, que no desvelaré. Y no es ciencia ficción sino una posibilidad que, si no está hoy a nuestro alcance, lo estará en cortísimo plazo de tiempo.

Signo y síntoma de nuestro tiempo, el foco se desplaza así del suicida a los sobrevivientes, de la muerte en sí a la ausencia. El duelo adopta ante todo la forma de combate contra el olvido. La memoria adquiere un protagonismo indiscutible. Lejos de generar resignación, la pérdida espolea recursos para la pervivencia del finado, del ser querido. Sin darnos cuenta, hemos caído en la trampa. Los dioses nos castigan de la peor manera posible: haciendo realidad nuestros más íntimos y profundos anhelos. La recreación de los muertos por parte de la inteligencia artificial termina convirtiéndose en una pesadilla. Huyendo del olvido hemos caído en una sima más tenebrosa. Al final, resulta que el recuerdo imperecedero y omnipresente no es la solución sino la condena.

"¿No entrarían también en ese apartado esas visiones del mundo que sostienen que determinadas fuerzas de la naturaleza actúan en los humanos como en las aves, haciéndoles por ejemplo buscar una muerte voluntaria?"

Lo que late en el fondo de todo es la resistencia del ser humano a aceptar determinadas realidades. No tanto en este caso la mortalidad en sí cuanto los caminos que conducen a ella de un modo que rompe nuestras convicciones éticas, nuestras certezas biológicas y hasta las convenciones sociales. Buscar la muerte de modo voluntario, por ejemplo. Entiéndanse bien estas últimas afirmaciones, no necesariamente en sentido peyorativo. Nuestra época soporta mal los enigmas. Hemos terminado por creer que el progreso consiste en efecto en despejar incógnitas, iluminar recovecos, dar solución a todo. Por ello mismo nos desconcierta tanto un asunto para el que no hallamos explicación.

Y por eso mismo no nos resignamos. Pero este desasosiego no se refiere tanto a los hechos en sí como a la incertidumbre. De ahí incluso que nos refugiemos en las explicaciones más pintorescas, como atribuir determinados fenómenos a causas sobrenaturales. ¿No entrarían también en ese apartado esas visiones del mundo que sostienen que determinadas fuerzas de la naturaleza actúan en los humanos como en las aves, haciéndoles por ejemplo buscar una muerte voluntaria? Cuando algo no encaja en nuestro sistema interpretativo, nuestra mente se acoge a cualquier hipótesis, incluso las más imaginativas. Por eso tiene sentido la irrupción de la literatura en este ámbito, no para resolver nada, sino para perfilar las preguntas porque, aunque parezca paradójico, el hecho mismo de preguntarse puede ser también una forma de lucidez y consuelo. Quizá entonces podremos concluir por qué no hallamos las respuestas que buscamos, es decir, las respuestas satisfactorias: tan solo porque no existen.

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Autor: Ernesto Carrión. Título: Catálogo de aves muertas. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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