Nunca soy yo el que te busca. Eres tú la que se me pega a la ropa conforme estoy entrando a la torre desde el jardín, con tu color imposible de esmeralda líquida y fosforescente, como una gema pertinaz del tamaño de una uña, que guarda una vida trémula y acorazada.
Comprendo, al verlos, que te refugiaste en mí y, de nuevo, te asustaste y con tu hedor me lo agradeciste.
Es el mismo resorte automático que usas en cuanto te descubres en la boca de un reptil o en el pico de un pájaro. Tu apuesta es que nadie quiera saborearte a pesar de tu color suculento a hierba prensada y destilada como la mejor marca de ginebra; solo que lo que destilas es fetidez.
Lo haces succionando la savia de las plantas con ese afiladísimo estilete que tienes en la boca. No se escapa el pulgón si se encuentra en tu camino; ni tus propios huevos en el caso de que tengas más hambre que la ternura de las plantas.
Pacífico caníbal de verde cegador, no podrás reprochar a un reptil desesperado que te ingiera ni que el gorrión se restriegue las narinas por la hierba después de devorarte para limpiarse de tu aceite pestilente. Acéptalo, tu forma de escudo no te sirve para nada. Y tu gallardía deslumbrante solo sirve para atraer a tus enemigos.
Así unas moscas diminutas se posan en tu caparazón para impregnarte con sus huevos, de los que irán naciendo larvas con afiladas mandíbulas que roerán tu cuerpo para entrar en él y devorarte desde dentro.
Las avispillas prefieren perforar los huevos que pones en el envés de las hojas, para que sus crías nazcan alimentándose de los que deberían haber sido hijos tuyos —si no es que se los han llevado antes las hormigas, a las que nada importa que estén invadidos de otras larvas.
Por eso celebro el milagro de descubrirte. Porque tú eres el resplandeciente jardinero, y controlas el exceso de las plantas y no permites que invadan cada palmo de tierra. Por eso mismo, te temen con razón los horticultores y, entre nosotros, también acumulas enemigos.
Desdichada chinche hedionda, tú sigues haciendo tu trabajo rodeada de peligros y angustias, y las muchas desazones no te impiden ni tu belleza ni tu propósito. Del mismo modo cada día succiono los libros más tiernos y disemino mis creaciones en los enveses de las hojas, en el prodigio de los electrones, en la tinta de la celulosa, mientras se revuelven alrededor energías para mí incontrolables.
Pero tengo en los dedos espejos verdes relucientes. Son del tamaño de una uña, y me susurran acerca del espíritu misterioso de la vida.


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