En el centro exacto de El río, como una isla, su protagonista, la adolescente Harriet (desde la voz futura que cuenta esta historia de pasado) describe cómo le gustaría que fuera el poema con el que pretende ganar el corazón del americano, el joven capitán John, mutilado de guerra que intenta restañar su trauma postbélico en la India. La voz en off que evoca este deseo de poema se acompasa con las imágenes del Ganges, de naturaleza documental, rodadas desde el río en Bengala. Describe y muestra símbolos (las escaleras que unen lo cotidiano con el espacio sagrado de la corriente), se acoge a la diosa de la sabiduría y de las artes, Sarasvati, para lograr el amor del capitán, que es tanto como decir: para transformarse de niña en mujer, de crisálida en mariposa.
El símbolo de la mariposa, de hecho, está presente también en el resto de protagonistas femeninas del reparto (su hermana mayor, Valerie, y su amiga Melanie), que completan el paso desde la fantasía hasta el cumplimiento (primer cigarrillo) o desde la formación occidental a la elección del regreso a las raíces (voluntad de vestir sari). La película entera comparte esta naturaleza simbólica: su construcción en escenas, sus diálogos como parábolas, su encarnación de ideas en imágenes (el ángel, la serpiente, el árbol, el jardín…), su colaboración entre voz y visión… El didactismo se alía con el idilio (las tradiciones culturales y el mundo familiar) para, a través del amor (la irrupción del extraño en el paraíso), contar la historia del gran símbolo: el río, la corriente eterna, constructiva y destructiva, de la vida.
En este carácter simbólico se cifra también su hermetismo, su presentación, a través del panteísmo hindú, de los misterios de la luz y las tinieblas (la fiesta de las pequeñas candelas en el rito del invierno o de la resurrección primaveral).
Acto seguido, tras el poema, Harriet escribe una historia en prosa. Es la historia de Krishna, aunque acaba transformándose en la historia de amor de una campesina. En este punto, la película desarrolla otra faceta del matrimonio entre palabras e imágenes. Ahora la pieza engastada no es documental sino inventada. La construcción literaria permite “ver” dicha invención con ojos nuevos: la sonrisa en primer plano de un bebé, el baile mistérico de una campesina transfigurada en diosa.
La película ensambla todos los planos, la realidad se hace densa, impregnada de valores. Ello es lo que la hace didáctica, en un sentido elevado. “Todos aprenderán algo”, dice la madre en un momento de la película. Ese algo tiene que ver con la curación, con la aceptación de la complejidad de la vida (“crecer duele”, dirá Harriet). La lección tiene que ver con una dimensión más rica de la realidad, capaz de superar tanto la idealización como el individualismo. La desesperada Harriet, la impetuosa Valerie, la reticente Melanie, el atormentado capitán John…
Ocurre entonces una escena de muerte en el paraíso, de irrupción del dolor. Será la destrucción que permitirá un sentido nuevo de la vida (“¿tú has muerto ya?”), la aceptación del orden majestuoso e inextinguible del curso de la vida (“todo el mundo es importante”). Es el momento del renacer, acompañado de los ritos de la primavera y del primer llanto de una nueva criatura. Película fecundante, El río. Entre los ayudantes de Jean Renoir figuraba un joven Satyajit Ray. Entre los que la vieron, Víctor Erice.
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Nota con motivo del 75º aniversario del estreno de la película El río, de Jean Renoir


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